F0685 · —Ya veo que estás loco —dijo Chimalpopoca (quien siempre fue un niño muy descarado).

Farid pensó: esto es la vocación, siempre que estoy atorado en alguna parte o por comenzar un nuevo camino, viene alguien que me pide que cante. Y yo canto y me muevo hasta donde debo llegar.

         Caminaron hasta una carreta y dos mulas. Farid subió luego del niño, contento de que durante un trecho largo no tendría que usar sus piernas.

         —Ya veo que estás loco —dijo Chimalpopoca (quien siempre fue un niño muy descarado).

         —Es cierto —respondió Farid, pero decidió no hacer caso. Niño pesado, se dijo. 

         El día siguiente mendigaron y, por la noche, en una taberna, Martín les contó historias extravagantes que habían tenido lugar en su pueblo de Sevilla. Había sido soldado, sirvió en una batalla en Italia y más tarde se volvió cobrador de impuestos, pero avergonzado de tener un oficio del que se habla tan mal en la Biblia se vino al Nuevo Mundo. A contrabandear.

           —Ahora voy hacia el mar —comentó el caballero andante.

         —¿Qué estarán buscando allá? —preguntó Atonatiuh a Chimalpopoca . El niño levantó los hombros.

      —Allá, en el fin del mundo —respondió el caballero—, se acaba la redondez.

      Atonatiuh con Chimalpopoca en el idioma de los antiguos mexicanos.

      —Tenías razón, estos dos están locos.

Martín que sabia hablar náhuatl respondió como Farid:

      —Tienen razón.

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