En la carreta, estuvieron cantando un tiempo, pero luego se callaron y Farid pensó que nunca un caballero andante había estado tanto tiempo así, sin hacer otra cosa que mirar el cielo.
—Tal vez lloverá —dijo Martín.
Alonso contestó que no habría problema, que los árboles los cobijarían.
—Tal vez nos asalten en el camino —dijo Atonatiuh.
Martín dijo que no habría problema pues él sabía usar la ballesta.
—Tal vez nos perdamos —dijo Chimalpopoca y todos se quedaron pues exactamente eso es lo que estaban buscando.
Cambió el color de las copas de los árboles y el bosque se volvió selva. Farid se sentía cada día más dueño de sí. Todo lo que había sucedido en su larga vida parecía en realidad muy pequeño. Era un fugitivo, un ladrón de sí mismo, jefe de sus ejércitos. Y se sentía tan cómodo, sentado en colchones de paja, mirando cómo se mueven las nubes que se volvió a olvidar de sí mismo.
De noche y con una botella de vino, el español contaba historias de Indochina, de un marino portugués que se enamoró de una mujer que cultiva perlas y elefantes y de la tarde que, junto con Francisco Fernández de Córdoba y Antón de Alaminos contempló el Mar de los Sargazos. Sus historias fascinaban al niño pues el castellano sabía sazonarlas con olifantes y trogloditas, monos y encantadores de serpientes. También Farid contó su historia, pero nadie le creyó. Y sin embargo lo alimentaron con manzanas verdes y queso. Viajaron al sur durante tres o cinco años. Si la guerra ha terminado, hay que ver qué sucede, pensaban.
Se habían tendido en su campamento de siempre, bajo la carreta para protegerse de la intemperie, cuando escucharon el ruido de una rama que se rompió. Atonatiuh arrancó la lanza del suelo y estaba a punto de dar la señal de alarma cuando vio que era aquel venado de cola blanca que siempre lo estaba buscando. El animal asomó la cabeza fuera de la selva y Atonatiuh en posición de cazador se aproximó al cervatillo con una lanza cerca del pecho. El venado, como siempre, agitó la cabeza. Esta vez el muchacho mexicano pudo acercarse un poco más, hasta que la bestia se levantó en las patas traseras y al caer giró para verlo directamente a los ojos. Parecía estarlo invitando a entrar en la selva con él. Atonatiuh, por fin aceptó. Apartaba las ramas que le cubrían el camino entre los árboles. La luna iluminaba la piel del ciervo quien condujo al muchacho mexicano hasta un claro, frente a un arroyo en el que, sin ningún miedo, el ciervo se puso a beber. Atonatiuh se acercó y se puso a acariciarlo. Los ojos del venado miraron en la profundidad de los ojos de Atonatiuh. Pudo olerlo, sentir su respiración.
Cuando salió de aquel claro, el mexicano parecía resuelto. Le dijo a Farid:
—¿Sabes? Yo no debí venir con ese hombre. Me uní a Martín sólo porque necesito matarlo.
Farid se sorprendió mucho.
—No sé ni siquiera por qué —siguió—. Tal vez para vengarme de lo que sucedió, no sé. Simplemente necesito matarlo.
—Has bebido mucho —contestó Farid.
El español roncaba satisfecho y borracho, sin imaginar que un venado de cola blanca, a la mitad de la selva le había ordenado a un hombre borracho que acabara con él.
—¡Qué pensamiento atroz! —Murmuró Farid—. Yo que tengo a tanta gente a quien podría odiar, nunca he deseado matar a nadie. Se levantó. Caminó hacia el sendero dispuesto a abandonar a aquellos tres locos. —Yo soy solo un vagabundo —sentenció—. Un vago que quiere llegar hasta el fin del mundo. Y esto que me propones es la peor de mis tentaciones.
Se giró hacia Atonatiuh y le dijo.
—Hay algo terrible que sólo te voy a decir a ti.
—¿Qué?
—Si yo deseara matarlos. A este hombre o a tu niño o a ti, ya lo hubiera hecho. Lo hubiera hecho sólo por deseo. No necesitaría ni de pretextos ni de una señal. Sin que un animal viniera a proponerme esta maldición.
Se puso muy triste, pero al mismo tiempo se había liberado, pensó, de la cadena que lo ataba a Atonatiuh. Se fue del campamento. Escapaba del asesino. Se le enredaban los pies en las ramas y se sentía distraído, le dolía la cabeza. Atonatiuh, sin embargo, lo alcanzó y avergonzado le dijo:
—No voy a hacer nada. Te lo prometo.
—No voy a viajar con un asesino —gritó Farid.
Atonatiuh se quedó de una pieza. Como si nunca nadie le hubiera gritado.
—Es verdad lo que dijeron en los caminos —comentó.
—¿Qué dijeron? —preguntó Farid.
Que había en el Anáhuac un nuevo prodigio, que de la ciudad blanca saldría un inmortal.
—¿Eres inmortal? —preguntó Chimalpopoca—que había venido detrás de ellos.
—El inmortal vive entre los cimarrones —respondió Farid—. Yo solo soy un mendigo.
—Ahora sé que es cierto, que si quieres puedes salvarme, porque yo te digo, sé que si aquí me quedo voy a matarlo, pero no quiero ser asesino.
—Yo quisiera salvarte —dijo Farid—, pero si tu no quieres, nadie puede salvarte.
Se quedó pensativo y luego concluyó.
—Vamos con los cimarrones. Dicen que allá hay mucho vino.
En efecto, todos habían escuchado hablar de aquel sitio, aunque no estaban seguros de que fuese real. Tentado de pronto, pero con una tentación que Farid creyó benévola, recordó que era mentira lo que había dicho. También él, en una ocasión sintió deseos de matar.
—Él sabe dónde encontrar a los cimarrones —dijo Atonatiuh.
—Mi padre me lo dijo —confesó entonces Chimalpopoca—. Está en el lugar sagrado de Oxtotipan, un lugar que está situado sobre las cuevas.
—Pues debe ser verdad —mintió Farid, que no tenía idea de lo que estaban hablando.
Abandonaron a Martín y en aquella ocasión lo único que tuvieron que lamentar fue que, con la premura con la que dejaron el campamento no hubo tiempo para robar un par de botellas y emborracharse cuando estuvieran lejos. Se metieron por la selva, como la tribu de Caín. Y tampoco nadie los agredió.
Conocieron a mucha gente hasta que un día, en diciembre de 1531 vieron marcada en el cielo una cruz de color violeta. Llegaron a un pueblo y los invitaron a dormir en la casa de un cacique. Habían reconocido en Farid al muchacho que canta en los mercados del Anáhuac con la Virgen de la Tribulación.
El camino hacia el sur se fue volviendo salvaje. Se acabaron las colonias en las que se aventuraban los conquistadores o los misioneros. Unos y otros parecían venirlos siguiendo, se movían en caravanas que guiaban esclavos, como si fuesen reyes. Farid y los otros los seguían a cierta distancia y comían los restos que dejaban sobre la fogata y se emborrachaban con el vino y el pulque que sobraba en el fondo de sus alforjas.
—Deberíamos ir con ellos para viajar juntos —dijo Chimalpopoca.
Farid respondió que lo mejor era seguirlos, pero escondidos. Viajaban, se detenían en poblados y vendían y traficaban, pero en el cielo seguía, necia, la cruz púrpura, señal de que estaba llegando el apocalipsis.
Finalmente llegaron hasta donde se acabaron los caminos del español. Farid hubiese querido seguir, pero Chimalpopoca estaba ya muy cansado.
—Tenemos que tomarlo con calma —dijo Atonatiuh—. No sería bueno que nos perdiéramos con el niño durante la noche.
Habían pasado muchos años. En 1540 había tenido lugar la guerra del Mixtón, pero después de aquello los conjurados ya nunca se levantaron contra los europeos y comenzó a correr el rumor en la Nueva España de que por las selvas del sur vagaba un trío de inmortales. En 1569 murió Martín Cortés y en el camino, Farid y los suyos se hicieron con toda clase de compañeros que se les unieron. No eran amigos de verdad, sino compañeros. Se llamaban Héctor o Anquises. Llegó el siglo XVII y se les unió también Aquetzalli, esclava de una corte indígena que les contó que los mexicanos habían comenzado a esparcir la noticia de que los tlaxcaltecas eran traidores. Ellos que en la corte de Xicoténcatl se habían suicidado para recuperar el honor, ahora eran acusados de sinvergüenzas. Todos los que viajaban con Farid y los otros buscando el Reino Cimarrón se desilusionaban luego de un par de días. Una familia judía, los Carvajal y la Cueva, una mujer acusada de brujería. Todos los parias y los conjurados contra la cultura y la civilización perdían muy pronto el apetito de llegar hasta el fin del mundo.
Con la sensación de ser poderosos, Farid y los suyos entraban en casa de los campesinos y si no querían darles de comer, robaban. Habían dejado de respetar cualquier ley. Se volvieron idólatras. Hicieron un dios de la Virgen de la Tribulación.
Cuando llegaron a la sierra de Huautla les dijeron que los cimarrones siempre cambian de campamento y ellos reconsideraron el rumbo que tendrían que seguir. En 1690 se les unió una monja que escapó de la inquisición. Viajó con ellos mi abuela, Juana de Vera y Méndez de Sotomayor. Farid y ella cantaron juntos y Atonatiuh los seguía con su laúd que se transformó primero en una guitarra y más tarde en un violín. Hacían música caminando en el sentido contrario a la historia. A su paso las canciones de todos los pueblos se volvían ruidosas y alborozadas. La selva se llenó de locos que luchaban por el fin de la Nueva España pues decían que con eso llegaría la paz. Pero no hubo paz y los secuaces rezaban haciendo ruidos salvajes. Cuando llegó a México el imperio de Maximiliano Farid, Atonatiuh y Chimalpopoca decidieron bautizarse.
Sucedió así. Un día en que estaba lloviendo, vino hasta su reducto un franciscano completamente borracho y les impuso sus verdaderos nombres.
—Tú —le dijo a Atonatiuh— te llamarás Cristóbal, nada de Isidro, no es ese tu nombre. Te llamarás Cristóbal porque has cargado sobre tus hombros a un dios. Tú —le dijo a Chimalpopoca— serás Víctor porque conseguiste burlar a quienes desearon tu muerte. Eres victorioso —finalmente a Farid le dijo—. Tú serás Eneas pues viniste para fundar México con la canción de Rodrigo Martínez —estuvo pensativo un momento y luego dijo —. Ella no se llamará ya la Virgen de la Tribulación. Yo la bautizo con agua, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo con el nombre de Virgen de los Peregrinos. Lanzando gotitas de agua que juntaba de la lluvia con una ramita, el franciscano les dio sus verdaderos nombres y con ellos, cantando la Folía Española, se fueron al río y para confirmar el ritual hicieron tres inmersiones. Arreció la lluvia y, cuando se volvió un chubasco, todos confirmaron que el cielo aceptaba esa nueva forma de llamar a estos bárbaros que, por supuesto, para celebrar su bautismo se fueron a beber. No sabían, claro, como había sido que el franciscano consiguió saber todas esas cosas, pero el agua le dio la razón.
Así que, con nombres nuevos siguieron su camino con las manadas de perros. Con ellos buscaban comida en mercados en los que aprendieron colores y sabores nuevos que, con el paso del tiempo, también desaparecieron. Sabores de frutas y especias exóticas que habían llegado desde Siam y Kerala en la nao de Cipango y Catay.
Una tarde, mientas aliñaban un conejo, Cristóbal dijo:
—Nunca he entendido qué es exactamente lo que vamos a encontrar en el fin del mundo.
Como Eneas no contestó nada, siguió diciendo:
—Es decir, si la Tierra es redonda, como todo mundo sabe, podemos vagar perdidos durante muchos años. El mundo, tal vez, nos acabará a nosotros.
—Eso que piensas no puede ser el fin del mundo—dijo Eneas.
—Tal vez tengas razón, pero entonces ¿cómo sabremos cuál es el fin del mundo?
—Sentiremos el calor de Jerusalén.
—Alguna vez me dijiste —comentó Cristóbal— que Jerusalén está en donde tienes el corazón.
—¿Yo dije eso?
—Creo que sí.
Se dispusieron a comer el conejo. Víctor lo había bendecido pues en verdad se convirtieron y, desde el día de su bautizo, conforme pasaban los días más iban creyendo en Él.
Descansaron en el valle hasta que, fastidiados otra vez con lo tedioso de las horas decidieron volver a la marcha. Encontraron entonces a una hermosa mujer con un niño. Era Narumi.
—¿Sabes tú dónde está el reino cimarrón?
Narumi les dijo que tenían que seguir hacia la montaña y luego navegar por un río muy caudaloso que los llevaría hasta el mar.
—En alguna parte de aquel trayecto—dijo la muchacha—, los cimarrones los encontrarán a ustedes.
Cruces. En el camino encontraron cientos de cruces. La selva, que era salvaje, se había adueñado de todas ellas. Las había de piedra y madera. Farid todos los días se veía en las aguas de los afluentes que encontraban para ver si había cambiado, pero no sucedió nada. A veces creía entender la razón de su viaje, pero luego volvía a olvidar. Cruces. Cruces con cuerpos que alguna vez sintieron dolor. Todo el camino estaba lleno de hombres y mujeres crucificados en ruinas de civilizaciones que desaparecieron muchos antes de que Farid abriera los ojos en el camino de Damasco. Finalmente apareció el Río Papagayo y subieron a una balsa que los condujo hacia el mar. Pero mucho antes de llegar a su destino, se aproximó a ellos un grupo de canoas. En la que conducía a todas las otras, en popa, una muchacha de pie les gritó:
—Yo soy la hija del rey cimarrón.
Ninguno dijo nada, pero ella, lejos de agredirlos, los condujo hasta un remanso donde bajaron y fueron hacia un claro en que se levantaba una antigua pirámide que había permanecido oculta. Frente a ella encontraron más cruces. Alguien las había hincado como para contener el poder del templo de piedra que, sin embargo, se sostenía a mitad de la serva, como un vicio en la historia, una repetición. Eneas notó que la sangre en la escalinata no se había coagulado. Brillaba fresca, pero Cristóbal, sin inmutarse, extrajo su violín, Víctor colocó flores para el altar de la Virgen de los Peregrinos y comenzaron a mendigar.
El campamento cimarrón era, en realidad, una serie de grupos que se extendían a lo largo del río. Todos ahí decían ser hijos del rey cimarrón. Pronto, Eneas y los otros aprendieron que el rey eran todos. Aquí había aún más borrachos que en los caminos de Nueva España. Estaba lleno de esclavos que no sabían que había sido abolida la esclavitud. Y los hombres y mujeres de aquel reino luchaban contra leyes que ya no existían y bebían para festejar a dioses que habían desaparecido siglos atrás. Aquí estaban los sacerdotes que perdieron la fe y los decepcionados de toda revolución. Estaban los viajeros, los amantes de la teoría del complot, los que asesinaron a sus familias, los que creyeron en el Apocalipsis, los que buscaron El Dorado, Las Antillas, los que fueron a Nueva York y no les gustó, los que saltaron el muro, los que se hartaron de París, los que encontraron en Buenos Aires un mal amor. No había ni hombres con ojos en el estómago ni enanos negros y sabios. Eran humanos todos ellos y sólo tenían una convicción. Era necesario defender aquel refugio de quien quisiera imponer un modo de ser. Entre los cimarrones, a Eneas le entró la convicción de que amaba a Atonatiuh, es decir, a Cristóbal. Sólo deseaba su compañía, pero nada más. Quiso sentir que se trataba incluso de un amor más puro porque tenía la gratuidad que tiene la pasión de los amantes.
Entre los cimarrones todos caminan sin rumbo; todos parecen ebrios o enloquecidos por guerras exteriores e interiores. No sólo se hablaba náhuatl. Estaba lleno de castellanos que enseñaban a los niños viejas canciones de tercios españoles. Algunos se arrastraban sobre el estómago para implorar a las cruces y otros comían animales muertos en los caminos.
La única regla del reino cimarrón era no molestar a nadie. Los muchachos hacían el amor con la naturalidad de un bicho que se come a un ratón. No había comercio y el robo era visto como algo normal. Los caciques de los pueblos vecinos a menudo lanzaban cruzadas contra aquel reino, pero ellos se movían entre la montaña y el mar. Sucedió, sin embargo, que Eneas un día se fastidió. No debí haberme unido a Víctor y a Cristóbal se dijo, yo lo que tengo que hacer es seguir mi vocación. Sin embargo, pensó, no tengo ningún derecho a limitar su felicidad. Si ellos quieren quedarse aquí, que se queden.
Se sintió feliz con esa resolución. Le diría a Cristóbal lo que necesitaba a hacer. Aquella noche volvió a haber una fiesta. Eneas bailó muy borracho y pensaba que esta danza era todo lo contrario a lo que vio en el Encantador de Serpientes. Víctor, se decía, se casará con alguna chica de por aquí. Tendrá hijos y Cristóbal ¿qué sentido tiene querer que esté conmigo? Amaba el dulce olor de los cimarrones. Tú no eres esto, Eneas, aquí no está Roma ni estos son tus compañeros de viaje. Tomó un trago y luego otro trago y de pronto, se sintió tan borracho con tanto calor a la mitad de la selva, que le pareció que las palmeras decían Mā šāʾAllāh.
Muchas veces Farid había escuchado decir aquello. Dios lo quiere, debe ser, pensó borracho y nuevamente se sintió parte de un plan más grande, como si hubiera escuchado la respuesta de un Dios que dijera: yo gobierno la historia del mundo desde la gota que cae del cielo, el granizo y el movimiento de las aletas de la bestia del mar hasta las grandes conflagraciones. Allá, en el claro, un cimarrón, tal vez Víctor se puso a tocar el duduk. Entonces, en Farid cobró forma la noción de que Dios es terriblemente simple. Lo constató cuando vio a la luz de la luna a un muchacho que rezaba al Altísimo, al Misericordioso. Farid, que conocía las palabras de aquel hombre rezó con él. Y pidió a Alá, a Alá el poderoso, el sabio que le concediera la paz de encontrar la habitación de su corazón y perderse allá adentro con el amado que quita el miedo a morir.
Aquel hombre repetía una y otra vez que para Alá crearnos y resucitarnos no le cuesta más que mover una hoja, que Alá todo lo mira, todo lo oye. Y en efecto, Farid se sintió contemplado y comprendido, abarcado por un misterio que le supo a esa música sutil y al mismo tiempo descomunal en la que sabía refugiarse siempre que padecía una tentación. Junto a aquel hombre rezó por el primer cristiano que conoció en el desierto, el Centurión, por Hakim, el traficante de esclavos y por el médico otomano que lo curó después de su castración. Lloró por Rashid y por Sitt. Finalmente, lloró por él mismo y entonces vio junto a él, a la mujer que de niño lo atormentaba con sus visiones. Y entendió. Aquella vieja simbolizaba a la muerte.
Fue hasta donde Cristóbal quien dormía junto a una muchacha gorda. Lo zarandeó y dijo:
—Tenemos que escapar otra vez.
—No quiero —contestó Cristóbal amodorrado. Yo quiero quedarme con esta gente. Esta es mi gente. Aquí he debido nacer.
—He pensado —dijo Eneas— que lo mejor será separarnos. No hay nada en verdad que nos una. Desde que dejé el campamento de mi padre he prometido que buscaría a dios. También prometí que veneraría a la Luna e hice tres juramentos. Ahora hay algo que debo reconsiderar. Y tengo que hacerlo solo.
Cristóbal se levantó, se quitó las lagañas y abrazó a Eneas. Le deseó un buen viaje y el qari, un poco triste salió del pueblo. Cuando se dio cuenta de que nadie había venido detrás de él se sintió ridículamente solo.
—No debí dejarlo con Víctor —fue lo único que pensó—. Ni con el gato.
Y emprendió su camino. Porque no había nada que hacer. Cristóbal no quería ser libre. Deseó con sinceridad que él y Víctor fuesen felices entre los esclavos que se contentan con comer, beber y follar. Cuando llegó hasta un arroyo se desnudó y se estaba bañando cuando salió, detrás de una cruz de jade, Narumi.
Ella lo acaricia y lo lleva a su casa, a la mitad entre oriente y occidente. Entre México y las islas de Cipango y Catay. En el inicio y el fin. Donde se juntan el río y el mar. En casa de ella, Eneas escuchó en el arroyo el ruido de los botes y se dejó alimentar con naranjas que traían del puerto de Acapulco. No la amaba, pero le gustaba escucharla. Con ella era inútil resistirse a la tentación. Tenía un cuerpo perfecto. Narumi lo besa y la conduce hasta un orgasmo limpio y perfecto que le produce, al menos durante un tiempo, la paz.
Fue ahí, en la cabaña de Narumi cuando, luego de varios días de no dormir, Eneas bajó hasta el pozo para buscar agua fresca y encontró a mi hermano tirado sobre la playa. Miguel llevaba en su cuerpo la cicatriz del asesinato y parecía un astro que se derrumbó entre los matorrales, pero, a lo lejos, encontró algo que realmente le llamó la atención: tocando una guitarra estaban Cristóbal, Víctor y Pequeño Jaguar. Habían venido para emprender con Eneas el viaje a Jerusalén. Fue así que el pequeño qari se decidió a dejar atrás a Narumi, la reina de Babilonia.
—¿Por qué me haces esto? —fue lo primero que preguntó Eneas muy enojado.
—¿Hacerte qué?
—Dejarme solo.
—Como siempre estás exagerando. Ven, saluda a pequeño jaguar.
—Este no es nuestro gato.
—Claro que no. El otro se murió allá con los cimarrones, pero este ocupará su lugar.
Se sentaron sobre la hierba. Cristóbal le tendió un trozo de queso y una manzana verde y exhaustos, cayeron dormidos. Aquella noche, Eneas despertó y se dio cuenta de que el fuego que habían hecho antes de dormir se había extendido más allá de las piedras. Había crecido y tenía un aspecto ya muy muy peligroso. Comenzó a golpearlo con los pies, como si fuera un insecto, pero, enardecido, creció. Eneas dio dos pasos atrás.
—¡Cristóbal! —gritó.
El otro, preocupado por la vida de Víctor, corrió con él hacia el otro lado. Eneas se fue yendo de espalda, cayó y volvió a levantarse. El fuego, furibundo, cargó contra de él. El verde se iba secando por todas partes, como si fuese él quien iba quemando la selva. Crucé un río, pero el fuego lo alcanzó saltando sobre las copas de los árboles y aún lo siguió varias horas. Había llegado la noche y el fuego estaba cada vez más cerca de él.
Entonces, subido en una piedra, Eneas gritó:
—¿Qué quieres?
El fuego, evidentemente, no contestó. Para qué hablo, se dijo Eneas y se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no se formulaba esta pregunta sin verbo.
Repitió:
—¿Para qué? —en voz alta. Y el fuego disminuyó.
Convencido, pues de que tenía que encontrar una respuesta que era imposible inventar decidió enfrentar al acusador y dijo:
—¿Por qué me preguntas estas cosas cuando yo estoy tan cansado?
Comenzó a llover. ¿Cómo podría ser destructor quien se genera en su propio contrario?, pensó.
—Mátame —dijo—, o haz de mi un hombre normal. Dame una vida normal. Quiero una mujer y una casa, un traje de gala para el día de mi boda y tinta púrpura como la que usaba Hakim.
La lluvia hizo que el fuego se volviera menudo, pero seguía sonando en su cabeza la pregunta: ¿para qué?
—Deja de perseguirme. No hay respuesta posible. Dime tú mejor para qué. Para qué sirve que cante, para qué sirve que extrañe a Cristóbal y por qué vuelve siempre el deseo de ver a mi madre.
El fuego lo rodeó y encendió un árbol. Los pájaros escaparon al cielo que se iluminó de rojo. La selva se había callado, pero el fuego descendió sobre su pelo y Eneas se dejó quemar. Ardiendo escuchó estas palabras: me gusta tu dignidad.
Cuando por fin el fuego cesó, Eneas estaba de hinojos y luego, cuando la selva volvió a la normalidad, fue aterrorizado y se metió en la cueva de Adán. Allá adentro no había oscuridad. De las paredes de ónix emanaba una luz natural. Lejos de ser opresivo, el ambiente lo pareció muy ligero, como si no tuviera ya necesidad de cargar su cuerpo. Entendió la ligereza del niño en el icono de la Virgen y tuvo sed. Caminó hacia el fondo de la caverna, por entre estalactitas y estalagmitas. Se internó buscando el sonido de un arroyo y cuando lo encontró, se puso a beber en cuatro patas, como si fuera un perro. Y toda aquella agua produjo que el miedo a la muerte, por fin, se transformara en amor. Frente al río Leteo miró escrito en aquella caverna: tú morirás, él morirá, sólo el Altísimo no morirá.
Cuando salió de la cueva de Adán, Eneas olisqueó el aire. Percibió jara de ládano, cuero, te verde. Tal vez piñones y querat. Siguió el olor de Víctor y Atonatiuh y los encontró asustados, pero bien. Los rodeaba, inofensivo, un círculo de hormigas rojas. En cuanto Eneas se aproximó, las hormigas se fueron.
—¿Estás bien? —preguntó Cristóbal.
De su cara habían desaparecido las cicatrices de la viruela. También a él y a Víctor, el fuego los había quemado. Sorprendido, Eneas se miró las axilas y el sexo, había comenzado a crecer. Y lo mejor de todo, había desaparecido la cicatriz de la castración.
Aquella madrugada se apareció Jamila.
—¿Me has olvidado? —preguntó.
—Madre —le dijo Eneas— ¿cómo podría haberte olvidado, si te recuerdo siempre que bebo aguamiel?
—¿Es verdad que te has vuelto pagano? —preguntó ella.
Era aún más hermosa de como la recordaba.
—No lo sé. La verdad es que me he bautizado.
Ella desapareció.
Al día siguiente encontraron el camino hacia el mar. Estaba mucho más cerca de lo que hubieran pensado. Cuando Cristóbal y Víctor se fueron a buscar comida, el qari recordó sus tres juramentos. Y supo quién lo había salvado.
—¿Tienes algo de comer?
Le preguntó el hombre que se aparecía ahora. Un muchacho barbado y venerable.
—Ahora van a traer. ¿Puedes esperar un poco? —respondió.
—Si.
Después de un silencio, el hombre, como si estuviera muy curioso de Eneas preguntó:
—¿Cómo vives así?
—Mendigo por los caminos, me acompaña este gato y aquellos muchachos que fueron al pueblo. Son muy buenos para cazar conejos.
El hombre soltó una carcajada sencilla. Eneas preguntó:
—¿Quién eres?
—Soy Alejo.
Era hermoso y joven aquel San Alejo. Es cierto que su barba larga lo hacía verse un poco avejentado. Los árboles se movieron. Cristóbal había vuelto y se pusieron a comer.
Justo es alabarte, dios de misericordia, todos los días de mi vida. Se que soy un instrumento. Que me has visto antes de que existiera y que en ti descansa mi ser. Que mil veces me viste desnudo y que conoces también el corazón de todas mis debilidades. Sé que estarás aquí, delante de mí, cuando yo ya no esté y que imaginabas mi voz antes de que yo existiera. No tengo una respuesta al para qué, pero sé que a veces eres salvaje y a veces eres como una niña. Sé que a veces te gustan los sacrificios y a veces te encuentro en el vino. Sé también, que duele estar desnudo de tu divinidad para vestirte de tiempo cuando yo te humillo con esta pregunta: ¿para qué?