¿Qué mueve a la historia? Lo mismo que llevó a Alberto y a Farid a reunirse día tras día, con la religiosidad con la que antaño el monje atendía las horas santas y que ahora los reunía para hacer música. Porque si bien es cierto que los humanos no tomamos consciencia de ser históricos hasta que ella, la historia irrumpe en nuestra vida personal también lo es que a menudo esta consciencia resulta imposible. Era imposible para el esclavo y el monje, por ejemplo, saber que en el contrapunto de sus voces se estaba gestando una batalla mucho mayor, una batalla real, de defensores y asesinos que cobraría millones de vidas al otro lado del mar. Por ahora estaba lejos de encarnar la música con la que conquistarían Tenochtitlan, pero Alberto enseñaba a Farid ya los cantos con los que se celebraría la primera misa en el Nuevo Mundo. Pero para hablarle de la música sagrada que le había sido transmitida era necesario remontarse más atrás.
—La historia de la música cristiana —dijo Alberto— comienza en el siglo VIII con la unión del canto galo y el canto gregoriano. El monje Pablo el Diácono escribió un himno a San Juan que es la piedra angular de toda la música; una arquitectura que se levanta en el tiempo, no en el espacio, justamente sobre de ese himno.
A Farid le gustaba la forma en que Alberto le enseñaba la historia del arte que tenían ordenado cultivar. Y Alberto era incapaz de darse cuenta de que aquellos monjes a los que despreciaba tanto habían introducido en él la necesidad de hablar siempre de historia porque, lo supiera o no, la cosmogonía de un Dios que se encarna para salvar a su exige un antes; exige La Historia. Por eso Alberto el griego comenzó por hablarle del himno de San Juan que da nombre a las siete notas del canon musical cristiano. Más disfrutaba Farid cuando Alberto usaba el himno para afinar el ud y hacerlo sonar de modos que él nunca hubiese imaginado. Por otra parte Isaac les había dejado en la biblioteca toda clase de instrumentos: laúdes vihuelas y flautas de diferentes tamaños que ordenó comprar en toda Europa. En poco tiempo, Farid ya podía componer una melodía punto contra punto siguiendo las reglas de los monjes. Y al tiempo que Alberto aplaudía la capacidad de su alumno para improvisar en torno a reglas tan severas que parecían supersticiosas los sirvientes de la Casa de Dante comenzaron a desencadenar los libros, a vender los volúmenes y algunos pergaminos, a vender los muebles y los cuadros de toda la Casa de Dante.
El castillo se fue vaciando, pero se llenaba de las melodías que inventaban el monje y el esclavo, cantigas y romances que sonaban en los pasillos que, vacíos, vibraban mucho más. Alberto dividió el tiempo y durante las mañanas enseñó al esclavo a leer música con el sistema que inventó Guido D’Arezzo. Por las tardes, además, escribían letras a imitación de los ritmos de moda; escribían variaciones a la canción de Rodrigo Martínez que tan popular se hizo en aquel tiempo y que llegaría a volverse tan famosa que no hubo un virtuoso que no la tocara, desde Handel y Vivaldi hasta Rajmáninov y Liszt aunque, claro, para que eso sucedería tendrían que pasar varios siglos. A nadie le importaba que la letra pareciese estúpida o que detrás de dicha estupidez se escondiera el secreto del loco del tarot. Era el espíritu de la locura española que, a diferencia de los himnos litúrgicos que Alberto y Farid aprendían los invitaba de noche a salir y, a su modo, lanzarse a la aventura en la noche de Roma. El monje le enseñaba al esclavo también el conocimiento secreto de los números, la filosofía de Pitágoras de Samos el sabio que, según dijo Alberto había descubierto la clave aritmética de la belleza.
—El uno es la tónica —decía Alberto y hacía sonar la cuerda perfectamente afinada conforme a su recuerdo del himno de San Juan
—. Pero el uno se transforma en su contrario. La quinta justa que los monjes supersticiosos identifican con Satanás.
Las terceras, las cuartas y las sextas. Todos los intervalos tenían un significado ultraterreno. Del uso de cada una de ellas se desprendía una suerte de comentario místico del único misterio cósmico: la encarnación de Dios.
—Sobre todo de las séptimas —decía Alberto enajenado—. Las séptimas anuncian la inminencia del retorno del juez.
Entre lección y lección Alberto le habló a Farid de su maestro de música, de Fabricio quien a su vez aprendió el arte con un griego que vino a Roma cuando cayó Constantinopla en 1453. Se lo hacía saber para que el árabe supiera que gracias a aquellas lecciones comenzaba a pertenecer a estirpe de artistas que se educaron en la sabiduría incomparable de los griegos del Peloponeso y Anatolia. Como un niño curioso que aprende la historia de sus antepasados, Farid aprendió también, por tanto, la historia de la ciudad santa que se desplomó corrompida por dentro y por fuera.
Entendió que los orgullosos sabios griegos que habían puesto de moda en Roma la lectura de Platón venían del éxodo que culminó la tarde de mayo en que las tropas del sultán descabezaron al águila de oriente.
Nicolás quien fuese maestro de música de Santa Sabina llegó a odiar a Dios porque, cosa extraña, nunca dejó de creer en Él. Si era verdad lo que dice la escritura, no se mueve la hoja de un árbol sin la voluntad de su Creador. Y Nicolás estaba convencido de que así era de modo que en aquel año de 1453 Cristo había permanecido insensible a los ruegos de sus monjes fieles. No hacía otra cosa que observar impasible desde la cúpula de Santa Sofía. Y Nicolás, más proclive a la acción que sus hermanos, se había vuelto un saqueador como todos los que aprovecharon la caída de la ciudad. Llenaba un costal con los pergaminos de esta música bizantina que ahora, muchos años después Alberto enseñaba a Farid.
Alberto iba y venía entre el Aventino y el Trastévere para cantar en la Casa de Dante y para enseñarle al joven esclavo a cantar.
La carreta que llevó a Alberto de regreso hacia el monasterio llegó a lo alto del Aventino cuando el sol había comenzado a ponerse. Y Alberto había alcanzado la paz. Sonrió.
—Ve a descansar un poco —dijo el padre Nicolás—. Cuando escuches la campana te esperamos para rezar las vísperas.
Así lo hizo. Se sintió muy tranquilo en su celda. Se asomó y vio, temeroso, como si fuese una premonición, la capilla de La Virgen de la Tribulación. Volvió a su cama y comenzó a tararear la canción de Rodrigo Martínez.
—Fue la música —se dijo—. La que me abrió las puertas de la visión De Dios.
Cerró los ojos. Los Jerónimos nunca hubiesen aceptado a Alberto, que en aquel tiempo se llamaba Juan y era un muchacho castellano que no tenía gota de nobleza. Se lo habían dicho en Toledo. Pero su madre era necia y, como había escuchado que en Italia aceptaban monjes sin títulos de nobleza, habían viajado hasta Roma.
—Iremos en peregrinación —había dicho.
—Y vaya que había sido una peregrinación.
La música la aprendió Farid de Alberto y Alberto la había aprendido de Lionel.
Ahí alguien más le enseñó la canción de Rodrigo Martínez. Tiene que estar muy bien puestos para poder jalar ese hilo.
* Las clases siguientes hablaron de complots cósmicos, de la conjunción difícil de estar dispuesto y ser dispuesto para la música. Hablaron del tiempo y el momento adecuados para aprender el arte del contrapunto.
Con ayuda de las notas, Isaac aprendió a dar nombre al ruido del viento en las acequias, al lamento que a veces creía escuchar en catedral y al quejido un poco seco del violín cuando lo están afinando.
Varios días después, el maestro lo creyó listo y le dijo que a los que no quieren ni pueden uno no debe juzgarlos. Sin embargo, Isaac creyó entender el enorme esfuerzo de quienes trabajan toda su vida y nunca lo logran. El valor del fracaso en las obras que nunca serán escuchadas, notas rotas que pueblan los baúles de todos los rincones del globo con salmos inéditos, fruto de una voluntad que nunca cuaja en el sonido de una melodía popular.
Hay una voluntad en tu voz, le dijo David una semana más tarde, que se niega a morir. Hay en su tesitura todo el silencio necesario para que comiencen las arias. Y hay, además, en cada una de las notas que salen de tu garganta, el instinto de vivir un poco más.
* Pasaron días nuevos de lluvia y canícula, de tambores indígenas y sermones incomprensibles. En Isaac estaba conculcado, sin duda, el espíritu de la enseñanza de David. Volvían las dudas y un constante ¿Por qué? ¿Porqué la nube? ¿Por qué Isaac? ¿Porqué tendría que querer? Lo asaltaba también cuando deseaba paz y ser libre, largarse con un muchacho del coro. Cuando acariciaba su cuerpo debajo de las sábanas y se sentía listo para vivir el aquí y ahora más allá de tiempos históricos y recuerdos que no vale la pena volver a sentir. Le dolía entonces no sentirse preparado y como una cuerda que se revienta cuando está demasiado tensa escapaba a la calle para hacerse del ruido que no tiene sentido ni tampoco lo busca. Se sentía a gusto en el caos de la ciudad demolida, aquí todo es posible, pensaba, incluso morir viejo sin segundas oportunidades, sin nombres ni notas que rescatar en baúles antiguos, en pergaminos de olor a chivo. Tal vez, se dijo, una sola vida es suficiente y no es necesario ser como el encantador aquel que ni siquiera sabe que yo aquí, lo recuerdo tanto.
Otras veces, sin embargo, le crecía un orgullo que el confesor confundiría con soberbia. Entonces quería hacer música y olvidaba el deseo de volver a las tierras del turco.
—Eres un príncipe —le dijo el maestro después de la lección.
FARID NO HABLA PERO TOCA… ¿ES MUDO? TODOS TIENEN
MIEDO DEL PEQUEÑO ESCLAVO PORQUE ES FAVORITO DE
JORGE. EN VENGANZA CONTRA JORGE, ES LUIS MÉNDEZ
QUIEN ORDENA QUE LO VIOLEN. SE LO REGALA A UNO POR AHÍ.
—Soy un esclavo solamente.
—No, cuando cantas eres un príncipe porque todo lo que te trajo hasta aquí adquiere sentido.
Hablaron entonces de la paciencia de aprender. Apostar el todo a la conjunción exacta de los astros que permitiría, tal vez, a Isaac salir de sí mismo y ser una voz más en la inconmensurable armonía de voces que se conjugan para adorar al uno.
—Tu nombre —dijo el maestro— será recordado muchos años después de que tu cuerpo sea polvo y sea polvo la herida que te atormenta.
Y así fue.
Resulta que Farid sabe hablar y sabe leer perfectamente. Jorge se sorprende y no tanto. Porque sabe que tiene un pasado muy antiguo relacionado con Al-Hakim. Le pide que Farid lea a su mujer y él lo hace. Pero lo hace para estar cerca de Lucía.
Por recomendación de LUIS MÉNDEZ, FARID fue asignado como acompañante de la princesa Cornaro. Eso lo hace para sentirse seguro de su mujer. PERO TAMBIÉN SE ENCELA. LO ABSURDO ES QUE
FARID SE ECHA ENCIMA A LUIS MÉNDEZ SÓLO POR ENCELAR A ALBERTO. Las preferidas de ella eran novelas de pastores que se aman sin prejuicio ni ley. Una tarde, Eneas se quedó en silencio después de un pasaje particularmente hermoso y ella entendió que el esclavo se había conmovido.
—Eres el mejor lector que he tenido —dijo Lucía.
Y Eneas sonrió un instante, aunque luego pensó que ella era la única que competía por el corazón de su amado príncipe herido. Selim, ese sol inválido siempre en sus sábanas blancas.
Un día los pastores fueron al mar. Comieron sobre la playa granadas, higos, aceitunas, naranjas. Farid se preguntaba ¿acaso me querrá como yo lo quiero? Y Rashid sólo pensaba en ser santo. Las cosas llegaron a un límite insoportable una tarde en que estuvieron nadando hasta que llegó la tarde, comenzó a hacer frío y Rashid tomó la mano de Farid, se la llevó a su cara y le dijo:
——Mira, tócame, siente qué frío estoy.
CUANDO ALBERTO SE ACUESTE CON INÉS ES NECESARIO
DECIR QUE SE LE FUERON TODOS SUS MIEDOS
HOMOSEXUALES
Fue lo primero que dijo Farid.
Farid se encontró así tocando la cara de quien amaba tanto. Pensó: Rashid me ama, tal vez. Y decidió preguntárselo. No en ese momento, lo decidió otra noche en que estaba pensando cómo una palabra llevaba a otra pero todas lo conducían siempre a él. Almendra, por ejemplo, le recordaba sus ojos. También sal, pero también cascada, río. Luciérnaga. Todas las palabras se encendían sin orden y conducían sus pensamientos, siempre a él. Se lo diré , dijo y venció el sí sobre el no.
Así otra tarde estaban en el patio aprendiendo las reglas del canon y Farid tocó, sin pretexto aparente la cara de Rashid. El qari lo miró con tristeza y preguntó:
—¿Piensas acaso que soy una niña?
Farid se miró colgado en la plaza del pueblo. Las palabras que antes de acariciarlo pensaba decirle, se volvieron murmullos y Rashid entonces le dio un beso discreto en la boca y dijo:
— M ā šāʾ All ā h
Otro día, fue Alexander quien vino junto a Eneas que se había sentado en el pozo. Habían hecho de este el sitio de sus secretos. Alexander se sentó junto a su hermano monje y le tocó la cara, el cuello y los labios. Le dio un beso sincero y discreto en la mejilla y cuando Eneas giró para mirarlo a los ojos le dijo:
—¿Piensas acaso que soy una niña?
Alexander sintió un golpe en el estómago, se imaginó ya colgado en la plaza del pueblo. Las palabras que esperaba decirle se volvieron murmullos. Eneas sonrió, le acarició la cara y dijo un rezo árabe:
—Mash Alá. Dios así lo ha querido.
Alexander cerró los ojos y se aproximó muy lentamente. Sabía bien esa boca y eran tan tersos sus labios, tan hermoso su olor que hubiese querido estar ahí toda la noche junto al pozo bebiendo esas aguas. Pero el hermano Mateo había venido por agua y los vio. Soltó el cubo y volvió corriendo a la oscuridad de su celda en el monasterio.
La historia de “siente qué frío estoy, es algo que recuerda Nicolás que le sucedió a su mejor cantante y tuvo que expulsarlo del monasterio en Chipre. Son varias historias porque el maestro Nicolás siempre ha perdido a sus alumnos, en Constantinopla, en Chipre y en Roma.
***
Es Alberto quien toca a Farid. Y Farid se queda muy sorprendido.
***
no se atrevía a comentar lo que había vivido en duermevela ni siquiera con su confesor.MÁS BIEN SÓLO A SU CONFESOR NICOLÁS SE LO CONTÓ.
Farid y Rashid se besaron en el momento justo en que Isha vino por agua. El muchacho fue y se lo dijo a su padre.
El resto de la madrugada, el monje Alberto estuvo pensando en el alumno del maestro Lionel y en lo que significaba aquella historia que le había contado.