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Alberto amaba a Fabricio, en primer lugar, porque le enseño a cantar. Le había mostrado compasión cuando eran niños y caía en silencio cuando Alberto se extraviaba escuchando cosas que sólo protegido en el sigilo del sacramento podía confesar. Las clases de música comenzaron cuando Alberto tenía once años y Fabricio dieciséis. El progreso fue tan rápido que en poco tiempo el muchacho griego hizo suyas las reglas del neuma y el tempus. Su voz se volvió tan famosa que cuando Alberto tenía doce años Inocencio VIII subió en procesión al Janículo para escucharlo cantar. Los hermanos recordaban que el novicio no mostró ninguna alegría a pesar de que el papa lo felicitó y le dio la bendición desde lo alto de la silla gestatoria. Unos meses después llegó la pubertad. Alberto y Florián creyeron que moriría su voz. El niño chipriota se sintió gratificado porque creyó que se volvería, por fin un novicio normal. Como los otros que disfrutaban del estudio, la jardinería y el vino dominical. Pero la música no lo abandonó. La voz de Alberto en lugar de perder la altura de los agudos de su voz se encontró ahora con registros tan graves en su garganta que hacían vibrar los vitrales y hacía sentir un calor en el vientre de los hombres que la escuchaban.

A la hora de tercia Alberto caminaba junto a sus hermanos por el jardín de las naranjas hoyando un sendero de tierra roja que aún hoy conduce a las celdas de los hermanos de la Orden del Santo Sepulcro que desde 1945 están a cargo del monasterio. Los jerónimos han desaparecido casi por completo. La orden, que en tiempos de Alberto tenía más de veinticinco monasterios en Italia, España y Flandes tiene en el 2019 ya sólo nueve miembros. Los últimos jerónimos viven hoy en el Monasterio de Santa María del Parral en Segovia. Es posible que muy pronto desaparezcan. Pero aún existe en San Alejo el camino de tierra roja que conduce a las celdas del convento. Hacia los cubícula iban los hermanos tarareando: “ven Espíritu Santo, lava lo que está sucio, riega lo árido, doblega lo rígido, sana al enfermo.” Alberto ni cantaba ni sonreía. No lo había hecho nunca. Ni siquiera a principios de aquel año en que habían sucedido dos cosas que debieron haber sido importantes para él: su ordenación diaconal y la recepción del título de bachiller en teología. Aquejado por la visión y por la convicción de que la teología estaba poniendo en peligro su fe, se sintió cansado. Se dio cuenta de que, en su vida muy pocas veces había sido feliz. Le gustaba Roma y amaba a sus hermanos, perticularmente al hermano Fabricio, pero hubiese deseado volver a su pueblo en Chipre. Aunque pensó que tal vez ya no existiría.

No, Alberto no sentía otro amor por Fabricio que el que sintió Juan por Cristo. Lo amaba, en primer lugar, porque le enseño a cantar. Le había mostrado compasión cuando eran niños y caía en silencio cuando Alberto se extraviaba escuchando cosas que sólo protegido en el sigilo del sacramento podía confesar. Las clases de música comenzaron en cuanto Alberto llegó al monasterio y tenía once años y Fabricio dieciséis. El progreso fue tan rápido que en poco tiempo hizo suyas las reglas del neuma y el tempus. Su voz se volvió tan famosa que cuando Alberto tenía doce años el papa Inocencio subió en procesión hasta el Aventino para escucharlo cantar. Los hermanos recordaban que el novicio no mostró ninguna alegría a pesar de que el papa lo felicitó y le dio la bendición desde lo alto de su palio. Unos meses después llegó la pubertad. Alberto y Florián creyeron que la pubertad mataría su voz. El niño chipriota se sintió gratificado porque creyó que se volvería, por fin un novicio normal. Como los otros que, ocupados sobre todo por ser santos, disfrutaban del estudio, la jardinería y el vino dominical. Pero la música no lo abandonó. Y la voz de Alberto en lugar de perder la altura de los agudos de su voz se encontró ahora con registros tan graves en su garganta que hacían vibrar los vitrales y la espina dorsal de Nicolás quien comenzó a sospechar que aquella voz tenía que tener algo non sancto. Disfrutarla le producía una suerte de placer culpable. El abad cerraba los ojos y al abrirlos creía ver entrar por los lucernarios una luz más brillante que el sol. Era la música que se apoderaba de Alberto quien era tan joven que, a pesar de tener la clave de todos los misterios era incapaz de darse cuenta de que su voz era un prodigio que poco tenía que ver con él.

* * * Cuando Fabricio llegó para confesarlo, Alberto le contó todo lo que había vivido. Le preocupó sobre todo que Fabricio no pareciese apurado. Aún así le pidió que se quedaran juntos un instante y se quedaron en silencio. Así, Alberto comenzó a sentir una extraña mezcla de sentimientos. Hubiese querido pedirle perdón realmente. A él, no a Dios. Perdón por haber dudado de que el amor estaba aquí, en el monasterio.

Hubiese querido decirle: “he venido a Roma para buscarte, no encontré en ninguna parte el amor que nos profesábamos en este lugar, frente a esta Virgen y este pozo.” Hubiese querido decirle que de todas aquellas extrañas aventuras lo único que realmente extrañaba era a él, a Fabricio. Agradecerle el amor que le había dado cuando más lo necesitaba. Fabricio por su parte, pensaba, también callado en este siglo perverso. La condición de abad lo había cambiado sólo porque lo había hecho más consciente del deber que tenía para con sus súbditos.Gracias a la música Alberto fue educado como si su familia hubiese regalado a los jerónimos una cuantiosa dote. Y en efecto, la dote era su voz. Una voz que atraía a los benefactores que amaban las misas elegantes, con telas e incienso y una voz que parecía iluminar el vacío cuando uno se encontraba delante de Dios.

La voz del joven Alberto había llamado la atención no sólo del papa, también de Jorge Comneno quien se interesó en el muchacho, primero, por su origen griego. En aquel tiempo Roma estaba inundada de griegos. Y Jorge, superior del convento de San Alessio comenzó a venir a las tertulias que Leonel organizaba para recaudar fondos para una cruzada que reconquistaría Bizancio. Fue una cruzada que, finalmente, no tuvo lugar. Leonel consideraba suya aquella voz en la que había practicado novedosas técnicas de canto para evitar que cambiara al llegar la pubertad. Y había funcionado. La voz de Alberto maduró, pero pero conservaba los registros más altos sin que hubiesen tenido que castrarlo. Los jerónimos lo exhibían como si fuese un relicario que contiene la voz más hermosa de Roma.

Alberto amaba a Fabricio, en primer lugar, porque le enseño a cantar. Le había mostrado compasión cuando eran niños y caía en silencio cuando Alberto se extraviaba escuchando cosas que sólo protegido en el sigilo del sacramento podía confesar. Las clases de música comenzaron cuando Alberto tenía once años y Fabricio dieciséis. El progreso fue tan rápido que en poco tiempo el muchacho griego hizo suyas las reglas del neuma y el tempus. Su voz se volvió tan famosa que cuando Alberto tenía doce años Inocencio VIII subió en procesión al Janículo para escucharlo cantar. Los hermanos recordaban que el novicio no mostró ninguna alegría a pesar de que el papa lo felicitó y le dio la bendición desde lo alto de la silla gestatoria. Unos meses después llegó la pubertad. Alberto y Florián creyeron que moriría su voz. El niño chipriota se sintió gratificado porque creyó que se volvería, por fin un novicio normal. Como los otros que disfrutaban del estudio, la jardinería y el vino dominical. Pero la música no lo abandonó. La voz de Alberto en lugar de perder la altura de los agudos de su voz se encontró ahora con registros tan graves en su garganta que hacían vibrar los vitrales y hacía sentir un calor en el vientre de los hombres que la escuchaban.

Amaba a Florián pero deseaba ser otra persona y se odiaba a sí mismo. Incapaz de alejar de su corazón el miedo de que aquella imagen de la mañana fuese en realidad una premonición, se alejó hacia el lugar más oscuro del huerto de las naranjas y nunca volvió a rezar a la madre de Dios en su advocación de Virgen de las Tribulaciones. Y en ese vacío estuvo meditando.

Había terminado el canto de laudes y el miedo a las visiones se había ido. La música lo había curado. A Alberto le quedó claro el origen de esta cura.

Florián es más joven y hermoso. CUIDADO con no repetir Narciso y Godmundo. Está enamorado de Alberto

ALBERTO LE DA CLASES A FARID

La vida no lo satisfacía de todo. Le enseñó al niño lo que había aprendido de todo aquello y el joven monje muy pronto olvidó la única verdad que le habían enseñado hasta entonces, que Dios se había hecho hombre y creyó esta otra verdad: el cristianismo ha violentado por completo el verdadero mensaje de aquel rabino que era el uno y lo otro, el hombre y la mujer, la tierra y el cielo unidos en una cruz que no era real, no era el sufrimiento. El camino del alquimista era el verdadero camino de la inmortalidad. El que le permitiría detenerse ahí por siempre, en ese estado que le gustaba tanto: la mocedad. El estado en que no había llegado a ser adulto ni tenía que comportarse como un adulto ni oler como un adulto. El hombre prometía entregarle el secreto de Tiamat, la profetisa, el secreto de que no hay verdad en Cristo porque toda verdad es la penúltima verdad entre dos oposiciones. Entendió que él mismo estaba ahí en ese lugar presa de la química de un cuerpo en la frontera entre el hombre y la mujer, el niño y el adulto. En él estaba viviendo la gran obra. Sólo había que impedir que el tiempo se la arrancara.

LIONEL SABE QUE TARDE O TEMPRANO JORGE SE LLEVARÁ A ALBERTO

Le consolará A FABRICIO pensó, saber que Alberto viviría bien, como un príncipe romano. Lionel había encontrado la forma de deshacerse del monje sin romper el juramento que hizo a su madre cuando ella lo trajo a vivir aquí. Le gustará la casa de Isaac, pensó. Isaac el alquimista griego estaba buscando un monje que le enseñara latín. Lionel pensó que Alberto sería el candidato perfecto: había nacido en Roma, pero aprendió de sus padres, inmigrantes bizantinos la lengua eclesiástica. Se entenderán, pensó: ambos son griegos, ambiciosos y frívolos.

—¿Acaso no es ridículo todo lo que hacemos para halagar a Dios? — Comentó. ESTO NO, PORQUE ES DE NARCISO Y GOLDMUNDO

Galaad no dijo nada. Escuchaba la gota emergiendo del alambique. Es ridículo, confirmó Isaac. Es ridículo amar al creador del mar y el universo. Esto es lo primero que tienes que aprender para ser un cicatrizado que quien conoce la verdad no morirá. Isaac sonrió. Su alumno había entendido.

***

Alberto caminó hacia la capilla. Desde que había tenido la visión frente a la Virgen de la Tribulación, trataba de no pasar por el Jardín de los Naranjos. Sentía como un pesar. Una serie de voces le estallaban en la cabeza.

Alberto llegó, como siempre, cuando ya todos lo esperaban para rezar las vísperas. Fabricio lo recibió contento. En su calidad de director del coro, respiró y levantó las manos: Deus, en adjutorium meum intende, cantaron los hermanos. Y comenzó la liturgia; una liturgia iluminada por la voz de Alberto que resonaba en el transepto y en los lucernarios. Se metía más brillante que la luz del oriente.

Domine, ad adjuvandum me Festina. Siguió el punto y contrapunto. El rezo. Iban y venían las voces diciendo los salmos. La voz de Alberto introducía a Lionel, el senescal, en una adoración que le hacía olvidar que había deseado unos días atrás que el monje se fuese de una vez y para siempre de San Alejo. Y su ruego había sido escuchado. Ahora Lionel se sentía culpable. Proclama mi alma la grandeza del señor, cantó Alberto.

El monje tenía el cabello un poco revuelto y había algo en su manera de colocar la voz que lo hacía parecer más hermoso. Fabricio lo miró abismado. Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador. La voz de su amigo lo hacía vibrar y, a pesar de que estaba explícitamente prohibido, cerró los ojos un instante. Ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava, continuó el rezo. Fabricio sintió un placer que emergía de la tierra, que subía por sus piernas y le crecía en el pecho; vibraba con él y con estos monjes, sus hermanos. En aquel tiempo Fabricio no podía imaginar la vida en el monasterio sin esa voz. Todas las generaciones me llamarán beata. La voz que en los salmos iluminaba tenuemente la capilla parecía ahora, como el sol, incendiar el atrio, las naves y el crucero. Elevarse por encima de los lucernarios y estallar encima de todos con el color de los rosetones. En esa voz estaba contenida la infancia de Alberto, los juegos con sus primos en la Bahía del Apóstol, la tarde en que su madre vino a dejarlo al monasterio y el terror que ahora le producía la Virgen de la Tribulación. Pero cantar producía paz.

Así, con rencor, pensé: ella envejecerá. Yo ya no . Ella dejará de ser una muchacha . Yo nunca. Algo en mi respondía enojado: Pero tú nunca podrás ser su amante. Aunque la música me había devuelto un poco de dignidad, se confundía con orgullo. Cuando entró al coro Roberto, por ejemplo, hijo de uno de los nuevos jueces, yo pensé: tienes hermosa voz, pero tu timbre morirá y tú morirás con él. Va a matarte la pubertad.

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