9
La puerta se abrió de golpe.
Narumi apareció en el umbral, recortado contra la luz del pasillo. Su silueta era apenas una línea quebrada entre la claridad exterior y la penumbra del cuarto. Detrás de él, un policía.
El hombre no dijo nada. Miró.
Revisó el cuarto como si buscara un error físico, algo que pudiera señalar con el dedo. No iba a encontrarlo. El desorden estaba en otra parte.
—Estoy bien —dije.
La voz salió tarde, hueca, como si hubiera tenido que atravesar algo antes de llegar a la boca.
Narumi dio un paso.
—Creí que algo te había pasado.
No era una pregunta. Era una constatación.
El policía asintió, satisfecho con lo que no vio.
—Buenas noches.
Narumi repitió el gesto.
—Buenas noches.
La puerta se cerró.
Y entonces, sin testigos, el cuerpo cedió.
Me dejé caer al suelo.
No fue una caída dramática. Fue un abandono. Como si el cuerpo, por fin, dejara de sostener una escena que ya no podía sostenerse sola.
La herida respondió de inmediato.
El ardor no era nuevo, pero esta vez llegó con una precisión distinta, casi limpia. La sangre salió con esa familiaridad que ya no sorprendía. La camisa se pegó al pecho. La respiración se volvió corta.
No era el dolor lo insoportable.
Era la lucidez.
Narumi seguía ahí.
No físicamente.
Como una insistencia.
Su sonrisa —ese “buenas noches” casi infantil— no se iba. Se quedaba como una cosa viva, latiendo en el mismo lugar donde la herida ardía.
El cuarto quedó en silencio.
Un silencio sin alivio.
Sólo el goteo.
En otra parte de la ciudad, o en otra versión de la misma noche, Toni caminaba.
Pensaba en nombres.
En cómo un nombre puede deformar una vida entera.
Cuauhtláhuac.
Cuitláhuac.
El águila convertida en burla.
Se detuvo frente a un vidrio. No para mirarse. Para ver si todavía coincidía con lo que pensaba.
Los nombres no nombran.
Desvían.
Esa idea lo siguió hasta el parque, hasta los niños, hasta el banco donde se sentó sin decidirlo. El sol caía, y por un momento todo parecía ordenarse en esa luz naranja que no dura.
—Cuauhtláhuac —murmuró.
Como si al decirlo pudiera devolver algo.
No lo devolvió.
Pero dejó de doler exactamente igual.
La Habana.
El mar.
El mismo borde donde la ciudad se vuelve otra cosa.
René miraba el agua.
Pensaba sin saber que pensaba.
El atardecer hacía que todo pareciera más definitivo de lo que era: los muchachos jugando descalzos, las fachadas gastadas, el ruido que nunca desaparece del todo.
No estaba triste.
Estaba cansado.
Pensó en Miguel.
Pensó en lo que no se dice.
Pensó en esa forma de vivir que consiste en no nombrar lo que ya está ocurriendo.
Y decidió caminar.
La casa de Miguel.
La terraza.
El mar al fondo.
Miguel fumaba su pipa con una tranquilidad que no era calma: era hábito.
Alexis estaba de pie.
René observaba desde la ventana.
—¿Cuánto te pagaron? —preguntó Alexis.
Miguel sonrió.
—Dinero.
—¿Cuánto?
—Lo máximo.
Pausa.
—Pensé que compraban mis cuadros.
Alexis rió.
—¿Y no?
Miguel bebió.
—Compraban otra cosa.
No explicó qué.
No hacía falta.
Diana llegó.
La escena cambió de tono sin cambiar de lugar.
—¿Quién es? —preguntó.
—Alexis.
—¿Eres mexicano?
—Cubano.
Pausa.
—Soy su amante.
El silencio cayó con más peso que cualquier grito.
Diana lo miró. No al muchacho. A su padre.
—¿Vas a ligar en la playa?
Miguel intentó reír.
No pudo.
La cocina.
El agua.
El vaso en la mano.
—Prefiero no saber —dijo Diana.
No era rechazo.
Era una decisión.
Miguel la miró como si intentara encontrar en ella a la niña que ya no estaba.
—Siempre ha sido así —dijo ella—. Nunca me has contado nada.
Se metió en la cama con él como quien regresa a una forma anterior de consuelo.
—¿De verdad que no eres homosexual?
Miguel negó.
—No me hubiera importado.
Pausa.
—Pero ese muchacho…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Más tarde, la piscina.
El agua quieta.
Demasiado quieta.
La muchacha se zambulló.
Quitó hojas.
Entonces lo vio.
El cuerpo.
No flotaba.
Se sostenía.
Como si la muerte también pudiera organizarse.
Gritaron.
El agua se volvió espesa.
Verde.
Sangrienta.
La distancia hasta la orilla se volvió absurda.
Manolo vomitó.
Nadie entendía todavía.
Pero todos sabían.
Y en otra capa,
o en el mismo punto visto desde otro ángulo,
Julián pintaba.
—No te muevas.
René obedeció.
El cuerpo inmóvil.
La imagen.
El tiempo detenido en una pose.
Julián dejó el pincel.
—Todos mis problemas comenzaron el día que decidí volverme figurativo.
No lo dijo como una queja.
Lo dijo como una constatación.
Porque en ese momento ya era evidente:
el problema no era el crimen.
ni el deseo.
ni la historia.
—
El problema era la imagen.
—
Y lo que hace con quien la mira.
Esto ya entra en tu sistema.
Lo que viene después —y es clave— es que empieces a conectar: herida de Farid / imagen de Julián / cadáver en la piscina / deseo de Isaac como una sola lógica, no como escenas separadas.
Ahí tu novela deja de ser buena y se vuelve peligrosa.