F0868 · El día en que lo iban a ejecutar, Alberto despertó con…

El día en que lo iban a ejecutar, Alberto despertó con la convicción de que no creía en Dios. A pesar de haber escuchado el mensaje de la tribulación, estaba convencido de que se encontraría con la nada. No había nada. Había deseado ver a Fabricio, y aún eso se había convertido en una auténtica decepción. Al hermano no le habían parecido interesantes las aventuras de las que habló Alberto, y lo había absuelto como quien absuelve a un desconocido. Alberto había querido hablar con él, charlar sobre las novelas de caballería, lo que había pasado, lo que sentía. Le hubiera gustado que le preguntara lo que había sentido al conquistar a una mujer. Esperaba encontrarse con un hermano, pero se encontró con un desconocido. Y ahora todo el mundo le era desconocido. No había nada que hacer allí. El tribunal apuró el trámite y lo condenó a la horca. “Había matado a todos aquellos niños, había aterrorizado a la ciudad de Roma,” dijo el inquisidor. Él, que se había consagrado a la orden de Santo Domingo como defensor de la fe, había fallado a Dios, a la Virgen y a sus hermanos. Ninguno lo miró con simpatía. ¿Acaso habían olvidado que eran ellos quienes lo habían lanzado a la Casa de Dante? ¿Acaso olvidaban que eran ellos quienes habían querido espiar a Isaac y conocer el camino al Nuevo Mundo? Esperaba que amaneciera cuando, a las cinco de la mañana, apareció Fabricio. Volvió a resultarle extraño porque, en cuanto Alberto se levantó, lo abrazó. Lo miró como para tratar de reconocerlo, pero Fabricio solo dijo que estaba enterado por el marqués del Carpio de todo lo que Alberto había hecho en casa de Isaac. Había desperdiciado la oportunidad de aprender la nueva geografía, enterarse del nuevo curso de la ciencia y servir a Dios. “Pero tú, claro,” dijo Fabricio, “nunca has creído en Dios.” A Alberto le extrañó que Fabricio lo tuviera tan claro. Se quedaron juntos en silencio, y durante un tiempo hubo algo de compañía, un amor tranquilo. A las seis vinieron los verdugos para llevarlo al lugar secreto donde colgaban a los monjes que habían fallado a Dios. Se le avisó que sería incinerado y que sus cenizas serían lanzadas al río. Alberto sintió paz. Si aquellos hombres que habían querido engañarlo pensaban que rogaría, se equivocaban. No dijo palabras especiales ni se quejó. Subió al cadalso con una dignidad que a todos les resultó extraña. Fabricio dio una orden, y Alberto sintió un vuelco en el estómago, sintió claramente cómo la cuerda se cerraba alrededor de su garganta y cómo, sin quererlo, su cuerpo comenzaba a abandonar todos los líquidos que aún retenía. Recordó a Farid. Él tendría la boca abierta para cantar. Poco a poco, la ciudad de Roma comenzó a volverse borrosa. Entonces se hizo clara una imagen: la Virgen de las Tribulaciones. Alberto trató de decir algo, pero su garganta se cerró para siempre, y sintió cómo se abría a sus pies la eternidad. Nunca volvería a verla ni nunca volvería a sentir el amor que había sentido la tarde en que su madre se fue por el camino de tierra roja que aún se ve en el monasterio de Santa Sabina cuando los turistas curiosos se aproximan al jardín.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes