F0869 · Jorge fue encerrado en la Casa de Dante.

Jorge fue encerrado en la Casa de Dante.

Cuando abrió los ojos sintió la oscuridad. Poco a poco, se dio cuenta de que estaba en un calabozo que, por otra parte, no parecía particularmente inquietante. No había bichos ni ratas. No había otros prisioneros y en fin, nada que le recordara las celdas de castigo que había visto en Santa Sabina cuando era un niño y que desde que llegó el padre Lionel dejaron de usarse. Por primera vez pensó que tal vez había sido un hombre justo. Un hombre de su tiempo, se dijo, convencido de que el hombre es bueno a pesar de que es evidente la maldad que habita en él. A pesar de que estaba consciente de que iba a morir. A pesar de que sabía que Luis Méndez de Sotomayor era el artífice de su desgracia y de que descargaría contra de él toda clase de tormentos (las cortes españolas tenían en Italia famas de ser especialmente severas en lo que se refería a la aplicación de los tormentos físicos), sintió que valía la pena. Después de todo, aquel amor incierto, ese amor adúltero que le había conferido la dignidad de un verdadero hombre había valido la pena. Y no por el placer que, a fin de cuentas, no le había parecido ni mucho menos tan imprescindible como había imaginado. Amar a María le había otorgado la sensación de sentirse igual a cualquier otro. Al marqués, al hombre nuevo y libre que florecía en toda la cristiandad y que devolvía al ser humano la dignidad de ser imagen y semejanza de Dios. Todos lo eran. ¿Acaso un monje, se dijo, no podía amar a una marquesa? ¿Acaso no se había retorcido ella de placer cuando la penetró? No había en ella ningún secreto y para su propia desgracia, Jorge imaginaba que con haber develado el secreto del placer carnal había encontrado la llave para todos los secretos. 

    Escuchó un ruido. Unos hombres hablaban en castellano, una lengua que ahora mismo le pareció vulgar. Había aprendido a hablarla bien, pero no entendió que es lo que decían. Escuchó que a lo lejos los guardias se reían y se alejaban hablando. Se sentó sobre el suelo a pensar en el vacío porque, más que nunca, estaba convencido que después de esta vida lo único que encontraría sería eso: el vacío. Entonces vio que arriba en una suerte de escotilla que llevaba hacia el jardín de los marqueses había un rostro conocido. Era Farid.

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