F0870 · —Calma, hermano, cálmate.

Jorge abrió los ojos sorprendido, como si aquello fuese un fantasma o él estuviese borracho. Farid se puso la mano en la boca y le pidió que guardara silencio. Abrió su jubón y extrajo un cuchillo que llevaba escondido en la camisola. Extraviado, Jorge se preguntó si Farid había llevado siempre consigo la daga con la que comenzó a excavar hasta que pudo desmontar la reja por la que con un poco de esfuerzo, Jorge pudo salir al jardín, a la altura del suelo. Había estado encerrado unas horas y no estaba convencido de que quería escapar. Menos cuando uno de los sirvientes del Señor del Carpio se lanzó sobre Farid quien desprevenido se desplomó bajo aquel hombre que comenzó a asfixiarlo. Jorge, muy extrañado de sí mismo se acercó lentamente a Farid, tomó la daga que había escapado de su mano, la empuñó y acuchilló al sirviente. No lo acuchilló una o dos veces. Una vez que sintió que la mano se le llenaba de aquel líquido caliente, una sensación erótica comenzó a subirle desde los pies a la cabeza, se encontró fascinado acuchillando a ese hombre, extasiado, fuera de sí, extrayendo y penetrando con la misma vehemencia mecánica con la que había penetrado a la marquesa. No había sido necesario que nadie le enseñara a hacer ni una ni otra cosa. Lo sabía. Algo dentro de él sabía hacerlo: amar y matar. Pero era un monje. Y aunque los últimos años se había despreciado a sí mismo justo por esa condición que lo hacía sentir menos hombre, se encontró muy extrañado cuando poco a poco el placer de matar se fue disolviendo. Farid lo había abrazado y como si fuese un amante le acariciaba el cabello y con mucho cariño le decía:

    —Calma, hermano, cálmate.

    Esta ternura lo hizo despertar. Había aquí afuera un atardecer anaranjado. Olía a la humedad de la hierba y a sangre.

    —Tenemos que irnos —dijo Farid.

    Temblando, Jorge se puso en pie. Soltó la daga y horrorizado dijo para sí mismo: 

    —Lo he matado. 

    Farid, como si estuviese hablando con un enajenado le quitó la daga, la limpió y volvió a abrazarlo. 

    —Tenemos que irnos —le murmuró.

Fueron más allá del jardín hasta la puerta trasera, Bajaron las escaleras. A lo lejos el monje escuchó un discreto escándalo que poco a poco comenzaba a crecer. Se encontraron con el portero en la parte trasera, los miró extrañado, pero no se atrevió a detenerlos. Ya estaban en la calle cuando escucharon que gritaban el nombre de Jorge. Comenzó la persecución, pero ellos no corrían, se metían por entre la gente en la calle y Jorge tuvo la sensación de que había vuelto al sueño de los trigales, ahí estaba el misterioso edificio que había visto, la Iglesia y el miedo, la inquietud. Se le atravesó la idea de que Farid iba a matarlo. Era como un pequeño ángel que lo guiaba por los callejones de la ciudad y lo conducía hasta más allá del centro.

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