Desnudo ahí frente al español, volvió a su condición de esclavo. Él que había esperado el amor como un moro que, en Europa espera la primera nevada, se vio empujado hacia el lecho de un hombre que nunca deseó.
No valía la pena ni siquiera tratar de concentrarse en la princesa, en Rashid o en Juan. Todo se volvió violencia. En octubre, Flandes era una hermosa ciudad llena de antorchas y bufones que hacían trucos en cada calle. Cuando Estevez subió sobre él y comenzó a besarlo, atravesó en Farid una idea extraña, la de que tal vez efectivamente era inmortal. Juan lo miraba. Se desnudó también. No era la primera vez que hacía esto. Cornaro pagaba favores con la belleza de sus esclavos. ¿Lo hizo por celos? Se preguntó Farid. ¿Lo hizo porque me amaba? Si, tal vez. Y Juan viéndolo ahí, tan desprotegido, siendo besado, y toqueteado, Juan sintió que tal vez lo amaba, que esto no debería suceder. Los esclavos de Estévez atisbaban por la cerradura fuera de la alcoba del amo. Imaginó al amo muerto, la batea, el reloj, los doctores. Lo imaginó claramente para evadir el momento en que miraba cómo a Farid, Estévez comenzaba a violarlo.
—Ven aquí —ordenó Estévez—. Y Juan se arrimó al lecho, se introdujo desnudo y recordó las pociones, su deseo de ser alquimista y se dijo: hay un odio aquí, que tendrás que sacar.
Cuando vino el dolor de la primera arremetida y cuando Farid recordó en ello el dolor de los cuchillos que castran, Juan tomó la mano.