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El día en que lo iban a ejecutar, Alberto volvió a despertar con la convicción de que no creía en Dios. A pesar de haber escuchado el mensaje de la tribulación, ahora volvía a estar convencido de que se encontraría con la nada. Porque no había nada. Había deseado ver a Fabricio y aún eso se había convertido en una auténtica decepción. Al hermano no le habían parecido interesantes las aventuras de las que habló Alberto y lo había absuelto como quien absuelve a un desconocido. Quiso hablar con él, charlar con respecto a las novelas de caballería, a lo que había pasado, a lo que sentía. Le hubiera gustado que le preguntara lo que él había sentido cuando había conseguido conquistar una mujer. Esperaba encontrarse con un hermano, pero se encontró con un desconocido. Y ahora todo el mundo le era desconocido. No había nada que hacer aquí. El tribunal apuró el trámite y se le condenó a la horca. Había matado a todos aquellos niños, había aterrorizado a la ciudad de Roma, dijo el inquisidor. Él que se había consagrado a la orden de Santo Domingo como un defensor de la fe había fallado a Dios, a la Virgen y a sus hermanos. Ninguno lo miró con simpatía. ¿Acaso habían olvidado que eran ellos los que lo habían lanzado a la Casa de Dante? ¿Acaso olvidaban que eran ellos los que habían querido espiar a Isaac y conocer el camino al Nuevo Mundo? Esperaba que amaneciera cuando, a las cinco de la mañana apareció Fabricio. Volvió a resultarle extraño porque en cuanto Alberto se levantó, lo abrazó. Lo miró como para tratar de reconocerlo, pero no sólo dijo que estaba enterado por el marqués del Carpio de todo lo que había hecho en casa de Isaac. Había desperdiciado la oportunidad de aprender la nueva geografía, enterarse del nuevo curso de la ciencia y servir a Dios. Pero tú, claro, dijo, nunca has creído en Dios. A Alberto le extrañó que Fabricio lo tuviese tan claro. Se quedaron juntos callados y hubo durante un tiempo algo compañía, de un amor tranquilo. A las seis vinieron los verdugos para llevarlos al lugar secreto en que colgaban a los monjes que hubiesen fallado a Dios. Se le avisó que sería incinerado y que sus cenizas serían lanzadas al río. Alberto sintió paz. Si aquellos hombres que habían querido engañarlos pensaban que rogaría se engañaban. No dijo palabras especiales ni se quejó. Subió al cadalso con una dignidad que a todos les resultó extraña. Fabricio dio una orden y Alberto sintió un vuelco en el estómago, sintió claramente cómo la cuerda se cerraba alrededor de su garganta y cómo, sin quererlo, comenzaba su cuerpo a abandonar todos los líquidos que aún retenía. Recordó a Farid. Él tendría la boca abierta para cantar. Poco a poco la ciudad de Roma comenzó a volverse borrosa. Entonces se hizo clara una imagen. Era la imagen de la Virgen de las Tribulaciones. Alberto trató de decir algo, pero su garganta se cerró para siempre y él volvió a sentir un vuelco y sintió cómo se abrí a sus pies la eternidad. Nunca volvería a verla ni nunca volvería a sentir el amor que había sentido la tarde que su madre se fue por el camino de tierra roja que aún se ve en el monasterio de Santa Sabina cuando los turistas curiosos se aproximan al jardín.

Jorge piensa en la muerte. Habla con Farid de mi antepasado y él es el encargado del pequeño judío converso

CUANDO SUBIÓ A LA TORRE PARA ENCONTRARSE CON

JORGE SABÍA QUE LO IBA A MATAR

El regreso de Alberto a Roma

* No había en su aspecto ninguna señal de su antigua condición. No había en las imágenes esquivas que aparecían en el caldero, entre los crujidos de la madera, nada que permitiese adivinar que había en él un hombre santo, un monje que se había atrevido a seducir a una mujer noble no por amor o por aventura, por venganza. En ello meditó durante aquellas semanas en que se movieron lentamente por los caminos del sur de España y siguió meditándolo cuando caminaron por Francia, en estos lugares en que su fundador, Santo Domingo, había encontrado la belleza del demonio. Y había luchado con ella. En la tierra de Florencia, pensaba, se había inventado el amor cortés. Y era evidente en su idioma y en sus historias. Las historias que tanto a él como a Fabricio les habían devorado el seso. ¿Acaso habían sido aquellas historias lo que lo habían llevado a romper la frontera natural entre el monje y la princesa? Había algo real. Los cátaros seguían vivos. Vivían en él y vivían en la Casa de Dante. Eran los enemigos de la Iglesia que ahora, esperaba, volvería a acogerlo. Como un hermano al que había que reprender. Pero él, Fabricio no creía ya en esa Iglesia y tal vez nunca hubiese creído. Le resultaba mucho más lógica la cosmogonía del Trismegisto o la de la piedra de Lucifer. La próxima noche de San Juan el Gral brillará iluminando a los mortales que fuesen capaces de verlo. En ello pensaba durante aquellas noches en que se ganó la fama de engreído. El cabello había crecido y tenía los pies llenos de polvo y cuando se encontraron en Provenza sus guardias italianos relajaron la vigilancia y el ambiente en general se volvió mucho más amable y las noches más frescas. Lo volverá a hacer. Para que un día, tal vez se cantaran sus canciones de amor. La historia del monje que había perdido el alma para ganar el amor de una mujer. Cuando finalmente atravesaron la frontera con las tierras de Milán, los condotieros decidieron hospedarse en una taberna. Descansaron un par de dás y Alberto tuvo la oportunidad de sentir otra vez que se había enamorado de una muchachita que resultó ser hija de la posadera.

Era una muchacha que le daba nostalgia no sabía exactamente de qué. Lo pensó una tarde en que se emorrachó de cerveza y la encontró dormida de cansancio sobre una de las mesas de la taberna. Se dio cuenta de que el afecto que le producía aquella fragilidad era de muy distinta naturaleza a la que le había producido la señora del Carpio. No sabía ahora mismo si la deseaba más o menos. Sólo sabía que el afecto y el deseo que estaba sintiendo no eran exactamente lo mismo. ¿Le daba ternura? También Farid le había dado ternura y no era suficientemente inocente como para pensar que el deseo que lo había inundado cuando escuchó su historia del encantador de serpientes no hubiese tenido algo de lujurioso, algo de inmoral. Tal vez, se dijo, fue esa primera infracción, la de haberse encontrado desnudo con un eunuco, un muchacho en la frontera entre el hombre y la mujer lo que lo había desviado. Porque a pesar de que no se arrepentía, Alberto sentía que algo lo había desviado del camino que debió haber tomado. Pensaba mucho en su madre. Pensaba en una ternura que también había sentido muchos años atrás. Había recordado (y no sabía exactamente dónde había quedado almacenado el recuerdo) que de niño, una tarde en que comían aceitunas mirando el mar, él Alberto había cogido el cabello de su mamá y había respirado su olor. Había hecho lo mismo después con sus hermanas. Le fascinaba aquel olor pero especialmente el de su madre. Y la sensualidad de la primera noche con la marquesa se lo había recordado. No era el aroma celestial de quien imaginaba que el amor está hecho sólo de aromas dulces. Era la consciencia de que hay algo un poco torcido en todos los amores carnales, la transgresión a la que invitaba el cuerpo de Farid, el reto que implicaba la marquesa, un reto que lo había puesto en el peor de los pecados según pensaba, el asesinato y la ternura que ahora se le mostraba como si todo aquel viaje no hubiera sido otra cosa que encontrarse con estas tres formas de perderse. Perderse por ternura, por la sensación de que había ahí alguien a quien hubiera querido abrazar y proteger.

Se trataba en realidad de una fantasía porque a decir verdad él era quien necesitaba protección. Aún aquí, en Milán. Era verdad que la Santa Hermandad había quedado atrás, pero estaba seguro que la logia de la Casa de Dante lo seguirá a donde fuera. Y él que había querido pertenecer a ellos ahora se había vuelto enemigo de ellos. Se había convertido sin quererlo en un auténtico monje porque había descubierto que podía fallar, que tenía la libertad de traicionar la alianza con Dios. Y ahora, temeroso de los hombres en la Casa de Dante esperaba protección, se daba cuenta incluso, y gracias a esta hermosa muchacha dormida, que el amor era esta ternura que no reclama el deseo carnal. Salió y escuchó las campanas en la casa del duque de Milán llamando al angelus de las seis. Por primera vez en todos aquellos años tuvo realmente ganas de rezar. Y lo hizo. Caminando por las calles sin miedo a pesar de que sabía que la cofradía del marqués tenía vigilantes en todas las ciudades de la cristiandad. Quizá más allá. En realidad (se hizo consciente por primera vez de este hecho evidente) estaban queriendo llevar estas ideas, estas adoraciones que ahora encontraba diabólicas al otro lado del mar. En ese lugar en que Bartolomé de las Casas deseaba enseñar las verdades de Cristo, su rival, el marqués del Carpo quería imponer la gnosis del sabio tres veces magno, la magia del alquimista que no reza sino que más bien realiza conjuros.

No había en su aspecto ninguna señal de su antigua condición. No había en las imágenes esquivas que aparecían en el caldero, entre los crujidos de la madera, nada que permitiese adivinar que había en él un hombre santo, un monje que se había atrevido a seducir a una mujer noble no por amor o por aventura, por venganza. En ello meditó durante aquellas semanas en que se movieron lentamente por los caminos del sur de España y siguió meditándolo cuando caminaron por Francia, en estos lugares en que su fundador, Santo Domingo, había encontrado la belleza del demonio. Y había luchado con ella. En la tierra de Florencia, pensaba, se había inventado el amor cortés. Y era evidente en su idioma y en sus historias. Las historias que tanto a él como a Fabricio les habían devorado el seso. ¿Acaso habían sido aquellas historias lo que lo habían llevado a romper la frontera natural entre el monje y la princesa? Había algo real. Los cátaros seguían vivos. Vivían en él y vivían en la Casa de Dante. Eran los enemigos de la Iglesia que ahora, esperaba, volvería a acogerlo. Como un hermano al que había que reprender. Pero él, Fabricio no creía ya en esa Iglesia y tal vez nunca hubiese creído. Le resultaba mucho más lógica la cosmogonía del Trismegisto o la de la piedra de Lucifer. La próxima noche de San Juan el Gral brillará iluminando a los mortales que fuesen capaces de verlo. En ello pensaba durante aquellas noches en que se ganó la fama de engreído. El cabello había crecido y tenía los pies llenos de polvo y cuando se encontraron en Provenza sus guardias italianos relajaron la vigilancia y el ambiente en general se volvió mucho más amable y las noches más frescas. Lo volverá a hacer. Para que un día, tal vez se cantaran sus canciones de amor. La historia del monje que había perdido el alma para ganar el amor de una mujer. Cuando finalmente atravesaron la frontera con las tierras de Milán, los condotieros decidieron hospedarse en una taberna. Descansaron un par de dás y Alberto tuvo la oportunidad de sentir otra vez que se había enamorado de una muchachita que resultó ser hija de la posadera.

Era una muchacha que le daba nostalgia no sabía exactamente de qué. Lo pensó una tarde en que se emorrachó de cerveza y la encontró dormida de cansancio sobre una de las mesas de la taberna. Se dio cuenta de que el afecto que le producía aquella fragilidad era de muy distinta naturaleza a la que le había producido la señora del Carpio. No sabía ahora mismo si la deseaba más o menos. Sólo sabía que el afecto y el deseo que estaba sintiendo no eran exactamente lo mismo. ¿Le daba ternura? También Farid le había dado ternura y no era suficientemente inocente como para pensar que el deseo que lo había inundado cuando escuchó su historia del encantador de serpientes no hubiese tenido algo de lujurioso, algo de inmoral. Tal vez, se dijo, fue esa primera infracción, la de haberse encontrado desnudo con un eunuco, un muchacho en la frontera entre el hombre y la mujer lo que lo había desviado. Porque a pesar de que no se arrepentía, Alberto sentía que algo lo había desviado del camino que debió haber tomado. Pensaba mucho en su madre. Pensaba en una ternura que también había sentido muchos años atrás. Había recordado (y no sabía exactamente dónde había quedado almacenado el recuerdo) que de niño, una tarde en que comían aceitunas mirando el mar, él Alberto había cogido el cabello de su mamá y había respirado su olor. Había hecho lo mismo después con sus hermanas. Le fascinaba aquel olor pero especialmente el de su madre. Y la sensualidad de la primera noche con la marquesa se lo había recordado. No era el aroma celestial de quien imaginaba que el amor está hecho sólo de aromas dulces. Era la consciencia de que hay algo un poco torcido en todos los amores carnales, la transgresión a la que invitaba el cuerpo de Farid, el reto que implicaba la marquesa, un reto que lo había puesto en el peor de los pecados según pensaba, el asesinato y la ternura que ahora se le mostraba como si todo aquel viaje no hubiera sido otra cosa que encontrarse con estas tres formas de perderse. Perderse por ternura, por la sensación de que había ahí alguien a quien hubiera querido abrazar y proteger.

Se trataba en realidad de una fantasía porque a decir verdad él era quien necesitaba protección. Aún aquí, en Milán. Era verdad que la Santa Hermandad había quedado atrás, pero estaba seguro que la logia de la Casa de Dante lo seguirá a donde fuera. Y él que había querido pertenecer a ellos ahora se había vuelto enemigo de ellos. Se había convertido sin quererlo en un auténtico monje porque había descubierto que podía fallar, que tenía la libertad de traicionar la alianza con Dios. Y ahora, temeroso de los hombres en la Casa de Dante esperaba protección, se daba cuenta incluso, y gracias a esta hermosa muchacha dormida, que el amor era esta ternura que no reclama el deseo carnal. Salió y escuchó las campanas en la casa del duque de Milán llamando al angelus de las seis. Por primera vez en todos aquellos años tuvo realmente ganas de rezar. Y lo hizo. Caminando por las calles sin miedo a pesar de que sabía que la cofradía del marqués tenía vigilantes en todas las ciudades de la cristiandad. Quizá más allá. En realidad (se hizo consciente por primera vez de este hecho evidente) estaban queriendo llevar estas ideas, estas adoraciones que ahora encontraba diabólicas al otro lado del mar. En ese lugar en que Bartolomé de las Casas deseaba enseñar las verdades de Cristo, su rival, el marqués del Carpo quería imponer la gnosis del sabio tres veces magno, la magia del alquimista que no reza sino que más bien realiza conjuros.

Deseó volver a sentir la paz de la Virgen de las tribulaciones y por primera vez en su vida no sintió que Lionel hubiese sido cruel o vengativo. Pensó incluso que era un buen hombre y le pareció increíble que el hecho de haber matado a un ser humano hubiese cambiado su forma de pensar de forma tan radical. Incluso la imagen del caballero andante que al inicio de aquel viaje le atraía todavía tanto había comenzado a parecerle falaz y en cierto sentido orgullosa. No había forma en que un caballero pudiese hacer justicia en este mundo corrupto. Más valían los eremitas en las demandas del Santo Grial (que ahora entendía eran un encuentro personal con el amor de Cristo) que todas las justas caballerescas por el amor de una mujer. ¿Acaso había tenido que amar carnalmente a estas tres personas para verlo claramente?

No, se dijo. Nadie necesitaba pecar. Era su alma corrupta, su alma herida la que había necesitado del adulterio y el asesinato. Aún así había encontrado en aquel trayecto la ternura en Farid y en esa niña dormida cuya historia seguramente le parecerá tan fantástica como la del esclavo a pesar de que nunca hubiese salido de aquella taberna de Milán. Bebió su cerveza y pensó que en aquella muchacha se despedía de todo lo que había deseado desde que salió del monasterio. No sólo no le importaba un Nuevo Mundo que sabía que ya estaba siendo corrompido, primero por Colón y ahora por las encomiendas y los buscadores de oro y perlas. Corrompido por el mismo hombre que ahora lo buscaba para matarlo. Para él era suficiente. Atrás quedaban las aventuras. La vida real, pensaba. No podía estar en este mundo. ¿Quién sería capaz de retribuir el sufrimiento de un castrado? ¿Quién podría retribuir a un joven monje sin vocación que había sido arrojado a una vida en la que era incapaz de creer? ¿Acaso no habría justicia para el hombre que había muerto sólo por defender a su señor en las aventuras en las que se habían metido Alberto y María? No podía haber justicia en este mundo y ahora entendía el sentido de un libro que ahora mismo le parecía más importante que todos los libros caballerescos de los que se había llenado la cabeza: fue por la envidia del diablo que entró la muerte en el mundo. El justo por más que muera prematuramente tendrá descanso. Nacimos y nos eclipsamos sin dejar ni una señal de virtud. La maldad nos consumió.

La esperanza del impío es brizna. Viento, espuma que arrastran los vendavales, humo que disipa el viento, recuerdo fugaz del huésped de un día. Pero los justos viven para siempre… Aquí estaba la clave. No hay justicia en el mundo. La justicia está en otra parte. Esta era la verdad, la única verdad que ahora mismo necesitaba conocer. La sabiduría increada cuyo verdadero comienzo es el deseo de ser instruido en los misterios de Dios. Poco importaba si lo encontraban los asesinos. Se sintió en paz porque había encontrado al pecado cara a cara. Había besado a la belleza, la veía así mismo en esta muchacha dormida y en el eunuco dormido que le había contado su larga travesía en el desierto. Y había encontrado que la belleza terrena es amarga porque la única justicia está más allá. ¿Era justo? Por supuesto que no, pero esperaba que Dios en quien ahora creía con la claridad con la que antes había dudado, en su infinita misericordia pudiese perdonarlo.

SE HABÍA CONVERTIDO PORQUE HABÍA ASISTIDO NO AL

ASOMBRO DE LA BELLEZA, NO A LA MÚSICA SINO AL HORROR.

Había sido el marqués de Roumagnac, quien antes se llamaba Marcel, lo había mandado atrapar para ser llevado a justicia por los asesinatos de todos aquellos niños en la ciudad de Roma.

POR QUÉ ME MATAS… PORQUE TE HA CORROMPIDO LA

CRISTIANDAD.

***

Y así lo creyó Alessio. No sólo había consumido las visiones que le venían desde que era niño y lo asaltaban en la madrugada, había cerrado una cicatriz que debía permanecer abierta para expulsar el veneno. El veneno del deseo, de la sensualidad. Una tarde, recordó había estado a punto de ahogarse porque se quedó mirando un coral en su casa en Bahía del Apóstol. Aquella música le había recordado la sensación de nadar en aquel mar de color verde azul, un mar lleno de tesoros que están ahí para hacerse mirar. Era un sonido que le había recordado el mundo dentro de este mundo. Esa voz no hablaba, como la suya misma o como la de otros hermanos en el monasterio de cielos nuevos y tierra nueva. Era el esplendor de un sueño posible en la tierra. En las conversaciones con Isaac creyó entender, exaltado, todo lo que había estado leyendo en estos meses de soledad. La vida, se dijo, no está en el sacrificio de un Dios improbable, está aquí, en el encuentro con este hombre y su esclavo en un campamento en el centro de Roma. En esta música y en la sensualidad que le siguió tenían sentido las obras del Trismesgisto, de Alberto Magno y de Roger Bacon. Creyó entender el Opus Tertium y otros libros que Isaac había salvado del fuego en Constantinopla. Todo tenía sentido por volver a escuchar al esclavo árabe que rasgaba el oud y lo miraba a los ojos como si construyese con su voz una Torre de Babel capaz, en efecto, de alcanzar el cielo.

Con Isaac aprendió también que el diablo es un dios caído que regaló al Altísimo este universo. Era un dios que había escondido en las montañas que separan Francia de España la joya de su corona para que todo iniciado pudiese recordar con ella el camino de regreso hasta el último cielo.

Al día siguiente, por primera vez desde que había sido ordenado, no celebró misa. Aún resonaba en su mente aquel sonido metálico y los ojos de aquel muchacho. Resonaba la larga conversación que tuvo con Isaac. Era cierto, la divinización no proviene de un rito. Lo pensó como un iluminado.

Aunque a partir de ese día dejó de tener compasión por el mundo, creció en él la curiosidad. Se reunía con Isaac por las noches en el extraño campamento de los amplios techos de la Casa de Dante. Farid no parecía interesado en lo que decía Isaac o parecía haberlo escuchado muchas veces. Llegado el momento de reflexionar, la comunión era entonces callarse y escucharlo cantar mientras rasgaba el oud. Bebían vino, comían quesos finos y embutidos y una noche Isaac ordenó a Alessio:

—Canta.

Fue así que la voz grave del monje se unió a la voz infantil del esclavo árabe y los dos se unieron por primera vez. Isaac escuchando, se aproximó a las almenas del castillo y miró Roma al otro lado del río, más allá de la Isla de los Locos. Se sentía dueño del mundo porque se creía dueño de aquellos dos.

DESDE AHÍ SE VEÍA LA CASA DE LOS LOCOS… LO MATAN

PARA LA TRANSMUTACIÓN DE SU SANGRE… LO ENTREGA EL

MAESTRO PARA QUE NO CORROMPA EL CONVENTO? TAL VEZ

Alberto se reconvierte y muere feliz porq esta convencido porq en la vida vio no el bien sino el mal

porq es el peor de los mundos posibles porq aqui resalta la opcion moral

ESTA PUEDE SER LA CONVERSACIÓN LA DE QUE VIVIMOS EN

EL PEOR DE LOS MUNDOS POSIBLES.

En cuanto se cerró la cuerda y el oxigeno quedo atorado pr siempre conoció por fin el secreto de la inmortalidad

Tiene Albrto q desear la inmortalidad desde el principio

En el capítulo de tlalli ella está mirando a sus trabajadores bajo un palio

POR ÚLTIMO… ESTO QUE SIGUE ES UN SUEÑO DE MIGUEL…

QUE SUEÑA QUE LO SUBEN A QUE LO MATE JORGE

***

Por último a la estación vinieron mi madr, mi hermana y mis sobrinas. Platicamos de cualquier cosa. Reímos como cuando yo era niño. Trajeron tacos de tijuana. Tod

a la semana tuve la sensación de ser feliz y aunque no tenía ganas de ver a daddy pensé es a quien más he querido. La última vez que lo vi estaba ahí, detras de la línea, me veía tiste cuando me ocultaron la cara y activaron la silla eléctrica

***

* * * Abandonó la tesis que iba a hacer de música. Se enojó con Ximena quien por su parte vivía sus propios demonios. Pensó en qué querría hacer. Entonces la vio, en el despacho de mi padre. Al día siguiente fue con la doctora Dorotinsky. Le enseñó la fotografía.

—Puedo hacerla sobre este icono?

Ella lo miró. Le comentó que sí, que solo era una tesis de licenciatura.

ESTA ES LA HISTORIA DE UN HOMBRE CIEGO QUE, SIN

EMBARGO ES EL MEJOR DISEÑADOR DE JARDINES.

NARUMI SE ENAMORA DE MIGUEL Y ÉL ESTÁ CIEGO…

***

El ciego que estudia historia del arte, ¿Cómo imagina a Leonardo? ¿Cómo imagina a Miguel Ángel?

***

Ruido, Pato camina por los pasillos de la facultad.

La primera vez que vi a Pato se estrelló conmigo.

Ruido, Pato camina por entre la gente en la facultad. Huele a grasa, el clima cambia, estaos en los pasillos. Adentro.

La doctora tiene una voz tersa.

FINAL, FUE ASÍ QUE LA VIRGEN DE LA TRIBULACIÓN SE

TRANSFORMÓ EN LA VIRGEN DE LOS PEREGRINOS

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes