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EL AVIÓN / EL TEXTO / LO QUE NO CABE EN LA HISTORIA
El café estaba frío.
Alejo lo dejó a un lado.
No porque no quisiera beberlo.
Porque ya no podía concentrarse en nada que tuviera forma.
El documento
Las hojas crujían.
Impresas.
Pesadas.
Demasiado claras.
“El reinado de Al-Hakim bi Amr Allah…”
Leyó.
No por interés.
Por insistencia.
El problema
Todo estaba ahí.
Fechas.
Nombres.
Fuentes.
Todo correcto.
Todo insuficiente.
Alejo
—No es esto.
No lo dijo en voz alta.
Pero lo pensó con una claridad
que lo incomodó.
La academia
Ordenaba.
Clasificaba.
Explicaba.
Pero no tocaba.
Hakim (en otro tiempo)
Caminaba por el jardín.
Los guardias se inclinaban.
Y él cantaba.
No por devoción.
Por placer.
El error
Ahí estaba.
No en los decretos.
No en la política.
En esto:
creer que la voz
es poder.
Alejo
Pasó la página.
Sadek Ismail.
Notas.
Referencias.
Al-Musabbihi.
Todo reconstruido.
Todo perdido.
La grieta
—Treinta mil páginas.
Pensó.
Y sin embargo—
no sabían nada.
El cruce
El avión tembló.
El piloto habló.
—Estamos cruzando el Mar de los Sargazos.
Alejo miró.
Verde.
Inmóvil.
Como si el mar
no avanzara.
La memoria
Regresó.
No como recuerdo.
Como presencia.
El jardín.
El canto.
La serpiente.
La madre.
Todo al mismo tiempo.
Alejo
Cerró los ojos.
No rezó.
No pensó.
Sintió.
La diferencia
El texto decía:
—Hakim fue un califa.
—Su madre posiblemente cristiana.
—Las fuentes son contradictorias.
Pero él sabía:
no era contradicción.
Era exceso.
Hakim (niño)
—¿Dónde está Sitt?
—Debes separarte de mí.
La voz de la madre.
La última noche.
Alejo
Abrió los ojos.
El avión seguía.
El documento seguía.
El mundo seguía.
La comprensión
No era histórica.
No era teológica.
Era esto:
la historia no puede contener
lo que ocurrió.
Farid (al mismo tiempo)
Miraba.
Siempre miraba.
Sin escribir.
Sin fijar.
Alejo
—Esto no es verdad.
Pausa.
—Pero tampoco es mentira.
El punto
El texto intentaba cerrar.
Pero lo que estaba ahí—
no se dejaba cerrar.
La decisión mínima
No tiró el documento.
No lo rechazó.
Lo dejó.
Como una capa más.
No como fundamento.
Última línea
Y en ese instante—
sobre el mar inmóvil—
Alejo entendió algo
que ni los cronistas,
ni los místicos,
ni los emperadores
habían podido sostener:
que la verdad
no se encuentra
ni en la historia
ni en el delirio
sino
en el punto exacto
donde ambos
dejan de excluirse.