F0713 · En los días que precedieron al tiempo, cuando la existencia aún…

En los días que precedieron al tiempo, cuando la existencia aún no era más que una idea en la mente de lo eterno, hubo un pliegue en la sombra. Allí, en ese espacio entre lo que no es y lo que sería, Dios escuchaba. No hablaba, no creaba. Solo escuchaba, porque en ese silencio estaba el germen de todo lo que estaba por venir.

La luz, aún dormida, temblaba como si soñara. En el centro de esa vastedad, la pupila divina, equilátera y perfecta, se abría lentamente. Era un ojo inmenso, ciclópeo, cuya luz no iluminaba, sino que penetraba en la esencia misma de la sombra, arrancándole secretos que ni ella sabía que guardaba. Esa luz no era como las que conocemos; era absurda en su inmensidad, una paradoja que existía para ser contemplada y temida.

Los cometas, que aún no eran más que posibilidades, brillaban como pavos reales en las noches infinitas. Eran adornos del caos, plumas de fuego que surcaban el vacío, trazando caminos que no llevaban a ninguna parte. Pero cuando el ojo de Dios los miraba, temblaban. Su danza frenética se detenía por un instante, y parecían recordar que eran solo fragmentos de algo mayor, meros destellos en el borde de la eternidad.

Fue en uno de esos instantes de quietud que la sombra, que había sido siempre muda, habló. No era una voz, sino un susurro que resonaba en todas las direcciones. Y la sombra dijo:

—¿Por qué escuchas, si no hay nada que oír?

Dios no respondió. No con palabras, al menos. En lugar de eso, la pupila ciclópea comenzó a girar, y de su giro nacieron espirales de luz y oscuridad. Era un movimiento hipnótico, un torbellino que arrancaba fragmentos de la sombra y los transformaba en formas, en ideas, en posibilidades. De esa danza nacieron las estrellas, que fueron lanzadas al vacío como semillas en un campo inmenso.

Pero las estrellas no bastaban. Dios, en su contemplación, entendió que la creación debía tener un ritmo, una música que la sostuviera. Así que, en un acto de puro anhelo, exhaló. Y de su aliento nacieron los primeros sonidos: un murmullo profundo que se convirtió en el eco del universo, el latido que marca el tiempo.

En algún rincón de esta creación naciente, los cometas se reagruparon. Ya no eran simples destellos erráticos, sino seres conscientes de su belleza y de su fragilidad. Uno de ellos, un cometa de cola plateada, se atrevió a acercarse a la luz divina. Cuando lo hizo, la pupila lo observó con tal intensidad que su cola comenzó a arder como un río de fuego.

—¿Qué soy? —preguntó el cometa, ardiendo y hermoso.

Y por primera vez, Dios habló.

—Eres el deseo de lo que no soy.

El cometa no entendió, pero algo en su esencia tembló, como si la verdad de aquellas palabras lo hubiera tocado en lo más profundo. Entonces, con un último giro, se lanzó hacia el vacío, dejando tras de sí una estela que marcó el primer camino. Los cometas lo siguieron, y así nacieron las galaxias, espirales de fuego y polvo que danzan al ritmo de ese eco primordial.

El padre de Bernardo escribió estas palabras en una noche de fiebre, convencido de que había encontrado el origen del mundo. Decía que Dios no era un creador, sino un oyente, un observador de las sombras. Decía que la creación no había nacido del poder, sino del deseo, de la necesidad de llenar un vacío.

—En el principio —escribió— no hubo palabra, sino escucha. Y lo que Dios oyó fue el susurro de lo posible.

Mientras Bernardo leía estas líneas en el diario de su padre, la habitación se llenó de una calma inquietante. Pensó en la constelación de Felipe Azul, en los caminos trazados por los cometas, en los deseos que llenaban su propio corazón. Se preguntó si, después de todo, su padre había visto algo que los demás no podían comprender.

Cerró el diario y se acercó a la ventana. Afuera, Farid tocaba una melodía en su duduk, un sonido que parecía venir de un lugar anterior al tiempo. Cada nota resonaba como si respondiera al eco de aquellas palabras: todo seguía naciendo, todo seguía escuchando, todo seguía siendo.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes