Deseó volver a sentir la paz de la Virgen de las tribulaciones y por primera vez en su vida no sintió que Lionel hubiese sido cruel o vengativo. Pensó incluso que era un buen hombre y le pareció increíble que el hecho de haber matado a un ser humano hubiese cambiado su forma de pensar de forma tan radical. Incluso la imagen del caballero andante que al inicio de aquel viaje le atraía todavía tanto había comenzado a parecerle falaz y en cierto sentido orgullosa. No había forma en que un caballero pudiese hacer justicia en este mundo corrupto. Más valían los eremitas en las demandas del Santo Grial (que ahora entendía eran un encuentro personal con el amor de Cristo) que todas las justas caballerescas por el amor de una mujer. ¿Acaso había tenido que amar carnalmente a estas tres personas para verlo claramente?
No, se dijo. Nadie necesitaba pecar. Era su alma corrupta, su alma herida la que había necesitado del adulterio y el asesinato. Aún así había encontrado en aquel trayecto la ternura en Farid y en esa niña dormida cuya historia seguramente le parecerá tan fantástica como la del esclavo a pesar de que nunca hubiese salido de aquella taberna de Milán. Bebió su cerveza y pensó que en aquella muchacha se despedía de todo lo que había deseado desde que salió del monasterio. No sólo no le importaba un Nuevo Mundo que sabía que ya estaba siendo corrompido, primero por Colón y ahora por las encomiendas y los buscadores de oro y perlas. Corrompido por el mismo hombre que ahora lo buscaba para matarlo. Para él era suficiente. Atrás quedaban las aventuras. La vida real, pensaba. No podía estar en este mundo. ¿Quién sería capaz de retribuir el sufrimiento de un castrado? ¿Quién podría retribuir a un joven monje sin vocación que había sido arrojado a una vida en la que era incapaz de creer? ¿Acaso no habría justicia para el hombre que había muerto sólo por defender a su señor en las aventuras en las que se habían metido Jorge y María? No podía haber justicia en este mundo y ahora entendía el sentido de un libro que ahora mismo le parecía más importante que todos los libros caballerescos de los que se había llenado la cabeza: fue por la envidia del diablo que entró la muerte en el mundo. El justo por más que muera prematuramente tendrá descanso. Nacimos y nos eclipsamos sin dejar ni una señal de virtud. La maldad nos consumió.