F0839 · Al turista que llega a Roma por primera vez le maravilla…

Al turista que llega a Roma por primera vez le maravilla un curioso suceso que tiene lugar a las doce en punto: suenan las campanas de toda la ciudad. Es el llamado del Angelus. Esta costumbre, sin embargo, se instituyó en 1571 para celebrar el triunfo en la Batalla de Lepanto. Cuando Jorge despertó aquella tarde de enero de 1491 aún se le conocía símplemente como “hora de sexta.”

Farid se aproximó para ofrecerle una infusión hecha a base de agua, miel y un poco de leche. Despabilado ya, gracias a este refrigerio frugal, Jorge se dispuso a dar un paseo por el jardín de su casa. Abrigado del frío y acompañado por su inseparable esclavo, encontró que la vida era hermosa. Jorge Comneno no compró la Casa de Dante por su valor histórico. Las nostalgias a las que estaban tan aficionados los eruditos de aquellos años a él le parecían banales. Le gustó el castillo porque le traía a la mente memorias de un pasado de hombres y mujeres más recios y esbeltos, como estos muros, como esos pinos y esos muros con saeteras y matacanes coronados en lo alto por la torre caballera en la que él, Jorge, todas las noches, fumaba hachís y miraba los astros. Le gustó, además, porque la fortaleza se encuentra, hasta la fecha, en las inmediaciones del puerto así que, como es de prever, el barrio está habitado por marinos, prostitutas y nigromantes. Con los primeros bebía, con las segundas se divertía y se procuraba un placer que siempre consideró indispensable y con los terceros discutía de este tema que últimamente lo obsesionaba tanto ¿qué es lo que mueve a la historia? 

Se sentó en un canapé al interior del pabellón en el jardín que ya estaba listo para el día de su boda. Recordó a su primera mujer. Sonrió. Había pasado ya mucho tiempo. Ahora todos pensaban que Inés de Castro era una mujer excepcional. Él no. Porque sabía, claro que aquello de que era hija de un comendador de la orden de Santiago era una patraña, era una judía que estaba encontrando la forma de salvarse. Y aquel amante suyo, el señor de Aguilar estaba queriendo protegerla aquí en Roma de los Estatutos de limpieza de sangre. Suspiró. Aunque no amaba particularmente a los judíos, estaba convencido de que el bautismo limpia en todos el pecado original. Aquellos estatutos, evidentemente, iban contra la iglesia cristiana, como había repetido la Iglesia desde tiempos del papa Nicolás. ¿Tendrá doña Inés costumbres judías? La idea le fascinó. Había escuchado que los alquimistas judíos son particularmente eficientes. Y tienen lazos que se extendían, por el oriente, hasta Cipango y Catay. Antes de la caída de Constantinopla, por supuesto.

     En todo caso, era esto, la conciencia de que cantaría en la boda del alquimista lo que le había quitado la paz. Pero, ¿por qué he soñado el cadalso? ¿Y por qué he soñado al demonio árabe? 

     Lo supo de inmediato. Todo estaba relacionado con lo que había escuchado aquella mañana en las aulas. Los maestros de teología le estaban quitando la fe.

La primera vez que Jorge vio entrar a la logia a Inés Méndez de Sotomayor, la encontró insignificante. Venía acompañada del IV señor de Aguilar. Ni siquiera este hecho parecía arrojar sobre ella ninguna luz. Sin embargo, en cuanto comenzó a hablar le fascinó cierta inocencia inteligente que encontró particularmente sensual ¿qué era?

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes