F0316 · Aunque se había cansado de la crueldad, Alonso García Bravo gozaba…

Aunque se había cansado de la crueldad, Alonso García Bravo gozaba en cierta manera con ella. Deseaba estar con ella y deseaba más, deseaba tocarla, olisquearla, lamerle el cuello. Todo había comenzado cuando vio la facilidad con la que los colonos de Garay violaban a las muchachas indígenas en la desembocadura del Pánuco. Estuvo a punto de participar con los soldados pero una mirada lo detuvo. Era Farid, un muchacho que había venido con Juan Díaz, uno de los capellanes de Cortés. La mirada del religioso lo contuvo y él, Alonso volvió a la choza lleno de ganas y vergüenza. Se arrepintió de ella y se le quedó.

Amaneció en febrero de 1521 hacía frío. Y a pesar de que estaba tomando el sol y mirando a las gallinas, estaba realmente cansado. Se había convertido en un bárbaro, había olvidado el gozo que le daba la geometría y la construcción cuando era un muchacho en España, cuando dejó el campamento de Garay y caminó por toda la costa para decir a Cortés que conocía el secreto. En el campamento de Garay, había pensado terminaría por desmoronarse. Había venido con Jorge un muchacho con el que se embarcó y con Jorge fueron llamados a Tlaxcala. Alonso no había aprendido a hablar la lengua de los naturales, Jorge tampoco. Los conquistadores estaban más interesados en la guerra que en aquella extraña empresa, la construcción de treinta bajeles para atacar Tenochtitlan. Aún estaban asustados por haber escapado de la ciudad, pero Alonso los vio, los imaginó. Cuando estuvo hecho el andamiaje que con Jorge y con un grupo de muchachos había construido. Algunos tlaxcaltecas le trajeron madera y se la ofrecieron, la miró, la olisqueó. Los había visto. No olían a esto. Con Jorge que había aprendido un poco de náhuatl se internó en el bosque y comenzó a buscar entre los árboles. Jorge le decía, estos maderos están bien. Alonso estaba enloquecido. Jorge le pidió que utilizara aquella madera y Alonso ordenó que lo ataran y le dieran de latigazos. Caminó perdidos por la selva, llovía y a lo lejos el río le recordó los ojos de Farid. No quería volver. Como estaba lloviendo, se resbaló y fue a dar contra un árbol. Se levantó y comenzó a gritar que lo había encontrado. Era el madero a eso olía. Volvió gritando a Tlaxcala siguieron cavando calafateando, serrando. En unos meses vino uno de los comandantes, Cortés pregunta que cuándo estará listo al menos el primer bajel. Necesita tener una línea de flotación que les permitiese navegar en estas aguas, no es lo mismo que una carabela que va a navegar en alta mar. Sin embargo debe contener el peso de todos estos cañones. Alonso ha enloquecido le dijeron a Cortés. No respondió. Déjenlo trabajar, ordenó. Su amigo Jorge era el único que trataba de entenderlo. Descansa un poco le decía el maestro de los albañiles indígenas. ¿Qué me ves? Le preguntaba al monje. ¿Sientes lástima por mí? Jorge ya no mostraba contento. Lo miraba, todos lo miraban. Él comía solo en el valle lleno de lluvia y se escuchaba a lo lejos las flautas, Alonso sólo miraba los ojos de Farid y el rumor de la gente que decía: cómo ha permitido el comandante que este hombre guíe semejante empresa. Pero estuvo listo el andamiaje y los canales comenzaron a llevar agua. Los indígenas danzaban alrededor de los surcos. Le trajeron también el bronce para los cañones, diles que no sea miserable ordenó. Entonces apareció. 

Era Cortés, no lo había visto desde que lo dejó al mando de Veracruz, pero Veracruz en aquel tiempo era una villa que poco a poco se había ido consumiendo en la miseria de todos estos hombres cuya ley estaba al otro lado del mar. Alonso García Bravo vio la locura no sólo en los conquistadores, la vio en los indígenas. No le interesaban las ciudades. Le habían hablado de Venecia y de Toledo pero estaba seguro de que no eran tan hermosas como las que imaginaba mirando el fuego.

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