F0317 · En los aserraderos en que se construían los bergantines también estaba…

En los aserraderos en que se construían los bergantines también estaba presente y le extrañaba la forma en que los tlaxcaltecas miraban maravillados cómo el bronce emergía de la boca de aquellas fundiciones firme como los ojos de aquel monje que lo vio. Y él lo miraba también, junto a los hombres que azuzaban el fuego y su mirada enloquecida se perdía en el color azul de las llamas. Golpeaba el lodo con el que habían construido las campanas y al mismo tiempo supervisaba el andamiaje. Obsesionado no dejaba de ser visto y los ojos y el recuerdo de aquella muchacha que no se había atrevido a tocar se callaban sólo trabajando. Ven, le pidió a Jorge. Vamos a llamar Santiago a este cañón. Alonso García Bravo había hecho que lo marcaran con una imagen de San Jorge patrón de su mejor amigo. Al día siguiente vendría el marqués. La ciudad estaba llena de expectación y vino Farid.

Dios, ayúdame suspiró Alonso. Al día siguiente comenzarían a poner en su lugar las cuerdas, las maderas. Vinieron del pueblo todos los tlaxcaltecas, los nobles de la ciudad se habían engalanado y habría una misa. Los cargadores habían colocado el cañón en el San Jorge y Alonso se mordía las uñas porque había construido un palenque, pero nunca había construido una nave. Comenzará a llenarse de agua, pensó, se desbarataría en cuanto llegara al lago, en cuanto comenzara el viaje sobre los canales artificiales. Se aproximó el jefe y le dijo. Da la señal. Todo ese tiempo había dado ordenes, pero esta vez, en efecto, todos los ojos estaban sobre él. Comenzaron a dar vuelta a los tornos y a jalar, Comenzaron a colocar la nave en posición. ¿Era este el olor? Llegó Cortés con Xicoténcatl, les abrieron paso en el campamento que se había llenado de niebla. Ahí estaba la mirada de Jorge, venía con ellos Tepeyohtli y Atonatiuh, Alonso estaba sucio, con los pelos mal cortados, a pesar del calor y la humedad llevaba un jubón verde y miraba la madera y miraba los cañones que brillaban con la lluvia. Bartolomé de Olmedo comenzó las bendiciones, recitaba el salmo, en cada uno de los cuatro puntos cardinales, detrás de él un muchacho indígena lo seguía con el sahumerio otro llevaba el turíbulo. Acércate dijo el rey de Tlaxcala. ¿Qué dice? Preguntó a Jorge, pero Jorge no olvidaba que lo habían golpeado. Había perdido a aquel amigo por la obsesión de estos barcos. ¿Por qué lo había hecho? No lo había hecho sólo por orgullo. Lo había hecho para olvidarse del seno de aquella muchacha. Entonces Cortés pidió al heredero de Xicoténcatl que subiese y cortara la cuerda. Tomó un hacha. Quiso hacerla con una suya, con un hacha de pedernal. El barco cayó sobre el surco y pareció detenerse, pareció quedarse ahí. Alonso cayó sobre tierra. Estaba a punto de suceder, la peor pesadilla. Un muchacho tlaxcalteca miraba con curiosidad. Entonces el barco comenzó a moverse y poco a poco aquella mole fue por los canales frente a los caballos e incluso Jorge comenzó a sonreír y cuando el barco cayó en el agua lanzaron el segundo en el que iba el mismo Jorge y a una orden comenzaron a moverse los remos y se alzó la vela y el barco pudo navegar. En uno de ellos vería por primera vez la ciudad de Tenochtitlan, una ciudad que destruiría Cortés y que él, Alonso García Bravo en poco tiempo tendría que reconstruir. Estaba agotado. Se había dormido. Por qué no vienes a celebrar con nosotros le preguntó Jorge. Esperaba que Alonso le pidiera perdón, pero no lo hizo. Nunca me dijeron cuál era el secreto, murmuró. Nunca lo supe. Tuve que inventarlo todo yo. Y se puso a llorar por haber tratado de violar a aquella muchacha en el campamento del Pánuco. Nunca había llorado por ello, pero se sintió confortado y del fuego de los rescoldos venía hacia él un calor que le subía desde los pies. 

En Tlaxcala se reorganizaron los españoles. Terminaron de construir los barcos y los lanzaron a la laguna. Tenochtitlan sería sitiada por mar, como habían sitiado Nápoles y el Norte de África.

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