Isaac había conseguido comenzar a hablar del amor, un tema que se le daba bien. Ella no parecía ser insensible a los encantos de este hombre que, si bien rayaba los sesenta, había sido considerado siempre muy hermoso.
—¿Con quién te estas acostando ahora? —preguntó descarada mi abuela Inés y consiguió el efecto que deseaba, desconcertar al hombre. Mucha gente había tratado de matar a Paulo. Nadie lo había conseguido. Su largo trayecto de Condotiero había comenzado cuando tenía trece años. Un guardia papal descubrió su secreto, que era homosexual y comenzó a chantajearlo. Lo introdujo enl la corte de Inocencio VIII donde era, desde entonces uno de los asesinos de confianza del capellán de la guardia suiza.. Ahí estaban. Habían llegado a la fiesta sus hombres. Cómo iban a impedirles la entrada si tenían todos ellos el salvoconducto papal?
A una señal de Paulo, el más imponente de sus hombres gritó.
—Silencio, nadie se mueva.
Y fue hacia Inés y a su hijo; uno de ellos le puso una gorra sobre la cabeza y el otro al muchacho. Los cargaron como fardos y salieron. Isaac estuvo a punto de desmayarse. Farid vino para cuidarlo.