Asombrado, padre miré la capital de la Nueva España a donde llegué un día de octubre del 1530. Con sus canales, la gente que vende, los niños, los muchachos indígenas, me pareció haber llegado a una suerte de paraíso donde yo no podría encajar nunca. La ciudad estaba todavía herida por las cicatrices de la guerra, había peste y sin embargo era ya asombrosa en su tamaño, en sus maravillas. Era Sion y Fenicia, era Tiro y Famagusta. Era Flandes, era más grande que todas ellas.
Me entregaron con el padre Jerónimo Farías, un extremeño que había venido a Santo Domingo cuando tenía trece años. Ahí descubrió sus várices y ahora, en México, sufría del mal de las piernas y la columna. Me entregaron para ayudarlo en sus achaces, para que fuera su esclavo.
Israel, un muchacho indígena de ojos grandes y negros me dio el recorrido por la casa que era como un laberinto. No exagero, padre, durante tres meses seguí perdiéndome en los pasillos de aquella casa. La catedral, sin embargo era pequeña. En aquel tiempo, México Tenochtitlan dependía aún de la diócesis de Sevilla. El poder eclesiástico estaba concentrado por completo en el enorme convento de san Francisco, al norte de la ciudad. La catedral era pequeña, incluso más que la de Cuba. Y como todos en la ciudad sabían que pronto comenzarían a reconstruirla y como todos amaban a los franciscanos, nadie enterraba en ella a sus muertos. Nadie venía a visitarlo. Y el tabernáculo de la catedral que presidía ya Juan de Zumárraga estaba sólo como una viuda.
La casa de los padres capitulares, sin embargo, esa sí que era grande. Israel me mostró el pozo donde tendría que traer el agua para mi nuevo amo y me presentó con la gente de la cocina. “¿Es verdad que los moros son excelentes cocineros? —me preguntó.” Y yo no supe que responder porque no había tenido tiempo de aprender todas las cosas que dicen los cristianos que somos los moros.
Me enseñó la fuente con las tortugas y los pasillos con las habitaciones de los muchachos del coro. Aquí viven los niños de Tenochtitlan que han tomado los curas para formarlos. “¿Tu eres uno de ellos, no es verdad? —le pregunté”. “Parece que sí”.
Por ahora tu trabajo consiste en dos cosas. Mantener limpio el órgano y atender al padre Farías.
Me lo presentó. Era un viejo inválido. Una piltrafa humana. Su habitación olía rancio, pero no era la suciedad. Era su piel. Era un aroma que yo nunca había sentido, padre, pero sospecho que no era sólo la enfermedad lo que daba ese olir a la piel de Farías, era también la maldad.
Como don Joaquín nos pidió que nos fuéramos y lo dejáramos descansar (habíamos llegado a la hora de su siesta vespertina), Israel me mostró mi habitación y la biblioteca en la que encontraría los libros que había que rezar en laudes, víspera y completas.
“Por ahora vete acostumbrando sólo al ritmo de la casa —me dijo—. Deja que sea ella misma la que te lleve a donde tienes que ir, deja que sea ella la que te permita encontrar lo que tienes que encontrar. Todos estamos aquí para ayudarnos”.
Me pareció muy agradable Israel. Con el tiempo se volvería uno de mis mejores amigos.
Mi habitación estaba llena de polvo, pero me gustaba que al abrirla se abría para mí el mismo patio de las tortugas. Ahí estaban: Paris, Helena y Héctor. Con Israel las bautizamos con los nombres de los protagonistas de la guerra de Troya.
Una vez que hube limpiado mi habitación, me quedé dormido. En la madrugada, sin embargo. Me despertó el muchacho que estaba junto a mí. Estaba gritando. A las tres de la mañana, entró como una sombra el otro. Compartíamos la habitación tres muchachos. Ellos eran indígenas y yo morisco. “Tendrás que acostumbrarte a ser como ellos —me había dicho Israel”.
Rezamos el invitatorio y laudes. Luego la misa. Entonces los escuché por primera vez. Escuché a los muchachos del coro de Roberto Ruiz Guadalajara.
En aquel momento, el coro estaba, digamos, en una crisis. Los muchachos junto a mí se burlaban de las equivocaciones en el coro, pero a mí, rezar así, repetir los salmos que te alaban, los himnos y las antífonas que todo hombre de Dios debe rezar todos los días, me hizo sentir que estabas ahí. Que nunca me habías abandonado.
Desayuné con los indígenas que vivían en catedral. Por aquel entonces, los indígenas tenían prohibido ordenarse. Muchos de ellos conservaban, al menos, supersticiones idólatras, así que Juan de Zumárrga haía prohibido que se les concedieran las órdenes. Sin embargo, en la situación que se vivía en Tenochtitlan, en la crisis de peste y hambre que aquejaba la ciudad, tener un techo seguro, una cama y algo para comer, era sin duda una ventaja.
Desayunamos pan con leche y una delicia que ni yo ni nadie fuera de México había probado nunca: el chocolate. Los indígenas hablaban entre ellos en náhuatl y no hubiera probado aquella barra de color oscuro si no hubiera sido porque veía que todos lo disfrutaban. Probé un trozo y quedé fascinado. Aún ahora recuerdo con nostalgia el sabor de la primera vez que probé el chocolate.
Mi primer trabajo aquella mañana consistió en lavar un perro escuincle que tenían los muchachos del coro. Israel, Marcos y yo lo sujetamos mientras otro muchacho, Felipe, trataba de quitarle la suciedad con lejía.
Ellos se fueron a estudiar gramática y luego música y yo, que era un esclavo, fui a seguir las órdenes de mi amo.
“Ven, acércate —me dijo Farías”. Me escrutó un tiempo largo. “Eres hermoso y tienes los dientes muy blancos”. “Es verdad que eres capón? —Me preguntó.” Yo le dije que sí procurando aparentar simplicidad aunque debe haber sido evidente que me turbó la pregunta porque sonriendo me dijo Farías: “No deberías de preocuparte por serlo. Puede en realidad ser una felicidad para ti estar castrado. Yo por ejemplo, estoy castrado porque me he regalado a Dios”.
Regalado a ti o no, señor, las heridas en las piernas de Farías lanzaban al aire una pestilencia difícil de olvidar.
“¿Sabes leer? —me preguntó”. Le dije que sí, que había aprendido en casa de Lucía Cornaro, me entregó una Biblia y me pidió que le leyera al profeta mayor.
“¿Quien es el profeta mayor?” “Isaías —contestó—. El mayor de los mayores que son tres”.
“Sé leer, excelencia —le dije—, pero no se leer el latín. No importa —me respondió—. Ya aprenderás. Lee”.
Pasé mi primera mañana en México leyendo a mi amo en un idioma que no entendía. Había sin embargo en los sonidos que aprendí a pronunciar un sabor a eterno. Un sabor a verdad.
Farías se quedó dormido y yo salí para despejarme un poco. Por fuera de las ventanas de catedral salía un sonido áspero. Era el sonido del órgano.
Subí fascinado por ese sonido. Lo estaba tocando Roberto. Estaba concentrando haciendo anotaciones en uno de los folios, hablaba consigo mismo, corregía, repetía. De pronto, se detuvo y me miró. Estaba a punto de decir algo, cuando Israel me dijo: “Farid, qué estás haciendo allí”. Me lo dijo murmurando. Preocupado. “No puedes molestar al maestro, está trabajando en una obra para Zumárraga”.
Volví a mi habitación. Estaba aburrido. Encendí una vela y coloqué sobre la mesita de mi buró las dos figuras que representaban a Lucía y a Felipe, las únicas personas que había querido. En aquel entonces, padre, no recordaba yo nada antes de la castración y el bautismo. A mi madre, a mi padre, a todos los de mi ciudad los había olvidado.
Vino Israel y me dijo que los padres capitulares le habían pedido que me diera un paseo por la ciudad. “Para que no te pierdas —dijeron”.
Conocí la gran Tenochtitlan. Cortés estaba construyendo su enorme palacio frente a la catedral. En la parte del este estaba el mercado donde vi montañas de chocolate y chapulines, donde miré por primera vez el rojo del chile y donde una mujer indígena me hizo probar por primera vez una guayaba. Me llevó luego al norte, hacia donde está la laguna y por donde viven los indígenas. Cuando volvíamos, me dijo: “ven que quiero que conozcas San Francisco”.
Como es evidente, en aquel tiempo mi conocimiento de la religión tuya, padre, no me era muy conocida así que pensé que san Francisco sería un señor. Era una catedral. La catedral de los franciscanos. Tenía una capilla ardiente y estaba llena de muchachos indígenas. “La diferencia entre ellos y nosotros —me dijo Israel—, es que estos son los hijos de los antiguos señores indígenas”. “¿Y nosotros? —pregunté”. “Nosotros no somos nadie”.
Aquí también estaban educando en la cristiandad, a los hijos de los aztecas y sin embargo, san Francisco era en aquel entonces mucho, mucho más grande que la catedral. Israel tenía un amigo: “Marcos, este es Felipe y es… “ “Soy esclavo de catedral —dije—, para que no tuviera que enredarse en explicaciones”.
Mario nos mostró el gran complejo arquitectónico de San Francisco, los huertos de naranjas e hijos: “¿Sabes que los higos son una de las tres cosas que tiene que tener un país para ser civilizado” Sabían deliciosos. Higos, uvas y aceitunas era todo lo que necesitaba un romano para vivir.
San Francisco era el reino de Pedro de Gante, uno de los primeros evangelizadores que llegaron a Nueva España. Muchos de estos niños habían crecido con él y le llamaban padre. No se referían a su dignidad de religioso, no. En verdad veían en él, en fray Pedro, a un padre.
“Fray Pedro enseña el catecismo con esto”. Nos mostró un librito con dibujos. Ahí estaban en uno de los huertos, treinta o cuarenta muchachos indígenas, descendientes de los antiguos Felipes del Anáhuac, tomando clase de catecismo, aprendiendo, padre, las cosas que tiene que aprender un hombre para llegar a ti.
Conocí los talleres de pintura, de plumaje, de laudería. Ellos construyen aquí sus propios instrumentos.
“¿Quién es ese? —pregunté.”. Era Marcos Cipac. Un hermoso muchacho indígena. “Es el más grande pintor de la Nueva España”, me explicó Israel. Ahora mismo está trabajando en un panel en madera y oro que será su capo D’opera”. “¿Qué es un capo d’opera?” “Con esta obra tiene que demostrar que conoce ya las artes para volverse él mismo un maestro”.
Marcos estaba recostado bajo uno de los higos del huerto trazando bocetos de un gran panel que existió en san Francisco. Un gran panel donde vivió toda esa vida, un panel en el que también yo, lo digo sin orgullos padre, también yo fui retratado.
Mi vida era ligeramente distinta de la de los infantes de catedral. Yo era un esclavo, pero vivía como uno de ellos, dormía en la habitación con dos de ellos y comía con ellos y por orden de mi amo, Joaquín Farías, comencé también a ser educado como ellos.
Por la noche, Israel me dijo que siempre que un nuevo muchacho entraba a vivir con ellos, le daban una fiesta. Tomamos pulque en una terraza. A nuestros pies flameaban las antorchas. A la ciudad la iluminaba la luna y cuando volví, señor, me perdí.
Terminé no sé cómo, en la biblioteca y como estaba borracho, extraje de uno de los estantes un enorme volumen. Aproximé la vela. Me fascinó la rectitud del tetragrámaton, los dibujos enredados entre sus líneas y sus espacios. El misterio de la clave de do y de fa. Eran esas notas cuadradas, esos pictus los que estaba haciendo sonar Roberto por la mañana. Por primera vez desee ser músico y como tantas otras veces, hubiese parecido que me escucharas. Aunque tal vez era justamente al contrario y era yo quien en esos libros polvosos, te estaba escuchando.
Después de la lección de gramática, los infantes se iban a la clase de música. Entonces yo me iba a atender a mi amo. Lo lavaba, le cambiaba las sábanas, le colocaba la cabeza en la almohada, le rascaba la espalda. Él me contaba historias de su infancia, me contaba cómo fue que se hizo cura y cómo la aventura de servir misa en Huesca lo había llevado hasta el nuevo mundo con los primeros diocesanos que llegaron aquí.
Mi amo solía quedarse dormido otra vez hacia las once de la mañana y se me había hecho ya una obsesión salir al patio y escuchar cómo volaban fuera de la ventana los sonidos del coro.