Despertó recordando a Jamil. El robo. Se dirigió a la sacristía.
Lo tortura la promesa que hizo a Juan Herrero. Igual decidió que tenía que largarse a Veracruz.
Isaac: he escuchado que dicen los infantes de coro que en Europa, un cantor como él podría hacerse dueño de villas que miran al mar.
No recuerda quién se lo dijo.
Isaac parece un niño cualquiera que gasta el verano diseñando el plan perfecto: abandonar la casa de un padre bondadoso como el de Mariana.
Tomó de una caja los tres pesos que ahorró con el pago que le ha dado la catedral por sus servicios como infante de coro. No tiene más ropa ni zapatos que los que trae puestos pero, antes de irse, pasa por el armario. Se roba dos hopas y así, vestido como el monje benedictino en la pintura de Caroto, salió un 9 de mayo de 1531 caminando, como cualquier monje, con sandalias de cuero por los caminos de Tenochtitlan. Farid, pensó, debe haber muerto porque no tenía una voz.