Vuelve sin embargo, como la marea o el olor de la laguna.
—Farid.
Vago y despintado como los templos que se desmoronan, escucho mi nombre. Levanto la cara y la miro. A la voluntad. Es más grande que la sequedad que se estira dentro del árbol. Contesto por fin.
—¿Qué quieres?
—Farid —responde la vocación—, te he estado llamando.