F0359 · ***…

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Justo es alabarte, pensó Farid el día de Pentecostés en que miró al Encantador de serpientes en el techo de la casa en que lo castraron. Lo miró primero como una sombra que se trenzaba con la serpiente en una danza que tenía algo de sutil, pero era, también, descomunal. Sin embargo, por instantes, la sombra se volvía clara y era entonces un muchacho. La serpiente se le enredaba en los dedos, iba más allá de su sexo, se detenía curiosa y le olisqueaba el pecho. Giraba lenta por las axilas. Parecía detenerse en sus orejas. Le murmuraba cosas siniestras que parecían descolgarse del techo con la delicadeza de una araña o una promesa de amor.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes