El desierto era un mar silencioso donde el tiempo se detenía. El sol ya no ardía, pero el frío de la noche comenzaba a clavarse en los huesos de los prisioneros. El campamento improvisado se extendía como un grupo de sombras agotadas, pequeñas tiendas apenas clavadas en la arena. Los vendedores de esclavos se reían junto a un fuego distante, sus risas perdidas entre el viento y el aullido de los chacales.
Farid caminaba adelante, sus pies descalzos hundiéndose en la arena helada. Iba con la cabeza baja, los hombros hundidos. Detrás, Miguel lo seguía, igual de silencioso. Los dos eran muy parecidos: cuerpos rotos, voces perfectas. El tiempo no los tocaría. Uno había sido castrado por elección, el otro por violencia. Ambos, sin embargo, repetían en su mente el mismo pensamiento:
Existe un mundo más grande que este.
Farid levantó la cabeza y miró hacia el horizonte. Al principio, no vio nada. Luego, una silueta pequeña apareció entre las dunas. Era un niño, caminando con calma hacia el campamento. Descalzo, vestido de blanco. Sus brazos colgaban a los lados del cuerpo, y su paso era demasiado seguro, demasiado perfecto.
—¿Quién es ese? —murmuró Miguel, rompiendo el silencio.
Farid no respondió. Lo miraba con los ojos muy abiertos, como si viera algo que no debía existir. El niño se acercó lo suficiente para que todos lo vieran: era hermoso, pálido, con cabellos negros y ondulados que caían hasta sus hombros. Sus ojos, oscuros y brillantes como dos pozos sin fondo, no parpadeaban.
—¡¿Qué hace ese muchacho aquí?! —gritó uno de los mercaderes, poniéndose de pie.
El niño sonrió, una sonrisa que no correspondía a su edad. Luego, dio un paso más hacia adelante. Al instante, el viento cambió: un murmullo sibilante comenzó a subir desde la arena, un sonido que no era viento ni voz humana. Los hombres se miraron, inquietos.
—¡Aléjate de aquí! —ordenó el Señor de la Guerra, levantando su espada.
Pero el niño no obedeció. Su sonrisa se ensanchó, y entonces ocurrió.
Su cuerpo comenzó a cambiar. Sus miembros se estiraron y su piel se volvió escamosa. Los dedos se alargaron hasta convertirse en garras negras, y el cabello se agitó como serpientes vivas. Del blanco de su túnica surgieron miles de serpientes pequeñas, negras y relucientes, que caían como cascadas desde su cuerpo hacia la arena. El niño —si es que seguía siendo un niño— rugió. El sonido vibró en los huesos de Farid, una mezcla de dolor y música, un grito que venía desde el principio del tiempo.
La criatura ahora era una serpiente mono gigantesca. Tenía el cuerpo de una serpiente negra, pero sus brazos largos y delgados eran los de un simio, con dedos que parecían ramas retorcidas. Sus ojos amarillos brillaban como soles caídos, y de su boca escapaba un silbido que llenó el aire.
El campamento estalló en caos.
—¡Es el demonio! —gritó uno de los hombres, antes de que una de las serpientes pequeñas se le enroscara en la pierna y lo derribara.
Las serpientes salían de la arena misma, arrastrándose como ríos oscuros, mordiendo tobillos, subiendo por cuerpos desesperados. Los mercaderes intentaban correr, pero no había escapatoria. Las serpientes subían, apretaban, mordían. Los gritos de los hombres se mezclaban con el siseo constante que llenaba el aire.
Farid cayó de rodillas, incapaz de moverse. Vio cómo las serpientes atacaban también a algunos de los niños prisioneros, trepando por sus cuerpos, enredándose en sus cuellos. Todo era negro y rojo, un mar de cuerpos que se desvanecían en el silencio.
Al final, solo quedaban tres figuras en medio del desierto: Farid, Miguel y un niño que se desplomó a un costado. Era Rashid, temblando, sus ojos cerrados con fuerza.
Farid miró hacia adelante. La serpiente mono ya no estaba. En su lugar, de pie entre los cuerpos caídos, se encontraba el niño de túnica blanca, perfectamente limpio, sin una mancha de sangre. Era Hákim.
—Ven conmigo —dijo Hákim, con una voz suave, casi tierna.
Farid, con lágrimas en los ojos, tomó la mano que le ofrecía. Miguel, sin decir nada, los siguió. Rashid, al sentir el movimiento, abrió los ojos y también se levantó, arrastrando los pies por la arena.
Los tres caminaron detrás de Hákim, de regreso a Damasco.