F1038 · Pasaron la noche en un hostal oscuro a las afueras de…

Pasaron la noche en un hostal oscuro a las afueras de Damasco. El aire dentro era espeso, cargado de humo y sudor de los peregrinos que compartían el espacio. Farid no durmió, solo observó el cuerpo del Centurión, que se había dormido apoyado contra la pared, con las piernas estiradas y la cabeza inclinada. La luz de una lámpara apenas llegaba a sus pies, y por un momento Farid pensó que el muchacho había muerto. Todo parecía un sueño sucio, cada respiración, cada sonido de animales en el patio.

A la mañana siguiente, antes del amanecer, se unieron a un grupo de peregrinos. Un centenar de hombres, mujeres y niños se apiñaban en el camino, envueltos en telas gastadas, con las caras cubiertas de polvo. La procesión avanzó despacio, como un río turbio, hacia el desierto.

Cuando pasaron junto al muro azul turquesa, Farid se detuvo por un instante. Lo vio tan vasto y hermoso que dolía mirarlo. Era el mismo sitio donde el día anterior había estado el Encantador de Serpientes. Pero ahora no había nada. El lugar era solo una sombra en el amanecer, y Farid sintió un vacío en el pecho, como si algo se hubiera roto sin remedio.

—Apúrate —dijo El Centurión, tirándolo del brazo—. Nos quedaremos atrás.

Farid miró una última vez hacia el muro. No había serpientes, ni flautas, ni nada. Solo el viento, que parecía murmurar algo en el mismo idioma incomprensible de los chacales.

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