F1037 · Su corazón, por un instante, quiso acelerar, pero incluso el miedo estaba amortiguado.

Cuando Farid abrió los ojos, lo primero que sintió fue el frío de las sábanas de pieles sobre su cuerpo desnudo. El aire de la habitación era denso, impregnado con el aroma dulce y amargo de un humo que chisporroteaba en la esquina, escapando de un mortero encendido. El calor le subía a la cabeza y lo sumergía en una languidez inabarcable. Todo parecía real, pero al mismo tiempo no lo era. La madera crujía bajo su respiración, las paredes de piedra reflejaban sombras danzantes, y la ciudad, allá afuera, rugía como un mar oculto.

Farid se incorporó lentamente en la cama amplia, más grande de lo que nunca había visto. Estaba limpio, cubierto apenas por una manta ligera. No sentía frío ni dolor. Solo un vacío gris, el tipo de vacío que aparece cuando los gritos cesan y no queda nada más que escuchar. Quiso moverse, pero algo lo sujetaba. Al bajar la mirada, vio una cuerda delgada atada a sus tobillos.

Su corazón, por un instante, quiso acelerar, pero incluso el miedo estaba amortiguado.

Enfrente, colgado de la pared, había un espejo. Era grande, de vidrio bruñido, una joya que no pertenecía a un castillo derruido. Farid miró su reflejo: un niño frágil, desnudo, demasiado pequeño para estar en un sitio tan grande y demasiado limpio para haber escapado de un mundo tan sucio. Dio un paso hacia adelante, y la cuerda lo detuvo. En el espejo vio también la fina sutura roja que reclamaba la verdad de su cuerpo: había sido castrado.

La cicatriz, pulcra y nueva, ardía en silencio. “Nunca creceré”, pensó. Sintió un escalofrío, pero no lloró. Lo que quedaba en su interior era demasiado antiguo para las lágrimas. Su mirada se perdió en el espejo y, por un instante, vio el rostro del Encantador de Serpientes, con la flauta entre los labios y los ojos cerrados, como si estuviera esperándolo en algún rincón de la plaza de Damasco.

Farid se dejó caer de nuevo en la cama. Se quedó tendido, mirando el humo que subía y se desvanecía en el aire. El ruido de la ciudad entraba por la ventana abierta: el graznido de gaviotas, risas de prostitutas, golpes secos de martillos en el puerto. Había vida afuera, y él sentía que había muerto.

—No tengas miedo.

Farid giró la cabeza. Junto a la cama había un hombre de rostro blanco y barbado, con ojos azules que parecían ver más allá de su cuerpo, hasta el centro mismo de su existencia. Aunque era blanco, vestía con la elegancia de un príncipe del oriente, túnicas de seda adornadas con hilos dorados que relucían bajo la luz gris que entraba por la ventana.

—¿Quién eres? —susurró Farid.

El hombre sonrió, una sonrisa tranquila, sin sombra de burla o amenaza.

—Me llamo Jorge —dijo, su voz calmada, como el eco de un rezo.

Le ofreció un cuenco con agua. Farid lo tomó entre las manos y bebió lentamente. No sabía si era el efecto del humo o la voz del hombre, pero por primera vez en mucho tiempo sintió calor en el pecho. Jorge observó cómo el líquido caía de sus labios y, sin decir nada más, fue hasta el mortero, removió las hierbas y ajustó el fuego para que el humo no se espesara demasiado.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó Farid.

—Porque el mundo te ha tratado con crueldad —respondió Jorge—, pero el mundo no tendrá la última palabra.

Sus palabras no sonaban como las de un hombre malvado. Jorge le acarició la cara con cuidado, como si Farid fuera una reliquia preciosa que temía romper.

—¿Sabes qué eres, Farid? —prosiguió—. Eres mi heredero. Yo te he estado esperando.

—¿Tu heredero? —Farid apenas entendía, sus pensamientos flotando en una bruma entre el dolor y el sueño.

—Sí. Porque el mundo necesita algo puro. —Jorge se inclinó hacia él, y aunque sus palabras tenían una dureza antigua, su voz seguía siendo la de un hombre misericordioso—. Yo seré tu padre. Te prometo que nunca volverás a tener miedo.

Farid cerró los ojos. Quiso creerle. La habitación, con sus libros y sus pergaminos apilados, las pieles suaves sobre la cama y el árbol que se balanceaba fuera de la ventana, todo parecía un sueño perfecto. Pensó en su madre, en el oasis, en la historia del Rey Serpiente, en Rashid, y en la serpiente negra que subía por su cuerpo y le murmuraba palabras de amor.

—Dormiré —dijo, sin saber si lo decía para Jorge o para sí mismo.

—Duerme, hijo mío —respondió Jorge, suavemente—. Mañana será un día nuevo.

Farid se hundió en el calor de la cama y el perfume del humo que seguía flotando en el aire. Por primera vez, no sintió ni miedo ni dolor. Sintió que estaba a salvo, que alguien lo cuidaría. No sabía aún que ese alguien, ese hombre que parecía un príncipe oriental, era el primero que lo trataría no como a un esclavo, ni como a una mercancía rota, sino como a un hijo.

Ese día, Hákim comenzó a revelarse: un hombre con la dureza del desierto, pero con la misericordia de un dios olvidado. Un padre y un héroe, aunque Farid todavía no lo comprendiera.

Al cerrar los ojos, soñó que abría unas alas invisibles y que salía volando por la ventana. El albatros que imaginaba era libre, y en el horizonte, vio el contorno de la torre turquesa en la plaza de Damasco.

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