En la penumbra de la tienda de lona roja, el aire olía a resina quemada. Una lamparita de sebo colgaba del techo, proyectando un ámbar tembloroso sobre las paredes que parecían respirar con el viento. Afuera, a lo lejos, los chacales aullaban, pero en la mente de Farid, de apenas doce años, aquellos aullidos no eran simples sonidos. Eran voces que venían de la cueva donde nacieron los hombres, la misma cueva de la que su madre siempre hablaba.
Farid estaba sentado con las piernas cruzadas, observando el rostro de su madre. Jamil lo abrazaba con fuerza, sus manos pequeñas y ásperas presionaban su espalda como si con ese gesto pudiera impedir que se lo llevaran. La luz hacía más brillantes sus ojos negros, que temblaban entre amor y desesperación.
—¿Son espíritus? —preguntó Farid, con la voz apenas un susurro.
Jamil sonrió, pero era una sonrisa rota, sin consuelo.
—¿Quién puede saber lo que dicen los chacales? —respondió ella, acariciándole el cabello—. Son como los mercaderes de esclavos: hablan un idioma que no nos pertenece.
Farid bajó la mirada. Los gritos del viento parecían ahora susurrar palabras antiguas, como si el monte entero murmurara algo que no debía escucharse. Él sentía el peso del aire en los huesos, un presagio, algo oscuro y vasto que se extendía más allá de lo que podía comprender.
—No quiero irme, madre. —Su voz sonó firme, aunque el temblor en las manos lo delataba.
—Shh… —Jamil lo envolvió en su túnica y lo abrazó más fuerte—. Escúchame, Farid. Tú eres puro. ¿Lo entiendes? Ningún cuchillo, ningún hombre, ninguna serpiente puede tocar lo que llevas dentro. —Jamil levantó su mentón y lo obligó a mirarla a los ojos—. Recuerda siempre la historia del Rey Serpiente. Él te buscará, pero tú no debes temerle.
—¿Por qué me buscará?
—Porque tú serás quien lo derrote. —Su voz se quebró, pero sus manos no temblaron—. Tú eres un poeta, hijo mío, y las serpientes no pueden devorar las palabras.
Farid asintió, aunque no comprendía. Afuera, el hombre que había venido a comprarlo esperaba con paciencia, apoyado en una lanza gastada. Jamil lo sabía, y aun así, seguía sosteniendo a su hijo, como si el tiempo pudiera detenerse en ese instante, como si la cueva pudiera tragarlos y devolverlos al inicio del mundo.
—¿Volveré a verte? —preguntó Farid, ahogando el llanto.
Jamil le besó la frente, donde más tarde un romano trazaría una cruz de agua.
—Mira al viento, Farid. Donde quiera que vayas, yo estaré en el viento.
Farid cerró los ojos y se quedó dormido, sin darse cuenta de que era la última vez que escucharía la voz de su madre. Afuera, los chacales seguían aullando, y el viento arrastraba consigo un rumor que parecía venir desde el principio de los tiempos.
Al amanecer, Farid dejó el monte, montado en el caballo del romano. Jamil lo observó desaparecer entre la bruma, y con un gesto rápido, se cubrió el rostro. El viento, ahora en silencio, fue testigo de su última oración.