La primera vez que mi abuela Inés miró a la Virgen de la Tribulación fue el primer día en que Jorge escuchó cantar al monje Alberto una canción secular. El padre Nicolás había organizado una fiesta para dar la bienvenida a la ciudad a Luis Méndez y mi abuela quienes vinieron para servir de intermediarios en una serie de transacciones que estaban teniendo, de modo oculto y que estaban relacionados con una serie de mapas que iban y venían, entre Roma y Castilla. A través de sus espías, el papa estaba extrayendo de la Biblioteca Vaticana una serie de mapas que eran enviados al monasterio de La Rábida donde estaba su hijo Salvador, esto es, Cristóbal Colón.
Inés era morisca porque Luis Méndez durante toda su vida sintió una particular atracción por la cultura árabe. La fiesta que ofrecieron para ellos había tenido lugar en el Jardín de los naranjales. Su coro de monje cantó canciones paganas. Doña Inés aún recordaba con placer dulzón (aunque un poco culpable) la belleza infantil de aquellos religiosos que cantaron los Sonetos a Laura traducidos al castellano y musicalizados por Nicolás especialmente para aquella ocasión. ¡Ah, qué hermosos eran! Los monjes y los sonetos. Así pensaba Ines seis meses después en el salón de su palacio. Los monjes habían interpretado un repertorio exquisito y, en el momento climático, cantaron madrigales y ensaladas de Juan del Encina. ¡Cucú! ¡Cucú! ¡Cucú! ¡Qué hermosa música! ¡Qué hermosos los monjes! Tan jovencitos y angelicales. ¡Qué hermosa comenzó a parecerle incluso Roma, la ciudad perversa del Apocalipsis! Y aun recordaba que se sintió cautivada por Alberto, el cantante principal. Le fascinó, sobre todo, su acento cuando entonó aquellas canciones en lengua vulgar. Cerraba la boca para decir las o de un modo elegante y claro. Aunque Inés no pudo descifrar su origen estaba segura de que, italiano, el monje no era. Decía las vocales sin ese afeminamiento tan propio de todos los nacidos en esa península caliente y vulgar. ¡Ah, el castellano, qué idioma! La lengua que Inés amaba tanto. En su ceceo, su ritmo y su cadencia, ella se embriagó y se dijo, con el ímpetu de una de esas mujeres que leen: estos son los sonidos de mi ciudad, de mi reina y mi niñez. En la voz de Alberto, Inés se perdió en la música y poco a poco, sin querer, permitió que entrase en ella esa inquietud que en las almas torpes produce la Virgen de la Tribulación. El maestro Nicolás había ordenado sacar al icono de su capilla para que presidiese el convivio en honor de los señores del Carpio. Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra, y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo; y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra; y nada aprieto y todo el mundo abrazo. Esa voz. ¿Era de Petrarca o de Jorge? ¿Era de Alberto o de aquella hermosa imagen? Habrá sido todo, porque Inés se hundió en el todo y permitió que la Virgen la penetrara. Fue así que supo, con una claridad innegable, que no podía seguir jugando a ser inocente. Si quería salvarse, pero sobre todo si quería salvar a su hijo, tenía que ayudar a Luis Méndez en su propósito de escapar hacia Cipango y Catay. Granada estaba a punto de caer y aún los conversos como ella tendrían problemas a causa de la persecución racial que todos adivinaban venir.
Inés nunca había sido inocente. Le habían dicho de niña que su primera noche de amor sería la más feliz. Y no lo fue. Se había enredado con Luis Méndez de Sotomayor durante una de las muchas revueltas que el noble tuvo que resolver. El la encontró a ella partiendo castañas junto al fogón. Y ella tuvo que entregarse. Y tuvo que fingir. Y consiguió que la amara. Tanto que consiguió lo que no había conseguido ni siquiera su confesor. Comenzó a interesarse en ella más que en los muchachitos árabes a los que antaño perseguía con tanto ardor.
Saber que Alberto vendría a cantar le hizo recordar el aroma de aquella colina en el centro de Roma. Olía tan bien. A naranja. A lo que imaginó que sería el aliento de aquel hermoso monje cantor.
Frente a aquella imagen, por primera vez se sintió capaz de poner sus ojos en otra parte. En la vida de verdad. Y lo que encontró la cautivó por completo. El hoyuelo en la mejilla, la sonrisa cómplice de este monje que, sí, estaba cantando para ella canciones en castellano, el idioma de su padre, el único hombre al que había amado de verdad. En esa voz y en esos ojos, Inés, la morisca, supo que lejos de su amante existía realmente el amor que sintió Petrarca. Era un amor por Laura, sí, pero era más. El amor por la belleza prexistente que había consentido posarse durante unos años en Laura. Y en aquel monje. ¿Don Luis se dio cuenta? La idea le fascinó. Que Luis Méndez la celara le producía una suerte de éxtasis similar al de su hijo cuando perseguía palomas en la terraza. Habían pasado seis meses y ella seguía pensando en todo aquello. Y como siempre que se sentía excitada o inquieta, acarició su arete de perla en la oreja izquierda.
Al turista que llega a Roma por primera vez le maravilla un curioso suceso que tiene lugar a las doce en punto: suenan las campanas de toda la ciudad. Es el llamado del Angelus. Esta costumbre, sin embargo, se instituyó en 1571 para celebrar el triunfo en la Batalla de Lepanto. Cuando Jorge despertó aquella tarde de enero de 1491 aún se le conocía símplemente como “hora de sexta.”
Farid se aproximó para ofrecerle una infusión hecha a base de agua, miel y un poco de leche. Despabilado ya, gracias a este refrigerio frugal, Jorge se dispuso a dar un paseo por el jardín de su casa. Abrigado del frío y acompañado por su inseparable esclavo, encontró que la vida era hermosa. Jorge Comneno no compró la Casa de Dante por su valor histórico. Las nostalgias a las que estaban tan aficionados los eruditos de aquellos años a él le parecían banales. Le gustó el castillo porque le traía a la mente memorias de un pasado de hombres y mujeres más recios y esbeltos, como estos muros, como esos pinos y esos muros con saeteras y matacanes coronados en lo alto por la torre caballera en la que él, Jorge, todas las noches, fumaba hachís y miraba los astros. Le gustó, además, porque la fortaleza se encuentra, hasta la fecha, en las inmediaciones del puerto así que, como es de prever, el barrio está habitado por marinos, prostitutas y nigromantes. Con los primeros bebía, con las segundas se divertía y se procuraba un placer que siempre consideró indispensable y con los terceros discutía de este tema que últimamente lo obsesionaba tanto ¿qué es lo que mueve a la historia?
Se sentó en un canapé al interior del pabellón en el jardín que ya estaba listo para el día de su boda. Recordó a su primera mujer. Sonrió. Había pasado ya mucho tiempo. Ahora todos pensaban que Inés de Castro era una mujer excepcional. Él no. Porque sabía, claro que aquello de que era hija de un comendador de la orden de Santiago era una patraña, era una judía que estaba encontrando la forma de salvarse. Y aquel amante suyo, el señor de Aguilar estaba queriendo protegerla aquí en Roma de los Estatutos de limpieza de sangre. Suspiró. Aunque no amaba particularmente a los judíos, estaba convencido de que el bautismo limpia en todos el pecado original. Aquellos estatutos, evidentemente, iban contra la iglesia cristiana, como había repetido la Iglesia desde tiempos del papa Nicolás. ¿Tendrá doña Inés costumbres judías? La idea le fascinó. Había escuchado que los alquimistas judíos son particularmente eficientes. Y tienen lazos que se extendían, por el oriente, hasta Cipango y Catay. Antes de la caída de Constantinopla, por supuesto.
La primera vez que Jorge vio entrar a la logia a Inés Méndez de Sotomayor, la encontró insignificante. Venía acompañada del IV señor de Aguilar. Ni siquiera este hecho parecía arrojar sobre ella ninguna luz. Sin embargo, en cuanto comenzó a hablar le fascinó cierta inocencia inteligente que encontró particularmente sensual ¿qué era?
Era delgada y llevaba el cabello trenzado a la moda de Castilla donde había vivido con su primer amante, Luis. A Luis Méndez de Sotomayor, mi antepasado, Jorge Comneno lo conoció cuando vino a vivir a Roma después de la guerra de sucesión que tuvo lugar en España a la muerte del rey Enrique IV, de triste memoria. Aquí se había quedado a vivir con Garci, su hijo de cinco años y aquí la visitaba el señor de Aguilar quien siguió a la letra la petición de Luis Méndez de cuidar de él.
En la Real Academia de Historia (Colección Salazar,. Ms. M-46, fols. 204v, 1486.10.06. El Carpio), puede leerse el testamento de mi ancestro: “Y ruego al dicho señor don Alfonso, señor de la Casa de Aguilar, mi sobrino, que así como yo fui su tutor después que el señor don Pedro, su padre, que Dios aya, fallesçió, así quiera él ser tutor del dicho Garci Méndez, mi fijo, e lo tenga so su tutela e guarda al dicho Garci Méndez, mi fijo, e a sus bienes, al cual dicho señor don Alfonso yo doy y establezco por tutor del dicho Garci Méndez, mi fijo, y de sus bienes.” El señor de Aguilar siguió al pie de la letra la recomendación, tanto así que se hizo amante de Inés, madre del pequeño Garci quien, como ya lo he dicho, es mi abuelo número catorce y el primero de mi linaje en venir a América.
Pero para que esto suceda falta aún mucho tiempo. En aquella mañana de enero de 1491 Jorge recordaba con placer cuando le presentaron a Inés, esta judía que un poco aniñada, un poco pícara se inclinó ante él en una perfecta reverencia y le dijo:
—¡Emperador!
¿Qué había en aquella niña que la hacía parecer tan deleitable? Y además, ¿qué tenía de particular que había sido capaz de sobrevivir a las intrigas de la corte papal con un hijo bastardo durante más de cinco años? Cuando ella se aproximó para besar su mano, él alcanzó a olisquear el aroma inconfundible de los perfumes que fabrican en la casona frente al palacio del cardenal del Monte. ¡Delicioso! Qué lugar perfecto han creado los Medici. Venden ahí mismo los perfumes y los venenos con que los nobles romanos se seducen y luego, se matan.
—Disfrute la fiesta, señora —había dicho Jorge. Estaba seguro de que se le había entrecortado la voz. Y el pensó por primera vez, ¿qué tiene esta niña? ¿por qué tiemblo así?
Inés provenía de un antiguo linaje de judíos. Su madre había tenido la inocencia de sugerir que el día de su boda sería el más feliz de su vida. Eso había sido, claro, antes de la llegada de los Trastamara al poder. La entregaron como amante, no como esposa y, la primera vez que estuvo con un hombre sintió dolor. Fue así que comenzó a crecer en ella cierta nostalgia por lo no vivido que hacía crecer su belleza. Era una nostalgia que a cada momento de su vida la atacaba con esta pregunta: ¿para qué? ¿Para qué existir? ¿Para qué luchar? ¿Para qué seguir tratando de salvar a su familia del deshonor de haber nacido judía en este siglo infausto? ¿Para qué peinarse frente al espejo incrustado en el manco con
conchas y carey? Durante algún tiempo, incluso, había dejado de sentir amor por el pequeño Garci. Se hundió en lo que hoy llaman depresión y que antaño se llamaba tristeza con mucho más simplicidad.
Pero Jorge no sabía que esta tristeza la volvía más atractiva. Y estaba lleno de preguntas con respecto a esta mujer que había venido de Castilla. Ya tendría oportunidad de enterarse de lo que hacía atractiva a doña Ines aquella noche, cuando, a cambio de una renta de doscientos mil maravedíes, Jorge consumara su segundo matrimonio por interés.