A la hora de la misericordia (las tres de la tarde) de aquel 21 de enero de 1491, Hakim había vuelto a casa de Dante y se había acomodado en sus habitaciones. Farid descansaba mientras el amo preparaba una poción que lo mantendría despierto toda la noche. Porque, en efecto, Jorge Comneno utilizaba elíxires para dormir y para despertar.
—¿Cómo está su santidad?
—Muy viejo y enfermo —respondió Hakim—. Los mejores médicos están de acuerdo en que no llegará al año siguiente.
—¿Vivirá para cuando zarpe la misión a Cipango y Catay?
—Lo dudo, pero Giacomo di San Genesio está convencido de que la purificación de su sangre va a funcionar. Jorge estuvo a punto de soltar la carcajada.
—¿La purificación de la sangre? ¿Siguen realizando las sangrías con niños para ofrecérselas al papa?
—Sí. Aunque hemos comenzado a intentar nuevos métodos.
—Me lo imagino.
Jorge sabía que Hakim siempre había sido partidario de aquella idea que a él le parecía estúpida. Eso que hoy llamamos transfusión de sangre se realizó por primera vez en Roma. Y el noble griego entendía el concepto, claro: si la sangre da vida, un poco de sangre forzosamente caerá bien. El médico judío había tratado mezclando un poco de sangre. Pronto llegaría a sostener que necesitaba más y más. Galeno fue el primero en descubrir que la sangre corría por las arterias, antes que él se pensaba que por las arterias corría sangre. Pero que la sangre da vida está en la Revelación. Una de las cosas más contrarias a la ley en el antiguo testamento era relacionarse de cualquier modo con la sangre. Justamente por eso la doctrina de que era necesario comer y beber la carne y la sangre de El Hijo del Hombre había resultado tan chocante para los judíos, como se demuestra del libro de Juan, que decían: ¿cómo puede este darnos a comer su carne? “Si no bebéis la sangre del Hijo del hombre, no habrá vida en ustedes”, había respondido Jesús. Para Jorge se trataba de un asunto espinoso que, durante el tiempo en que fue obligado a convertirse en musulmán, después de la caída del imperio de Trebisonda, probaba, sin lugar a dudas, que el cristianismo era una herejía de la recta doctria que es el islám.