El esclavo árabe ayudó al monje a subir al corcel que había comprado su amo la carreta se movió por los caminos empedrados y descendió hacia el Trastévere, bajo los pinos de Roma.
A las cuatro de la tarde, Alberto y el padre Lionel habían llegado a la Casa de Dante. Habían colocado la Virgen de la Tribulación a la que tanto se había aficionado mi abuelo Luis.
— Ad crucem —ordenó el ceremoniero y los diáconos. Los ayudantes del altar se inclinaron junto a Lionel.
— Reverentiam, procetio.
Comenzó la procesión. El menor de los niños del coro suena la campana y en lo alto irrumpe el sonido del órgano. Es el ingresso y todavía no ha llegado el momento en que la voz de Alberto destaque por encima del canto llano.
Y cuando comenzó su voz era la música que lo había acompañado desde Castilla hasta Roma. Farid contempló a aquel muchacho. Le pareció recordar en la fuerza de su voz su propio viaje, el camino en el desierto, la primera vez que conoció las tierras occidentales, la calle empedrada de Chipre y un sol que se derretía en el azul de la mezquita de Solimán. Todo aquello había sucedido poco antes de que muriera su madre. ¿Pero quién puede pensar en la muerte en una boda? Manzanas verdes, pasteles que le compró su madre compró y Hakim en las calles estrechas de Famagusta.
Cerró los ojos. Llegado el ingreso entró la novia, pero Farid dentro de sí miraba los muros en los que está escrito en letras de oro: tú morirás, Mohamed, también él morirá, sólo el Altísimo no morirá . Sigue la procesión y sube hasta el coro el humo. La cruz salió de entre el incienso, la gente se inclina al paso del arzobispo Todas las imágenes lo llevaban al mismo lugar, al Dios que me había sacado del infierno.
A una orden, se alineó el coro de niños y a una señal de Lionel se llenaron los pulmones de Alberto. Su opa de cantor enmarca su delgadez cuando parece alzarse por encima de sus sandalias. Atrás queda ya el otro mundo. El tiempo se acaba porque el presente es el tiempo de la música, el tiempo de Dios, el tiempo en el que sólo es posible amar.
Mirando a la novia se miraron. Farid volteó hacia el coro y se encontró con la mirada de Alberto y se sintió, por alguna razón que en ese momento no podía adivinar, avergonzado.
Luis recibió a la novia. Todo se calla. Se calla el ruido de los bancos, Mariana, la niña española que abajo abajo lo busca en el coro; la catedral de madera, el aroma de incienso. Sólo está el órgano y la respiración del maestro de coro. No es necesario nada más. Isaac humedece los labios. Brillan rojos y semiabiertos. El coro canta. Él no. Todavía no, pero la mano del director ya lo está señalando. Suenan las campanas en la capilla de la Casa de Dante.
e la Iglesia de los Templarios. Me siento maltrecho. He perdido las ganas de escribir. Me duelen los pulgares y siento cercana la muerte. El único canto que escucho es un lejano “¿para qué?” que parece venir del mar. Son los golpes de los remos de mi padre en la Bahía de Héctor. El sueño. ¿Para qué escribo? ¿Para qué quiero volver a verte? ¿Para qué? Para qué canto, para qué permito que mi voz se enrede con el sonido del laúd y rasgue un silencio en el que se estaba tan bien. Siento como si un pequeño lagarto se deslizara sobre mi columna vertebral. El aire me llena los pulmones. Como la tarde en que vino Lucía a la misa de Catedral y yo traté de llegar a ella con esa voz mía que, tal vez se quedó en la cúpula de una catedral que hace mucho que ha dejado de existir. Sobre el cielo de Famagusta han comenzado a chillar los pájaros como todas las tardes. ¿Qué voy a hacer si ya has muerto? No lo sé. Seguirte buscando, tal vez.
La boda había tenido lugar y los novios se encontraban disfrutando de la fiesta. Inés lucía particularmente hermosa. Por primera vez Alberto pudo salir de sus meditaciones y fue capaz de descubrir que había algo terriblemente hermoso en la fragilidad. Porque Inés, sin duda parecía frágil. Inocente. Se trataba tan solo de una imagen pues el amor sexual la había hecho muy consciente de su propia belleza física. La desazón que tuvo alguna vez de sentirse indigna de ser amada había cambiado conforme transitó de Luis Méndez al Conde de Aguilar y ahora al heredero del imperio de Trebisonda, un hombre viejo de barba blanca que, sin embargo, le había parecido particularmente hermoso. Hasta que conoció a Alberto.
No es que aquel hombre le hubiese abierto los ojos de inmediato, pero la sensación de estar fallando a sí misma, a Dios, a sus padres, se disolvió mientras él cantaba aquellas canciones de Petrarca a una amante que muchos años atrás había muerto: Laura.
Alberto canta. La música son las palabras que me llenaban la cabeza cuando era niño en Bahía del apóstol. Son luciérnagas que se confunden con los cielos. A veces despierto y creo que estoy en Veracruz o en la torre del médico árabe que me cuidó y me pidió que rezara por él todos los días de mi vida. Otro juramento que no cumplí. A veces despierto y recuerdo al Encantador de Serpientes en la Plaza de Damasco.
Y si el deber suyo, pensó Lionel mientras escuchaba cantar a Alberto, en este momento era arrancar la fruta podrida no podía detenerse a analizar sus sentimientos, a permitir que volviera la ternura por aquel niño que ahora tenía junto a sí. Por otra parte, el niño había crecido, había perdido el rostro frágil y se había convertido en la clase de adulto que Fabricio y despreciaba. Alberto, pensó, es un signo del siglo perverso, de un siglo de adúlteros y gente sin fe. En silencio se abrazaron y Alberto volvió a escuchar el corazón de su maestro de música. Vinieron por él los guardias. Alberto musitó:
—Quiero tu bendición.
***
Aquella tarde había sido difícil. Había estado Alberto se levanta la mañana que va a cantar en la discreta boda de Inés y Jorge. Y no sabe que ella ha puesto ya en él su corazón.
Jorege se casa con Inés. Alberto canta en la misa.
Alberto reconoce en la boda al hombre de su sueño.
—¿Qué es un alquimista? —se preguntó.
En todo caso, era esto, la conciencia de que cantaría en la boda del alquimista lo que le había quitado la paz. Pero, ¿por qué he soñado el cadalso? ¿Y por qué he soñado al demonio árabe?
Lo supo de inmediato. Todo estaba relacionado con lo que había escuchado aquella mañana en las aulas. Los maestros de teología le estaban quitando la fe.
Por fin despertó. Tenía tanto miedo que estaba temblando. No se atrevía a seguir rezando. Se sintió triste y enojado en una extraña mezcla de sensaciones que le impedían moverse.
Y la luna le daba a La Virgen de la Tribulación un resplandor que le pareció malévolo. Abrió el breviario. Se dispuso a meditar las lecturas del día para tranquilizase.
—Vamos a matarle — leyó.
Secó en su cuello un poco de sudor y se detuvo cuando escucho, primero, lo que parecía el eco de su propia voz. Pero su voz cantando. Era el sonido agudo de un aria que poco a poco se hacía tan grave que parecía producir ella misma toda clase de imágenes. Miró ante sí a un ahorcado. Habían desaparecido La Virgen de las Tribulaciones, los naranjales y las cúpulas de la ciudad del papa. Estaba solo frente a un hombre que se movía como un péndulo con el cuello roto. Estaba ahorcado y tenía la cara cubierta con una capucha. Tuvo el instinto de aproximarse para saber quien era, pero una voz profunda le dijo:
—Dios no existe, Alberto, no tiene ninguna importancia que vaya a tener que matarte.
—Jesús, abre mis labios —comenzó a decir el monje.
—Deja tu título de teólogo a tus hermanos. Ellos sabrán mejor que tú qué hacer con ese pedazo de papel.
El miedo le recorrió la espalda y aterrado comenzó a caminar hacia la capilla donde comenzaría el rezo de laudes. Hubiese querido gritar, pero tenía que evitar el escándalo. Sabía que en Roma, ganarse la fama de endemoniado era el camino más seguro para terminar quemado en Campo de Flores, la plaza en que se atizaba la hoguera de la pureza con la carne de los herejes e iluminados que aparecían por todas partes. Los únicos que en aquel tiempo sabían de aquellas visiones eran Fabricio, maestro de coro y a la sazón su mejor amigo y fray Felipe. Su director espiritual.
La voz quedó detrás y ya no dijo nada. Llegó a tiempo a la capilla y subió al coro donde ya se alistaban los cantores para las vísperas. Fabricio lo miró, pero estaba tan concentrado en los neumas que no se dio cuenta de su cara de terror. Por otra parte, pareciese que este miedo le estuviese dando fuerza nueva a la música pues en cuanto, a una señal de Fabricio, exhaló:
—Deus, in adjutorium meum intende.
Pareció por cierto que el Espíritu Santo entraba por los lucernarios y era Él quien elevaba a los noventa monjes que vivían en el Janículo. Respondieron:
—Domine ad adjuvandum me festina.
Alberto cantó con las pupilas dilatadas y sufría tanto como disfrutaban sus hermanos con el sonido sagrado de su voz.