F0009 · 03.03A — LA VIEJA

03.03A — LA VIEJA

1490 · Damasco — Farid, 12 años · Hákim, ca. 505 años (aparenta unos treinta)

Hay recuerdos que llegan con la precisión de algo que nunca ocurrió.

Estoy acostado y no puedo moverme. Tengo las muñecas y los tobillos atados; la habitación me aprieta como un ataúd demasiado pequeño y el aire huele a hierro quemado, sudor y aguardiente. No sé cómo llego aquí. Eso debería ser lo primero que intento recordar, pero hay una frase dentro de mi cabeza que ocupa todo el espacio y no me deja buscar nada más: eres un castrado, Farid. No la dice la vieja. No viene de la puerta ni del patio ni de ningún hombre que esté observando. Es una certeza que ya estaba aquí antes que yo.

Tengo en la boca un palo envuelto en tela. Lo muerdo. Siento la madera contra los dientes y recuerdo el líquido blanco que la vieja me hace beber —o me hará beber, no sé—, dulce al principio y después caliente, como si la sangre hubiera aprendido a hervir. Quiero incorporarme. Las cuerdas se tensan. Mi cuerpo responde con un espasmo y entonces veo a la vieja junto al fuego, encorvada sobre una mesa. Afila un cuchillo. No parece una bruja. Eso sería más sencillo. Parece una mujer que conoce perfectamente su trabajo.

Cierra los ojos, Farid.

No sé quién lo dice.

Los cierro.

Intento pensar en jardines, en el agua que corre entre piedras, en palacios donde nadie conoce mi nombre. Aparece el Encantador de Serpientes. Está otra vez en la plaza de Damasco, la flauta entre las manos, y la serpiente negra sube por su cuerpo con la lentitud de una cinta de seda. Belleza y peligro sin necesidad de distinguirlos. Lo comprendo ahora, o creo comprenderlo: la serpiente no baila porque haya dejado de ser peligrosa. Baila precisamente porque todavía puede morder.

Abro los ojos.

La vieja está más cerca.

El metal me toca y el mundo se vuelve blanco.

No veo lo que hace. No quiero verlo. Hay calor, presión, un dolor que empieza en un punto y después deja de tener lugar; está en los dientes, en la espalda, detrás de los ojos. Muero, pienso. Luego comprendo que todavía estoy pensando y eso me enfurece. Muerdo con tanta fuerza que el palo cruje entre mis dientes.

—Nunca he visto mandíbulas semejantes —dice la vieja.

Me río, o intento reírme. El sonido no sale.

Eres un castrado, Farid.

La frase vuelve.

No significa nada.

Significa todo.

Quiero saber qué parte de mí ha desaparecido para que una palabra nueva pueda nombrarme. Quiero preguntarle a la vieja si sigo siendo yo, pero la pregunta me parece estúpida incluso antes de formularla. El dolor empieza a alejarse, no porque disminuya sino porque deja de parecer mío; ocurre en otro cuerpo, en otra habitación, quizá en otro siglo.

Entonces llega el agua.

Es transparente. Veo piedras en el fondo. El cielo está tan limpio que el minarete parece cortarlo. Un muecín empieza a cantar y reconozco las palabras aunque no recuerdo haberlas aprendido:

Veremos cómo vuelves tu rostro al cielo.

La voz atraviesa humo verde y rojo. Dentro del humo aparece el océano. Después una pirámide. El Encantador de Serpientes levanta al animal sobre su cabeza y alrededor de él hay soldados, niños, viejos que arrojan monedas. Todo ocurre al mismo tiempo y, sin embargo, nada se confunde. Eso es lo más extraño: entiendo perfectamente cada imagen aunque no sepa qué relación existe entre ellas.

Un pensamiento entra con una claridad que me asusta:

El mal es el alma del asesino. Hashshāshīn.

No sé quién me enseña esa palabra.

Quizá nadie.

Quizá la invento.

Cuando regreso a la habitación, la vieja está inclinada sobre mí. Sus manos trabajan con una tela blanca. Hay olor a metal caliente. A mi derecha descubro otra cama y sobre ella un muchacho más pequeño que yo, inmóvil, pálido. La vieja lo mira.

Después mira el cuchillo.

Cierro los ojos antes de que se acerque.

—Te has salvado —dice.

No sé de qué.

No recuerdo cómo salgo de aquella casa. Tampoco recuerdo haber entrado. El recuerdo siguiente ya está en el patio de una masjid, con la voz del muecín cayendo desde arriba y mi cuerpo entero reducido a una sola necesidad: salir.

No creo en el Dios de los cristianos.

No importa.

Hago el juramento de todos modos.

Daré mi vida si me sacas de este lugar.

En cuanto lo digo comprendo que la frase tampoco me pertenece del todo.

Ya la he dicho antes.

O la diré después.

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