F0007 · 03.02A — EL ENCANTADOR DE SERPIENTES

03.02A — EL ENCANTADOR DE SERPIENTES

1490 · Damasco, amanecer — Farid, 12 años · Hákim, ca. 505 años (aparenta unos treinta)

La ciudad sigue en su sitio. También la música.

Entramos en Damasco cuando apenas empieza a clarear. El Centurión camina a mi lado, Miguel detrás y Hákim unos pasos por delante, como si supiera exactamente adónde vamos aunque nadie se lo haya preguntado. Las calles todavía están medio vacías; huele a agua arrojada sobre la piedra, a pan que comienza a hornearse, a animales dormidos detrás de las puertas. Algunos comerciantes levantan los toldos y las voces llegan bajas, todavía sin la violencia del mercado. Al doblar hacia la plaza veo primero el muro turquesa y después escucho la flauta.

Me detengo.

Está allí.

El Encantador de Serpientes ocupa casi el mismo lugar donde lo vi días atrás, quizá exactamente el mismo. Está sentado con las piernas cruzadas y toca sin mirarnos; frente a él, la serpiente negra empieza a levantarse, lenta, como si la música le diera peso y al mismo tiempo se lo quitara. Sube por el cuerpo del muchacho que baila, rodea una pierna, la cintura, el pecho. Nadie parece sorprendido. Una mujer deja una moneda. Un niño señala. Un perro duerme cerca del muro.

Miguel se queda junto a mí.

—Es él.

—Sí.

El Centurión vuelve la cabeza.

—¿Quién?

No contesto.

Hákim tampoco.

Eso me molesta un poco. Quiero saber si reconoce al hombre, si reconoce la serpiente, si sabe por qué el mismo sonido aparece una y otra vez cuando algo está a punto de ocurrirme. Pero Hákim mira la plaza como cualquiera. Quizá ésa es una de las cosas que más me inquietan de él: puede estar frente a algo imposible sin concederle el favor de parecer impresionado.

La flauta repite tres notas.

Pienso en el campamento del desierto. En el niño vestido de blanco. En aquello que vi estirarse dentro de él hasta hacerse enorme, negro, cubierto de escamas; en las serpientes que salían de la arena y después no estaban. Pienso en Miguel diciéndome que también vio al niño. No le pregunto qué más vio. Todavía no quiero saberlo.

—Hay un mundo más grande que éste —dice Miguel.

Lo dice casi en secreto.

Reconozco la frase.

—Lo dijiste anoche.

—Sigue siendo verdad.

—Eso tampoco lo sabes.

—No.

Sonrío. Empiezo a entender por qué me cae bien.

La serpiente alcanza el hombro del muchacho y acerca la cabeza a su oído. Desde donde estoy parece que le susurra algo. Entonces vuelve la historia de mi madre: Adán sin ojos, sin piel, sin lengua, frotándose contra la roca hasta que aparece el ángel; después la voz, el canto, el Rey Serpiente que llega para matar a los hombres y se queda escuchando demasiado tiempo.

Cuando era pequeño pensaba que la historia trataba de matar serpientes.

Ahora no estoy tan seguro.

Quizá trata de otra cosa.

De conseguir que aquello que viene a destruirte se detenga un instante.

Escuche.

Y ese instante baste.

Cierro los ojos.

La música cambia dentro de mí. Ya no es solamente la flauta; aparece mi voz, la de Miguel, quizá la de mi madre. Una frase llega completa y no sé de dónde:

Hay un mundo más grande que éste, un mundo donde la nostalgia sirve para cantar mejor.

Abro los ojos.

No sé qué significa nostalgia de la manera en que la frase parece exigirlo. Aun así continúa:

Un mundo donde los velos se rasgarán y veremos a Dios cara a cara.

Miro a Hákim.

—¿Tú crees que veremos a Dios?

Se vuelve hacia mí.

—No sé.

—Siempre dices eso.

—Porque casi siempre es verdad.

—El Centurión dice que Dios tuvo cara.

El Centurión resopla.

—Yo no dije exactamente eso.

—Dijiste Jesucristo.

—Eso dije.

Miguel nos observa como si hubiera perdido una parte de la conversación.

—¿Y tú qué crees? —le pregunto.

Piensa.

—Que si Dios tiene cara, no debe parecerse a ninguna que conozcamos.

Hákim mira al muchacho que baila.

—O a todas.

El Centurión lo mira de inmediato. Hákim no añade nada.

La música termina. Durante unos segundos nadie aplaude. Después caen unas monedas sobre la piedra y la plaza vuelve a llenarse de sonidos separados: pasos, animales, vendedores, agua, una puerta que se abre. El muchacho se agacha y deja que la serpiente vuelva al cesto.

Yo continúo inmóvil.

No siento miedo.

Eso es nuevo.

No porque crea haber encontrado al Rey Serpiente. Sé que el Rey Serpiente pertenece al cuento de mi madre, a la cueva, a Adán, a una época en la que las serpientes tenían pies y los hombres no tenían piel. Pero por primera vez entiendo por qué ese cuento me persigue.

No habla de una criatura.

Habla de lo que hago cuando aparece.

Canto.

Hákim empieza a caminar.

—Ven, Farid.

Lo sigo.

Al pasar junto al Encantador vuelvo la cabeza. Él no me mira. La serpiente tampoco.

Eso me tranquiliza.

Por ahora.

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