F0567 · Fue después con Eneas que lloraba en la sala de música y le dijo:

El maestro Hákim tomó a Farid por los cabellos, lo lanzó al fondo de una covacha. Se arrancó las vestiduras. Maldijo el día de su nacimiento, maldijo su nombre y se lamentó, como siempre de la muerte de Héctor.

    Fue después con Eneas que lloraba en la sala de música y le dijo:

    —Vuelve al lugar de donde te trajo aquel hombre.

    —No puedo volver a Jerusalén —dijo Eneas—, están buscándonos. Al legionario y a mí. Quieren matarnos.

    —Dile a ese demonio —dijo el maestro Ilías que te tome de nuevo. No quiero  volver a saber ni de él ni de ti nunca más.

    Eneas no se defendió de los golpes. No opuso resistencia cuando fue arrastrado fuera del monasterio delante de la vista de todos los monjes.

—Tú has sido el culpable —dijo a Farid—, de que pierda también a este muchacho. Dile a ese demonio que te trajo que te tome de nuevo. Vuelve con ella hacia el este, hacia las tribus bárbaras que venden a sus hijos como esclavos.

Farid no trató de defenderse de los golpes que le daba el maestro de música:

—Desaparece de mi vida —dijo— No quiero volver a verte, ni quiero escuchar ya nunca tu nombre.

Lo dejó en el umbral de su casa y dijo:

—Vete. Vete por donde has venido que si vuelves yo mismo te voy a colgar en la plaza del pueblo.

Farid no sabía que hacer. No sabía el camino de regreso al valle donde nació. ¿Qué le diría a su madre? Culpable siguió el camino recto y bajó la montaña esperando no encontrar ningún lobo. Se fue hasta Nicosia, la capital de los templarios, pensando en que tal vez algún día podría rencontrar su camino y volverse un buen cristiano.

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Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes