F0566 · El mundo en el que comenzaban a adentrarse Bartolomé y Colón…

El mundo en el que comenzaban a adentrarse Bartolomé y Colón eran parte de un universo tan grande que sus misterios en muchos siglos no terminarían de revelarse. En cuanto al tamaño del universo, lejos de mostrar que la mente humana era capaz de comprenderlo, su extensión demostraba que nunca podríamos entenderlo todo. La razón que, según los gnósticos, podía aprehenderlo todo estaba en el mismo lugar en el que se encontraba cuando el padre Adán dio su nombre a la Luna. 

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Durante mucho tiempo Isaac había investigado en mapas y testimonios de marinos ancestrales (testimonios que había encontrado en bibliotecas musulmanas), lo descubierto por Colón, estaba seguro, era la Atlántida. Todos aquellos meses había vivido en los techos de su propio palacio y, como había aprendido a acampar en el desierto, había ordenado a Farid que los acondicionara con tiendas orientales. Él pasaba las noches mirando al cielo. Inhalaba láudano y escuchaba la música que hacía su esclavo árabe. Todo el tiempo Farid había tocado para él. Y era ese el sonido que no había dejado de escuchar Alberto. 

—¿Para qué has hecho venir a ese monje petulante si no quieres recibirlo? —le preguntó Farid aquella noche de San Juan. Isaac, fascinado con las visiones que produce el láudano, sonreía sin decir nada. Pensaba sin embargo, en el domingo en que había escuchado cantar a Alberto por primera vez. Esa voz le había fascinado. Y había querido poseerla como poseía la voz de Farid, como si pudiese coleccionar voces que imaginó encerrada en frasquitos multicolores, en una botica. Había sido Jofré Borgia quien le habló de esa voz. Y él, Isaac había ido a misa en el Aventino no por piedad sino para escucharla. Y había sentido cómo cambiaba, cómo la voz se volvía grave; cómo dejaba de ser la voz de un niño y se convertía en la voz de un adulto lleno de 

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tristeza. Un adulto al que había que salvar del mismo modo en que él, Jorge Isaac Comneno, hijo de David, último emperador del mundo había salvado a Farid. Todos aquellos meses el esclavo árabe acompañó a su amo en los techos de la Casa de Dante. De madrugada cantaba para él, casi en su oído porque el amo soñaba con los ojos abiertos, miraba las estrella y se dejaba embriagar por el humo del láudano. Soñaba con las constelaciones en las que es evidente que está inscrito el destino del hombre. ¿Cómo hay quien pueda dudarlo? Todo tiene una conexión cósmica. Lo saben los sacerdotes que rezan al oriente y los musulmanes que se inclinan en dirección de La Meca. Lo saben los maestros orientales, que todo está gobernado por todo. Lo saben los pintores: una manzana junto a una cebolla la teñirá con sus verdes y rojos igual que en los bosques y el desierto, en el mar y en el cielo, los colores de un objeto, van tiñiéndolo todo. La música de los astros, la música de Farid, ¿cómo pudiese ser producto de la casualidad? Tan absurdo como imaginar que las voces de Farid y de Alberto, sus nostalgias son producto de la casualidad. No lo son. Y esas nostalgias se sienten en la tesitura de su voz. 

—¿Acaso todo ha existido siempre? ¿Acaso todo es casual? 

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Isaac murmuraba y Farid vigilaba, sin dejar de cantar, que no se deslizara la saliva por la comisura de sus labios, que nada manchara el rostro perfectamente lampiño de aquel hombre al que amaba tanto. Así, mientras Isaac murmuraba consigo mismo o con algún efrit que se le aparecía cuando llenaba sus pulmones de láudano Farid lo cuidaba sin dejar de tocar. Estaba acostumbrado a ese éxtasis en que Isaac se imaginaba con un cuerpo glorioso, tejido con la única voluntad, la voluntad de Dios que es la voluntad de los astros. 

—¿Para qué lo he traído? —murmuró entonces—. He traído al monje para que no se corrompa, para que la cristiandad no le quite la felicidad que escuché en su voz cuando entonó de niño el salmo y el aleluya. Esa voz, pensaba, tenía necesidad de la sabiduría que abre la mente y te hace ser realmente un dios que de la nada hace música. Como Dios cuando puso a rotar todos esos astros y todas esas estrellas que ahora, bajo el signo de Cáncer, con la constelación de los gemelos sobre de ellos creía escuchar. 

Isaac pidió a Farid que preparara más láudano. El esclavo extrajo de una elegante caja oriental con incrustaciones de marfil y alabastro, una cucharita y un mechero, una yesca que frotó y 

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de pronto Jorge Isaac estaba ya inhalando lo que imaginaba que era la verdadera música de Dios. Y Alberto, en su habitación, escuchaba el tañido del oud, pero no sabía que había sido llamado a la Casa de Dante para formar una trupé de locos y artistas con los que Isaac y Bartolomé esperaban crear una colonia de hombres nuevos. Al otro lado del mundo. En la Atlántida de la que habló Platón. Una geografía cuya dulzura invitaba a viajar muy lejos a estas islas de belleza semejante a la música de Alberto y Farid, tierra de estrellas húmedas en cuyo encanto Isaac creía ver la dulzura de los ojos de quien amaba más: su esclavo árabe. Así había pasado todos aquellos meses el hijo menor del emperador David. 

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Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes