F1193 · EL CUADERNO PÚRPURA

8

EL CUADERNO PÚRPURA

No comenzó a escribir.

Ya estaba escribiendo.

Fabricio no lo vio.

Julián tampoco.

Pero en algún lugar—

no Roma no Damasco no el Cairo

—

Isaac abrió el cuaderno.

No para recordar.

Para no ser fijado.

Isaac

Dejo de pensar aquí.

No porque haya entendido.

Porque algo lo empuja.

El ser es acto y potencia.

No al mismo tiempo.

La frase se rompe antes de terminar.

Isaac levanta la cabeza.

No hay nadie.

Y sin embargo—

alguien lo está leyendo.

La materia

La forma.

El acto.

No son conceptos.

Son cuerpos.

Farid.

Hákim.

El niño.

La cicatriz.

Todo eso—

es lo mismo.

Pero Isaac no lo piensa así.

Lo siente.

Como una presión en la garganta.

Como vómito.

Como deseo.

La fragmentación

Ayer fui otro.

Un niño.

Una mujer.

Un esclavo.

No es metáfora.

Es continuidad mal distribuida.

Isaac se ve.

En Babilonia.

En Persia.

En Indochina.

No como historia.

Como insistencia.

Algo que no termina de cerrarse.

El deseo

No recuerda haber tocado ese rostro.

Pero lo desea.

No por cuerpo.

Por forma.

Por lo que no fue destruido.

“Inocente.”

La palabra aparece.

Y duele.

Más que cualquier otra.

El lenguaje

Escribir no salva.

No sublima.

No redime.

Pero llama.

Es el único acto que no puede ser completamente absorbido.

Isaac escribe como quien invoca.

No algo que está afuera.

Algo que ya lo habita.

Lisboa

El mundo arde.

Pero no es evento.

Es repetición.

Un imperio cae.

Otro aparece.

Nada se acumula.

Todo se reescribe.

Isaac lo ve.

No con claridad.

Con fatiga.

Farid

En ese momento—

sin que nadie lo diga—

sin que nadie lo vea—

Isaac es Farid.

No en el pasado.

En la estructura.

El mismo corte.

La misma pérdida.

El mismo deseo de tocar lo que no puede ser tocado.

Y entonces entiende algo que no puede sostener:

no está recordando vidas

está atravesando la misma

mal fijada

El verbo

—Te nombro.

No hay respuesta.

—Te amo.

Silencio.

—Te encuentro.

Nada.

Porque eso—

eso—

no se devuelve.

La revelación

Isaac se detiene.

No porque termine.

Porque llega al mismo punto que Farid:

el punto donde todo lo vivido

no puede organizarse

en una historia coherente

La caída

Se ve a sí mismo:

traidor

esclavo

niño

amante

muerto

Todo simultáneo.

Todo insuficiente.

El límite

El lenguaje se rompe.

No deja de funcionar.

Deja de contener.

Isaac escribe:

“Soy la sombra.”

Y por primera vez—

no hay metáfora.

Walsh

En otro lugar—

Ivan Walsh pinta.

No figuras.

Esbozos.

Intentos de fijar lo que Isaac no puede escribir.

Y falla.

Siempre falla.

Porque cada trazo—

se abre.

El cierre imposible

Isaac escribe:

“He nacido para esta jornada.”

Pero no sabe cuál es.

No sabe si ya ocurrió.

No sabe si viene.

El punto final

No hay punto final.

Solo esto:

una página que intenta cerrarse

y no puede.

Relación final (sin decirla)

Farid → cuerpo Isaac → lenguaje Walsh → forma

Y los tres—

fracasan

en lo mismo.

Pero ese fracaso—

es la novela.

Última línea del cuaderno

Isaac escribe:

“No hay tarea.”

Pausa.

“No hay reencarnación.”

Silencio.

Y sin embargo—

sigue escribiendo.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes