F0812 · Hay uno, uno en especial que bebe aguas de colores.

Un hombre disfrazado de pastel: Unas muchachas fornican bajo el versículo más intolerante de todos los libros. Un niño disfrazado de adulto: muchos niños disfrazados de adultos, juegan a mecerse y mesclarse, morderse y matarse… de piel. 

Hay uno, uno en especial que bebe aguas de colores. 

Hay un mago y un grillo; una copa y un ciego; un vicio y el pozo del que emergen todas las vanidades. 

Nosotros, vestidos de paje, tejemos pensamientos macabros. 

El mago guarda y arranca listones en mangas: Salta un conejo y el otro, vestido de noche, ríe bajo el frac y descubre a todos sus dientes y sus flaquezas. 

Un hombre. Alto y gordo, con pelo de espuma negra, nos besa de sal con su boca pintada de rojo. Su lengua sale y entra como una serpiente húmeda que busca beber nuestras gargantas. Nos aprisiona con manos ligeras y blancas: cárceles de suaves y ensortijadas florestas de mangas y mancuernas. 

 El señor Cornaro es alto y es gordo. Tiene el pelo de espuma dorada y te besa con boca pintada de rojo. Sabía a sal la lengua y salía y entraba como una cobra húmeda para beberte la garganta. Te aprisionó con manos ligeras y blancas. Cárceles de suaves y ensortijadas florestas de gorgueras y mangas con holanes. No puedes escapar. Borracho reías junto a Farid sin pensar en nada. Bebías y matabas el tiempo. Sin esperar ya nada. 

     Apareció entonces un hombre que detuvo la bacanal. A sus ojos no se detuvieron ni el aroma de la carne quemada que subía de la hierba ni las pieles de todos los oficiantes. No callaron sus ojos ni el silencio de los músicos que detienen los cánones cursis de la música nazarena que permite que un violín destaque y suba hasta el cielo. 

     El sirviente genovés, ridículamente ufano extendía dos telas amarillas. Descendió del palio un niño vestido del cuerpo de todos. 

     La concurrencia brindaba y lloraba. Gritaba: El gran turco, el anticristo. 

     Brindaban todos y comían y fornicaban. Celebraban sin tiempo de hincarse o llorar persignarse o recordar a Jesús. No tenían tiempo ni siquiera de mirar la masacre. 

     El niño, amarillo y ufano, pequeño, serio, sin atributos, tenía la cara del hambre. La piel se le desbordaba. Se desgranaba y sólo Farid le lloraba vestido de Paje Genovés. Junto a él estaba un nosotros. Las plumas de la mujer que detuvo la música en la nota más alta se hincaron también para adorarlo. Rojas y azules se inclinaron las plumas. Vibraban como si se lamentaran también de tu destino de canto llano y mares y ultramares que celebran el porvenir. De pronto, llorabas también. Llorabas por el niño efrit que detuvo la bacanal cuando cayó la daga. Traicionado por una lágrima incómoda, el muchacho que bajó del palio te penetró, daga y dios y te volvió el alma al cuerpo. Volvió a tus venas y a posarse la voz en tu garganta. Era un demonio vestido de sangre: Rojo sensual, iracundo. Rieron, bebieron. Lo devoraban. Tan orgullosos.

de

gorgueras y mangas con holanes. No puedes escapar. Borracho

reías junto a Farid sin pensar en nada. Bebías y matabas el

tiempo. Sin esperar ya nada.

     Apareció entonces un hombre que detuvo la bacanal.

A sus ojos no se detuvieron ni el aroma de la carne quemada

que subía de la hierba ni las pieles de todos los oficiantes.

No callaron sus ojos ni el silencio de los músicos que

detienen los cánones cursis de la música nazarena que permite

que un violín destaque y suba hasta el cielo.

     El sirviente genovés, ridículamente ufano extendía dos

telas amarillas. Descendió del palio un niño vestido del

cuerpo de todos.

     La concurrencia brindaba y lloraba. Gritaba: El gran

turco, el anticristo.

     Brindaban todos y comían y fornicaban. Celebraban sin

tiempo de hincarse o llorar persignarse o recordar a Jesús.

No tenían tiempo ni siquiera de mirar la masacre.

     El niño, amarillo y ufano, pequeño, serio, sin

atributos, tenía la cara del hambre. La piel se le

desbordaba. Se desgranaba y sólo Farid le lloraba vestido de

Paje Genovés. Junto a él estaba un nosotros.

Las plumas de la mujer que detuvo la música en la nota más

alta se hincaron también para adorarlo. Rojas y azules se

inclinaron las plumas. Vibraban como si se lamentaran también

de tu destino de canto llano y mares y ultramares que

celebran el porvenir.

De pronto, llorabas también. Llorabas por el niño efrit que

detuvo la bacanal cuando cayó la daga.

Traicionado por una lágrima incómoda, el muchacho que bajó

del palio te penetró, daga y dios y te volvió el alma al

cuerpo. Volvió a tus venas y a posarse la voz en tu garganta.

Era un demonio vestido de sangre: Rojo sensual, iracundo.

Rieron, bebieron. Lo devoraban. Tan orgullosos.

No hay tiempo para escapar. 

Borrachos, reímos sin pensar en la nada; fumando y matando el tiempo… no espero nada. Tú tampoco esperas nada.  

Entonces, llega a un muchacho que detiene la bacanal…

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes