F0813 · Ríen y gritan.

Un hombre disfrazado de pastel y unas muchachas que fornican bajo el versículo más intolerante de todos los libros de todos los dioses en la geografía de tu piel. Eres un niño disfrazado de adulto: todos los niños que se disfrazan de adultos y, en la fiesta, se mecen y mezclan con nazarenos que se muerden y matan a piel. Hay uno, un muchacho que bebe aguas de colores y es Fabricio. Un mago y un grillo, una copa y un ciego. Vicio y el pozo en villa Cornaro donde miraste tus vanidades. Vestido de paje veneciano tejías sueños macabros: Un mago que guarda y arranca listones en mangas. Serpientes que adormeces bajo un vestido que descubre a todos las flaquezas de tu sexo castrado. El señor Cornaro es alto y es gordo. Tiene el pelo de espuma dorada y te besa con boca pintada de rojo. Sabía a sal la lengua y salía y entraba como una cobra húmeda para beberte la garganta. Te aprisionó con manos ligeras y blancas. Cárceles de suaves y ensortijadas florestas de gorgueras y mangas con holanes. No puedes escapar. Borracho reías junto a Farid sin pensar en nada. Bebías y matabas el tiempo. Sin esperar ya nada. Apareció entonces un hombre que detuvo la bacanal. A sus ojos no se detuvieron ni el aroma de la carne quemada que subía de la hierba ni las pieles de todos los oficiantes. No callaron sus ojos ni el silencio de los músicos que detienen los cánones cursis de la música nazarena que permite que un violín destaque y suba hasta el cielo.

 El sirviente genovés, ridículamente ufano extendía dos telas amarillas. Descendió del palio un niño vestido del cuerpo de todos.  La concurrencia brindaba y lloraba. Gritaba: El gran turco, el anticristo. Brindaban todos y comían y fornicaban. Celebraban sin tiempo de hincarse o llorar persignarse o recordar a Jesús. No tenían tiempo ni siquiera de mirar la masacre. El niño, amarillo y ufano, pequeño, serio, sin atributos, tenía la cara del hambre. La piel se le desbordaba. Se desgranaba y sólo Farid le lloraba vestido de Paje Genovés. Junto a él estaba un nosotros. Las plumas de la mujer que detuvo la música en la nota más alta se hincaron también para adorarlo. Rojas y azules se inclinaron las plumas. Vibraban como si se lamentaran también de tu destino de canto llano y mares y ultramares que celebran el porvenir. De pronto, llorabas también. Llorabas por el niño efrit que detuvo la bacanal cuando cayó la daga. Traicionado por una lágrima incómoda, el muchacho que bajó del palio te penetró, daga y dios y te volvió el alma al cuerpo. Volvió a tus venas y a posarse la voz en tu garganta. Era un demonio vestido de sangre: Rojo sensual, iracundo. Rieron, bebieron. Lo devoraban. Tan orgullosos.

Ríen y gritan. 

Joden y chingan. 

Brindan y ladran.

  Revientan de todos los vinos y saturan los ojos y las hornas y el cuerpo y la piel con explosiones de aromas y vientos y colores demasiado chillantes para ser sensuales. 

Tu y yo, venimos vestidos de pajes,  vestidos de corte, de pastel: de Versalles. 

Yo bebo sin ganas; tampoco me río. Flaco, largo, solo me meto el vino que me recuerda la sangre.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes