F0808 · Farid lo llevó a la borda para mirar cómo se perdía Asia detrás del horizonte.

Tenía sus privilegios pertenecer a la señora Cornaro. Isaac podía ir y venir por la cubierta  del barco con cierta libertad. Bajaba a las bodegas donde estaban los esclavos que trabajarían en los campos. Esos sí lo pasaban mal. Los miraba desde el otro lado de una reja.

——¿Te acuerdas de mí? ——Le preguntó Farid por la tarde, tocándolo en el hombro mientras Isaac atisbaba a los esclavos a través de la escotilla. Isaac negó con la cabeza.

Farid lo llevó a la borda para mirar cómo se perdía Asia detrás del horizonte. 

——No importa ——sonrió—— Vas a recuperar el habla, le dijo, jugando con su nariz.

Isaac levantó los hombros.

——También yo soy moro, pero no se le digas a nadie.

Farid sonrió, Isaac también, sonrisa un poco tonta. 

——Te has vuelto dócil ——murmuró Farid 

——¿Qué vas a hacer cuando me muera?

Aunque no lo reconocía, Isaac se sentía bien junto a él.

En la noche a Isaac despertó con los gritos de un esclavo que en la bodega se estaba azotándo contra la pared.

——No te pegues ——le pedía otro——. Si te maltratas, serás como una taza rota. Como un vaso despostillado. 

  Isaac se sintió mal. Abrió la ventana del camarote y vomitó. 

¿Cómo he llegado hasta aquí? Se preguntó, pero no había nada detrás de este nombre Isaac, un nombre que divide el antes y el después. Isaac el castrado; Isaac  el de la cicatriz. No había nada antes de Isaac.

Dolía mirar al muchacho que se estaba golpeando. Por primera vez en su vida, compasión.

Un muchacho estaba rezando. Que si se hicieran cálamos con todos los árboles de la Tierra, que si se hiciera tinta con mar y otros siete mares no se agotarían nunca las palabras de Alá. Que Alá es sabio, poderoso; que crearnos no le cuesta más que crear un grano de arena. Que Alá todo lo escucha y todo lo ve. El muchacho que gritaba, tal vez gracias al rezo, cambió de estado y ahora, se había puesto a llorar.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes