F0131 · —¿Cómo puedes querer aspirar a su boca?—se preguntaba Farid, su mente…

—¿Cómo puedes querer aspirar a su boca?—se preguntaba Farid, su mente atrapada en un torbellino de deseos y reproches, mientras observaba la ceremonia de la boda. Martín, impecable en su atuendo militar, era el centro de todas las miradas. Capitán, soldado, hijo del imperio, el hombre destinado a unir fuerzas con Cortés para derrotar a Narváez. Farid no apartaba los ojos de él ni siquiera cuando se inclinó para recibir el cuerpo de Cristo.

—¿Por qué no pude decírselo?—pensó mientras regresaba a su lugar en el coro. La sonrisa de Martín, tan pura, tan imposible, lo consternaba aún más.

Años después, en tierras lejanas, con el recuerdo de Veracruz enterrado bajo capas de tiempo y sufrimiento, Farid seguiría repitiéndose las mismas palabras. “¿Por qué no pudiste decírselo, Farid, antes de que fuera demasiado tarde? Antes de que Leonor naciera de su vientre, del vientre de la mujer de Martín.” La pequeña Leonor, hija de un amor que él nunca podría tocar.

Farid se detuvo en seco. “Un esclavo no puede, un esclavo no debe,” se recriminaba. Pero la pregunta lo carcomía. ¿Acaso hubiese podido decirle que sus pasos lo llevaban cada tarde a perderse en las calles donde los sacerdotes mexicas habían caminado antes? Que en esas calles encontraba templos devorados por la selva y, al regresar, Roberto lo miraba con furia contenida, pero nunca lo golpeaba. Farid había llegado a desear ese golpe, una descarga de violencia que confirmara su existencia más allá de su condición doble: esclavo de Selim, esclavo de sí mismo.

Se recriminaba en silencio. “Debí habérselo dicho.” Decirle que, en noches de embriaguez, su mente se llenaba de canciones que nunca podría cantar en voz alta, canciones de un amor sereno como el que veía reflejado en Martín al salir de casa. El nombre “Martín” había dejado de ser una palabra; era un cuchillo que cortaba su voz cada vez que lo pronunciaba en sus pensamientos.

—Odio tu felicidad—murmuraba entre dientes—. Me hace mal tu felicidad.

El odio había germinado en el amor, un odio que lo consumía, lo transformaba. Deseaba verlo muerto en el oeste, entre charcos de sangre que borraran para siempre lo que no podía ser dicho. Su deseo se mezclaba con una furia incontrolable, una furia que lo hacía abrir su corazón solo para encontrar abismos.

En esas noches, Farid se entregaba al alcohol, un veneno que lo llevaba a imaginarse como águila y serpiente, atrapado entre el cielo y la tierra. Las canciones se desvanecían, pero no el nombre de Martín. Era un eco persistente, un grito sofocado en las sombras. A veces, quería romperse, vaciarse, morir.

“¿Qué voy a hacer cuando te mueras?” repetía, una y otra vez, como un mantra.

El coro de sus pensamientos se mezclaba con la realidad del templo, con la austeridad del altar. Y allí estaba Martín, el correcto Martín, ajeno al caos que había sembrado en Farid, ajeno al amor que se había transformado en odio y al odio que se había vuelto una segunda piel.

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