F0133 · Inés nunca cuestionó la idea de que lo que sentía por…

Inés nunca cuestionó la idea de que lo que sentía por Alberto fuese inmoral. No había cabida en su corazón para el juicio, solo para el deseo. Y Alberto, cada vez que cantaba con Antón en la misa, se repetía con una mezcla de angustia y fascinación: “¿Por qué quiero destruir lo que amo?”. Esa pregunta lo atormentaba tanto como lo alimentaba. Como buen supersticioso, buscó respuesta en pequeñas mortificaciones. Se impuso ayunos, rezos interminables y noches sin dormir. Se volvió un santo no para redimirse, sino para acercarse al pecado. Deseaba que su sufrimiento lo hiciera merecedor de un amor que creía inalcanzable, o al menos, que el despecho lo volviera real.

Inés, consciente o no, respondió con generosidad. Su atención hacia Alberto se intensificó, no con palabras, sino con gestos. Una mirada sostenida, un libro dejado al alcance de su mano, un roce que apenas existió. Cada acción añadía leña a un fuego que ambos fingían no ver.

Unos años después, Alberto despertaría sudoroso, abochornado por un sueño que lo perseguía como una sombra. En él, un toro negro lo corría por las calles polvorientas de un pueblo al sur de Veracruz. Desesperado, buscaba refugio en una iglesia vacía. Pero allí no había nada: ni imágenes, ni Cristo, ni Dios. Solo un vacío que retumbaba con la llegada del toro, cuyos pasos resonaban contra la cúpula hueca como el eco de una fe perdida. Al despertar, Alberto entendería que la vida, para él, carecía de significado, y que esa falta lo arrastraba hacia un abismo que no sabía cómo evitar.

No fue Alberto quien tomó la iniciativa. Alberto llegó primero. Fue una noche después de la cena, cuando Alberto, buscando calma, descansaba junto al pozo, repasando mentalmente los nombres de las estrellas. La brisa fresca lo envolvía, y el silencio del monasterio era interrumpido solo por los murmullos distantes de los monjes. Alberto se sentó junto a él. Alberto evitaba mirarlo, pero no pudo evitarlo cuando Alberto tomó su mano con decisión, la llevó a su rostro y susurró:

—Hace frío, ¿verdad? Siente, qué frío estoy.

Alberto se encontró entonces tocando la cara de quien más amaba. Era una caricia simple, pero cargada de significado. Esa noche, Alberto no podía apartar de su mente la pregunta que lo atormentaba: “¿Lo hizo con inocencia?” La batalla entre el sí y el no recomenzó con fuerza. “Debo preguntárselo”, pensó. Pero, ¿qué preguntar primero? ¿Si lo había hecho con inocencia? ¿O si lo amaba como él lo amaba a él?

—Una palabra me lleva siempre a otra palabra que conduce siempre hasta ti —imaginó Alberto decirle—. Almendra, sal y luciérnaga. Látigo y paz.

Pero antes de que Alberto pudiera hablar, Alberto lo silenció poniendo un dedo en sus labios.

—Todas las palabras del libro —murmuró Alberto—. Todas se encienden una sin orden cuando pienso tu nombre.

Ganó el sí. Estuvieron a punto de besarse.

Alberto no sabía lo que era el amor. Había crecido en el monasterio, rodeado de música y oración, pero aislado de las conversaciones sobre el placer o el deseo. Había visto a los animales aparearse en el bosque y escuchado murmullos sobre lo que ocurría entre hombres y mujeres, pero nunca le interesó. Lo que sentía por Alberto era algo que nadie le había enseñado, y en esa autenticidad radicaba su fuerza.

En los días que siguieron, Alberto se encontraba gritando en los paseos solitarios que tomaba por el bosque, excusándose con los monjes diciendo que iba a rezar.

—Sí —gritaba al vacío—. Sí, lo amo. Y hay algo que tengo que hacer.

Farid tampoco sabía lo que era el amor. Habiendo crecido en el silencio, reemplazando a su hermano mayor en las atenciones del padre, nunca había escuchado a los niños del pueblo hablar de mujeres o deseo. No sabía cómo se formaban las conexiones que otros daban por hecho. Todo lo que entendía del amor lo había aprendido solo, a través de lo que sentía por Rashid. Pero ese sentimiento lo atormentaba, porque creía que nunca podría besarlo, nunca podría tenerlo. Y ese “nunca” se repetía en su mente como un eco cruel.

Por las noches, después de la cena, Farid observaba a Rashid descansar junto al pozo, deseando acercarse pero temiendo lo que sentía. Lo que más le dolía era pensar que Rashid solo deseaba ser santo, una aspiración que Farid no podía comprender ni compartir.

El maestro de música había notado algo en Farid: una santidad diferente, nacida no de la virtud, sino del sufrimiento. Se había ilusionado con él, creyendo que había encontrado al cantante perfecto para el Libro. En sus pensamientos, veía una posibilidad: reabrir la escuela, traer de vuelta a los muchachos que cantaban en la mezquita azul y reconstruir su reputación perdida.

Farid, por su parte, se encontraba atrapado entre su devoción y su deseo, entre lo que sabía y lo que anhelaba descubrir. En su silencio, encontraba refugio. Pero sabía que ese silencio no podría protegerlo para siempre.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes