F0337 · En la habitación del castillo se encontró con el médico que…

En la habitación del castillo se encontró con el médico que llevaba un brazo roto. Lo habían golpeado. Sin rencores, el otomano se acercó a Farid, le acarició el cabello y preguntó: ¿Por qué escapaste? ¿Acaso no te he tratado bien? Juan arrojó al muchacho a los brazos del otomano y cerró la puerta. El médico miró a Farid muy serio y, mientras amarraba otra vez sus tobillos al pie de la cama le dijo: Voy a pedirte una cosa, niño del desierto, no me has dicho tu verdadero nombre y no importa, pero voy a pedirte que cuando vayas al cielo del musulmán o al cielo de los cristianos te acuerdes de este viejo médico que te estuvo cuidando. Farid lo miró convencido. Más cuando el hombre extrajo de su túnica una hermosa manzana verde que le dio. Y el sabor de aquel regalo, le recordó a Farid que alguna vez Rashid le dijo que el caballo de Soliman solamente se alimentaba de hermosas manzanas verdes.—¿Cuál es tu verdadero nombre, niño del desierto? —preguntó el otomano. Y Farid respondió sonriendo: Alessio. ¿Quieres algo de comer? —Preguntó. Una manzana verde. Una mañana, los estibadores terminaron de colocar las mercancías en el barco. Todo pareció callarse y así pasé la tarde hasta que se abrió la puerta. Entró aquel gentil hombre barbado, se sentó sobre la cama. Me miró y con un pañuelo enjuagó el sudor que me pegaba los cabellos. Me dijo que estaba completamente sano. En efecto. No tenía ya dolores aunque mis sueños seguían siendo extraños. No eran las premoniciones que me aquejaban cuando viví en Bahía del apóstol, eran producto de aquellas hierbas que hicieron mi vida feliz haciéndome creer que hubiese podido volvar como un albatros. Sé que te gustan las manzanas verdes, comentó, así que te he traído esto: Me regaló un hato y me dijo que eran las mejores manzanas verdes que había podido encontrar en el puerto de Damasco. Eran, según me dijo, las que comía Viento del Diablo. ¿Y quién es Viento del Diablo? Pregunté. El caballo de Sulaimán. Abrí el hato, le ofrecí una y los dos disfrutamos del sabor, la textura y el sonido en el mordisco de aquellas manzanas verdes. Entonces el hombre me dijo algo. Cuando vayas al cielo, no sabía bien como decirlo. Niño del desierto, cuando vayas al cielo de los cristianos o de los musulmanes, acuérdate de este viejo otomano que trató de que no te doliera tanto la castración. Lo abracé. Bajé con él las escaleras de caracol. Había atardecido. La luna brillaba sobre la mezquita y recuerdo haber volteado para ver la tronera desde la que atisbaba el puerto.

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