Quiero ser libre.
Yo consigo que te vuelvas libre. Serás libre.
Dámelo.
No puedo dártelo, puedo pedir.
Tú ¿quieres y puedes? Puedo pedir más dinero, si quieres. Falta mucho dinero para comprarme. Necesito comprarme y con este sueldo me voy a tardar veinte años, me lo dijo Alonso.
Sí, pero el complot cósmico no me dio la voz que tú tienes.
Entonces no puedes.
No, escucha. Esto vamos a cantar a la virreina.
Aborrezco a la aristocracia.
Sólo ella te puede dar la libertad.
Así como la música me da el tiempo e inauguro con la música mi propia libertad.
Y es que es verdad que el negro cantó. Había una vez un encantador de serpientes en Damasco. Era un niño que detuvo el paso de todos aquellos soldados. Me vendían y yo hubiera querido quedarme allá un poco más.
David sucumbió a la voz del niño como sucumbió el árabe, cuando vio el baile entre el caos y el encantador de serpientes.
A Farid lo castraron en Damasco. David es un castrado por convicción, por fe.
Cuando cantaba, los dos se enganchaban en los secretos de la castración del otro.
David sabía, por ejemplo, del padre musculoso que aparecía en los sueños del mulato. Farid intuía los sueños de David cuando David rezaba pidiendo una señal: Se metía en la cama, apagaba la vela con un gesto de dolor y contrición. Suceda lo que suceda, llegados aquí, Dios mismo cierra la puerta. Es verdad que Dios no atisba vergonzoso cuando se cierra la puerta de dos que se quieren de verdad.
La catedral estaba llena de gente que vino a escuchar a Farid. Zumárraga tomó la hostia y dijo: Cuerpo de Cristo y David respondió: Amén.
David se hincó. Y pensaba dentro de sí: Dame Dios, una señal. ¿Qué es esto? Había preguntado Farid cuando David colocó en la mesa el libro grueso de las transfiguraciones: Sé quien eres Farid, dijo y antes de que comiences a poner en duda todo lo que te digo, quiero que hablemos de la verdadera doctrina de Cristo. ¿La verdadera? Preguntó el niño con ganas de largarse detrás de la ventana y detrás de lo que atisba detrás de la garganta, la locura hermana de la flojera y la angustia de quien no puede terminar de narrar. ¿No es acaso la doctrina que nos enseñan los frailes? No, no exactamente. ¿Entonces? Dime algo, dijo David: ¿Has escuchado hablar del Grial?
Los niños del coro volaban papalotes. Farid escuchaba a David hablar de grados, intervalos y contrapuntos. Luego, más tarde, cuando la tarde era gris y hacía frío, los papalotes se vinieron abajo.
David le contó que el mundo está dividido en nueve esferas, que cada esferas la rige un dios menor creado por el Dios de la esfera siguiente. Así hasta el Dios de la novena esfera, el puro, el Dios de la perfección.
——El dios del primer círculo ——dijo David—— no tenía quien lo adorara. No había creado a nadie todavía. Éste, el dios del primer círculo creó a los ángeles para que lo adoraran. Como era el dios más imperfecto, así hizo a los ángeles, imperfectos. El dios del primer círculo se llamaba Luzbel.
Y así, los ángeles se rebelaron porque querían entronar al dios del primer círculo en la corte del dios del noveno círculo.
——¿Son los demonios? ——preguntó Farid.
——No ——contestó David—— los demonios somos nosotros.
Antes de la creación, mucho antes del primer mar y la primera nube, terminó la batalla entre el Dios de la perfección y los ángeles. A Jesús, el Dios del primer círculo, al perfecto y el puro, le bastó un gesto de sus ojos. Se acabó la rebelión. Luzbel arrepentido, quiso hacerle un regalo. Construyó la materia y le dio el universo. Inventó el tiempo, la materia y sus imperfecciones. Cuando estaba creando la tierra, a Luzbel se le cayó una piedra de su corona. Este es el Grial.
Jesús que todo lo sabe, miró al planeta redondo como un punto girando alrededor del fuego.
——¿Y el Grial?
——Es la piedra de la corona de Luzbel.
En castigo a todos los ángeles que se rebelaron con él, el dios del primer círculo nos encerró a todos en esto, en la materia, en un círculo infinito que sólo termina cuando seamos capaces de redimirnos y mirar otra vez a los ojos de Jesús. Estamos así, encerrados en este cuerpo.
——¿Somos nosotros los ángeles?
——Somos demonios Farid. Y no lo repitas porque la inquisición está cerca. Muy adentro, al fondo de lo que respira detrás de lo que respira, tenemos la libertad. La libertad de emanciparnos de la materia y el tiempo.
Pero quien mira el Grial, quien mira la piedra de la corona de Luzbel, ese es capaz de emanciparse inmediatamente. Sale de su cuerpo, le salen alas, se purifica de inmediato con el recuerdo de lo que sucedió antes del tiempo y la materia.
——Si la viéramos, nuestra alma recordaría. No nuestra mente, el alma recordaría.
——¿Qué?
——La corona y la cara de Luzbel. Su belleza. La perfección. Recordaríamos su rostro y sería como cuando como cuando despiertas de un sueño y una tras otra van llegando las imágenes. Recordarías tu condición de ángel rebelde y tu alma se apoderaría de la materia imperfecta. Recordarías el rostro de cada uno de los dioses de cada círculo. Recordarías la rebelión, la razón por la que aquí estás atrapado en tu cuerpo. De un solo golpe, como un imán, tu alma saldría fuera de ti, angélica. Tersa y pura y te dirigirías a adorar ya por siempre al Dios Jesús del noveno círculo.
Y no lo digas Farid. No hables de esto, cállalo que quien te escuche diciendo estas cosas te puede matar.
Voy a comprarme, pensó Farid. Un día voy a ser libre. Cuando haya comprado al esclavo árabe voy a ver la piedra de Luzbel.
——¿Dónde está el Grial? ——preguntó Farid.
——En una montaña en el norte de España. Me lo dijo mi padre. Se llama Montsalvat que significa Monte de la Salvación.
David estaba dormido. Farid tocó a la puerta de su celda.
——Pasa ——dijo el maestro.
Farid se sentó a la orilla de su cama. Le parecía escuchar todavía la historia de Luzbel adornada de papalotes. Le preguntó:
——¿Por qué nunca quisiste hacerlo conmigo como el hermano Estévez? ¿Porqué nunca me obligaste? Según lo que sé ahora no hay razón para horrorizarnos de la materia y del cuerpo ¿Por qué nunca quisiste tocarme?
——Por que tú no querrías ——contestó el maestro.
——Pudiste obligarme ——dijo Farid——. Obligarme a hacerlo y obligarme a callar, como el hermano Estévez. A mí nunca van a creerme.
——¿Querrías? ——volvió a preguntar el maestro.
——No ——dijo Farid.
——¿Lo ves?
——Gracias ——dijo Farid y se hincó. Besó su mano.
David se quedó consternado, como con una soledad caliente en el pecho. Se quedó abatido y no pudo dormir.
——¿Crees en tus dioses? ——le preguntó Farid a Manuel.
——¿Te mandaron los frailes a preguntarme?
——No. Lo que sea que me digas, no se lo voy a contar a nadie.
Manuel respiró prfundo y dijo:
——Sigo creyendo en los dioses de mis ancestros.
——Sacrificaban humanos.
——Tal vez precisamente por eso.
Hay una rebelión, Farid. Los indios van a rebelarse. Farid no quiere pensar en rebeliones. Ha abandonado la idea. No quiere sacar a los frailes a la calle. No hay mal que se pague con mal ni en este ni en ningún lugar de la tierra.
Y es verdad que los niños indígenas se mueren de hambre pero Farid es de otra clase de sacrificios. Farid quiere largarse lejos de aquí.
——Te han vuelto cristiano ——dijo Manuel.
——Voy a irme a España ——contestó el mulato——. Voy a cantar.
Farid tocó en la choza de Miguel que salió. Alcanzó a ver a aquella hermosa muchacha negra adentro, estirándose.
—Necesito hablar contigo —le dijo Farid.
—Ahora vengo —dijo Miguel y cerró la puerte.
Los muchachos dieron un paseo. Hablaron de cualquier cosa. Estaba amaneciendo. Fueron a un risco desde el que se veía, allá abajo, muy delgada y clara, la superficie del río.
—Voy a tratar de ir a Veracruz para llegar a Europa —dijo Farid a Miguel.
Miguel suspiró. Tomó una hierbita, la mordizqueó, pero no dijo nada.
—Quisiera pedirte que vengas conmigo ——dijo Farid.
Entonces Miguel dijo:
—¿Sabes? Aquí me siento bien. Esta es mi gente.
—No —dijo Farid un poco vehemente—, tú no eres uno de éstos. Ven conmigo, vamos a Europa, vamos a largarnos de este lugar. Ven conmigo. Allá vas a encontrar la forma de hacerte una vida.
—No me interesa hacerme otra vida y en todo caso lo único que ahora me interesa es envejecer junto a esa mujer que ahora viste.
—Entiendo —contestó Farid.
Farid nunca había sentido algo así, algo como lo que estaba sintiendo Miguel por aquella mulata. No lo había sentido nunca por nadie. No lo lamentaba. Le causaba extrañeza.
Al día siguiente Miguel lo acompañó hasta el riachuelo donde terminaba el calpulli e Farid, sin mirar atrás, se marchó del pueblo de los esclavos cimarrones.