F0143 · El Reino Cimarrón / El ángel exterminador
Alberto había llegado a la corte desde Roma con Jorge el griego, llevando consigo no sólo su talento musical, sino también un alma marcada por un tormento profundo. Desde joven, una visión había alterado el curso de su vida: en una iglesia ruinosa cerca del Tíber, un ángel se le apareció. No era la figura luminosa de dulzura celestial que prometen las escrituras, sino algo terrible y majestuoso. Con alas negras como la noche y ojos ardientes, el ángel le susurró una frase que nunca olvidaría:
—El amor es un ángel exterminador.
Desde entonces, Alberto vivió con la certeza de que amar era destruir y ser destruido. Esta idea, como una sombra persistente, lo llevó a rehuir los afectos sinceros y a refugiarse en la música, su único espacio para volcar el tormento sin ser juzgado. Al llegar a España, encontró una corte dividida por intrigas y ambiciones, un terreno fértil para su visión cínica del mundo. Sin embargo, Luis Méndez de Sotomayor lo observaba con recelo. Sabía que Alberto no era un músico común. Había algo oscuro en él, una presencia que incluso la luz del mediodía no lograba disipar.
Alberto contemplaba a Luis con una mezcla de compasión y desprecio. En su mente, el noble era otro peón de ese amor exterminador que había devastado su vida. Luis había amado a Inés, una mujer judía, y ahora vivía atormentado por las secuelas de ese amor prohibido. Mientras tanto, Alberto componía canciones que hablaban de la fragilidad del corazón humano y la inevitabilidad de la pérdida. Sus melodías, melancólicas y desgarradoras, resonaban en los salones de la corte, cautivando a todos excepto a él mismo.
Una noche, Alberto asistió a una tertulia vestido como un bufón. Llegó tarde, cuando casi todos los invitados ya estaban presentes. Al entrar, las miradas se volvieron hacia él con un desprecio mal disimulado. Trató de saludar con elegancia, pero su inseguridad era evidente. Se sentía fuera de lugar, sin saber si beber, hablar o mantenerse en silencio. Buscó refugio en unas bolitas de masa rellenas de arroz con azafrán que había visto en las tiendas del barrio, comiendo mecánicamente mientras sus ojos recorrían la sala.
La concurrencia estaba lejos de ser noble. La mayoría eran marinos toscos, barbados, que olían a ajo y a agua de sal. Sin embargo, entre ellos, Alberto distinguió a una mujer castellana ante quien judíos, musulmanes y venecianos se inclinaban por igual. Era la Señora del Carpio, supo más tarde por Antonio. Pero no era ella quien capturó su atención, sino la joven que la acompañaba, una muchacha de belleza singular que parecía irradiar algo más que simple riqueza. Mientras la observaba, el vino comenzó a hacer efecto, y Alberto sintió que la noche se le escapaba.
Cuando Farid tomó su laúd y comenzó a tocar, el sonido llenó la sala, y Alberto sintió que podía respirar por primera vez en horas. Había algo en la música de Farid que resonaba con su propia alma, un eco de su tormento que, en lugar de herirlo, le daba consuelo.
Días después, mientras caminaba por los claustros de la iglesia donde Luis rezaba por sus hijos, Alberto presenció una escena que alteró su percepción. En un rincón oscuro del templo, una madre lloraba mientras sostenía a su hijo moribundo. Susurraba oraciones, invocando a ángeles para proteger al niño. En ese momento, Alberto comprendió que, aunque el amor podía ser un ángel exterminador, también era la única fuerza capaz de desafiar al destino. Esa paradoja, ese equilibrio entre destrucción y salvación, lo inspiró a componer una obra que no sólo hablaba del amor perdido, sino también de la esperanza.
Desde entonces, Alberto comenzó a cuestionar su visión del mundo. Aunque el ángel exterminador nunca dejó de acecharlo, empezó a vislumbrar en el amor un faro en la oscuridad. Esto lo llevó a cruzar su camino con Beatriz, la hija leal de Luis. Su espíritu firme y su compasión innata desafiaban su concepción cínica del amor. En ella, Alberto vio una chispa de redención, aunque sabía que la sombra del ángel siempre estaría cerca.
F0143 · El Reino Cimarrón / El ángel exterminador
Alberto había llegado a la corte desde Roma con Jorge el griego, llevando consigo no sólo su talento musical, sino también un alma marcada por un tormento profundo. Desde joven, una visión había alterado el curso de su vida: en una iglesia ruinosa cerca del Tíber, un ángel se le apareció. No era la figura luminosa de dulzura celestial que prometen las escrituras, sino algo terrible y majestuoso. Con alas negras como la noche y ojos ardientes, el ángel le susurró una frase que nunca olvidaría:
—El amor es un ángel exterminador.
Desde entonces, Alberto vivió con la certeza de que amar era destruir y ser destruido. Esta idea, como una sombra persistente, lo llevó a rehuir los afectos sinceros y a refugiarse en la música, su único espacio para volcar el tormento sin ser juzgado. Al llegar a España, encontró una corte dividida por intrigas y ambiciones, un terreno fértil para su visión cínica del mundo. Sin embargo, Luis Méndez de Sotomayor lo observaba con recelo. Sabía que Alberto no era un músico común. Había algo oscuro en él, una presencia que incluso la luz del mediodía no lograba disipar.
Alberto contemplaba a Luis con una mezcla de compasión y desprecio. En su mente, el noble era otro peón de ese amor exterminador que había devastado su vida. Luis había amado a Inés, una mujer judía, y ahora vivía atormentado por las secuelas de ese amor prohibido. Mientras tanto, Alberto componía canciones que hablaban de la fragilidad del corazón humano y la inevitabilidad de la pérdida. Sus melodías, melancólicas y desgarradoras, resonaban en los salones de la corte, cautivando a todos excepto a él mismo.
Una noche, Alberto asistió a una tertulia vestido como un bufón. Llegó tarde, cuando casi todos los invitados ya estaban presentes. Al entrar, las miradas se volvieron hacia él con un desprecio mal disimulado. Trató de saludar con elegancia, pero su inseguridad era evidente. Se sentía fuera de lugar, sin saber si beber, hablar o mantenerse en silencio. Buscó refugio en unas bolitas de masa rellenas de arroz con azafrán que había visto en las tiendas del barrio, comiendo mecánicamente mientras sus ojos recorrían la sala.
La concurrencia estaba lejos de ser noble. La mayoría eran marinos toscos, barbados, que olían a ajo y a agua de sal. Sin embargo, entre ellos, Alberto distinguió a una mujer castellana ante quien judíos, musulmanes y venecianos se inclinaban por igual. Era la Señora del Carpio, supo más tarde por Antonio. Pero no era ella quien capturó su atención, sino la joven que la acompañaba, una muchacha de belleza singular que parecía irradiar algo más que simple riqueza. Mientras la observaba, el vino comenzó a hacer efecto, y Alberto sintió que la noche se le escapaba.
Cuando Farid tomó su laúd y comenzó a tocar, el sonido llenó la sala, y Alberto sintió que podía respirar por primera vez en horas. Había algo en la música de Farid que resonaba con su propia alma, un eco de su tormento que, en lugar de herirlo, le daba consuelo.
Días después, mientras caminaba por los claustros de la iglesia donde Luis rezaba por sus hijos, Alberto presenció una escena que alteró su percepción. En un rincón oscuro del templo, una madre lloraba mientras sostenía a su hijo moribundo. Susurraba oraciones, invocando a ángeles para proteger al niño. En ese momento, Alberto comprendió que, aunque el amor podía ser un ángel exterminador, también era la única fuerza capaz de desafiar al destino. Esa paradoja, ese equilibrio entre destrucción y salvación, lo inspiró a componer una obra que no sólo hablaba del amor perdido, sino también de la esperanza.
Desde entonces, Alberto comenzó a cuestionar su visión del mundo. Aunque el ángel exterminador nunca dejó de acecharlo, empezó a vislumbrar en el amor un faro en la oscuridad. Esto lo llevó a cruzar su camino con Beatriz, la hija leal de Luis. Su espíritu firme y su compasión innata desafiaban su concepción cínica del amor. En ella, Alberto vio una chispa de redención, aunque sabía que la sombra del ángel siempre estaría cerca.
F0143 · The Maroon Kingdom / The Exterminating Angel
Alberto had arrived at court from Rome with Jorge the Greek, bringing not only his musical talent but also a soul marked by profound torment. Since his youth, a vision had altered the course of his life: in a ruined church near the Tiber, an angel had appeared to him. It was not the luminous figure of celestial sweetness promised by the scriptures, but something terrible and majestic. With wings black as night and burning eyes, the angel whispered a phrase he would never forget:
—Love is an exterminating angel.
From then on, Alberto lived with the certainty that to love was to destroy and be destroyed. This idea, like a persistent shadow, led him to shun sincere affections and take refuge in music, his only space for pouring out his torment without being judged. On arriving in Spain, he found a court divided by intrigues and ambitions, fertile ground for his cynical view of the world. Yet Luis Méndez de Sotomayor watched him warily. He knew Alberto was no ordinary musician. There was something dark about him, a presence that even the midday light could not dispel.
Alberto regarded Luis with a mixture of compassion and contempt. In his mind, the nobleman was another pawn of that exterminating love which had devastated his life. Luis had loved Inés, a Jewish woman, and now lived tormented by the consequences of that forbidden love. Meanwhile, Alberto composed songs about the fragility of the human heart and the inevitability of loss. His melancholy, heartrending melodies resounded through the court’s halls, captivating everyone except himself.
One night, Alberto attended a gathering dressed as a jester. He arrived late, when almost all the guests were already there. As he entered, their gazes turned toward him with poorly concealed contempt. He tried to greet them elegantly, but his insecurity was evident. He felt out of place, unsure whether to drink, speak or remain silent. He sought refuge in little balls of dough filled with saffron rice that he had seen in the neighborhood shops, eating mechanically as his eyes roamed the room.
The company was far from noble. Most were rough, bearded sailors who smelled of garlic and salt water. Yet among them Alberto noticed a Castilian woman before whom Jews, Muslims and Venetians bowed alike. She was the Lady of Carpio, he later learned from Antonio. But it was not she who captured his attention; it was the young woman accompanying her, a girl of singular beauty who seemed to radiate something more than mere wealth. As he watched her, the wine began to take effect, and Alberto felt the night slipping away from him.
When Farid took up his lute and began to play, the sound filled the room, and Alberto felt he could breathe for the first time in hours. There was something in Farid’s music that resonated with his own soul, an echo of his torment which, instead of wounding him, brought him comfort.
Days later, while walking through the cloisters of the church where Luis prayed for his children, Alberto witnessed a scene that altered his perception. In a dark corner of the church, a mother wept as she held her dying son. She whispered prayers, invoking angels to protect the child. At that moment, Alberto understood that although love could be an exterminating angel, it was also the only force capable of defying destiny. That paradox, that balance between destruction and salvation, inspired him to compose a work that spoke not only of lost love but also of hope.
From then on, Alberto began to question his view of the world. Although the exterminating angel never ceased to haunt him, he began to glimpse in love a beacon in the darkness. This led his path to cross that of Beatriz, Luis’s loyal daughter. Her steadfast spirit and innate compassion challenged his cynical conception of love. In her, Alberto saw a spark of redemption, though he knew the angel’s shadow would always be near.