Lo pensaba con un dejo de vanidad, una sensación que había comenzado a invadirlo de un tiempo a esta parte. Su cuerpo, estéril y marcado, ahora le parecía hermoso. Había algo en la sensualidad que despertaba en él, algo que crecía, que se transformaba en una necesidad de validación. El deseo de ser amado por alguien como él, un hombre o un muchacho que lo quisiera para siempre, había quedado relegado. En su lugar, surgió otra sed: la de probarse a sí mismo que era deseable, que su belleza podía ser un arma, incluso si nunca iba a amar de verdad.
Un vestigio del deseo que había sentido por Alberto lo mantenía atado a aquella antigua voluntad de ser amado. Pero poco a poco, este deseo se fue diluyendo. Ahora quería algo más. Si no podía encontrar el amor que había anhelado, al menos sería capaz de seducir, de conquistar, de demostrar que podía ser irresistible.
En las noches, frente al altar durante la adoración de los jueves, colocaba sus pensamientos frente a Dios sin arrepentimiento. No se avergonzaba de sus intenciones, incluso si implicaban transgredir los mandatos divinos. Si la ruta para sanar mi corazón pasa por el pecado, pensaba, entonces venga el pecado, una y otra vez, las veces que sean necesarias. No veía su deseo como una falta de moral, sino como una afirmación de su voluntad. Lo que no podía saber era que el verdadero pecado que se incrustaba en su pecho no era la sensualidad, sino la soberbia.
El relato de Alberto sobre sus encuentros con el ama, Inés, despertaba en él algo más profundo que la curiosidad. Era un deseo de saber más, de mirarla más, de probarse a sí mismo que incluso ella, una mujer frágil y lejana, podía ser seducida por alguien como él. No era pasión, sino un desafío.
Inés lo miraba a menudo, y él lo notaba con una complacencia que lo llenaba de una vanidad silenciosa. A veces, mientras escanciaba vino en la mesa, sus ojos se encontraban con los de ella. Esas miradas eran suficientes para alimentar su coquetería incipiente, para comenzar a construir una estrategia. Y con cada pequeña victoria, un desprecio profundo crecía en su interior hacia los que eran como él. Eunucos del alma, los llamaba en sus pensamientos. Cobardes. Impotentes del corazón.
Alberto, el jefe de la servidumbre, había comenzado a considerarlo uno de sus favoritos. Eso le dio a Farid la confianza suficiente para expresar sus deseos.
—No quiero comer con ellos —le dijo un día, refiriéndose al resto de la servidumbre—. No somos iguales a ellos.
Alberto lo miró con una mezcla de sorpresa y diversión. Luego asintió.
—Me gusta tu orgullo —le dijo con una sonrisa ladeada—. Me gusta tu dignidad.
Farid recordaría esas palabras muchos años después, en boca de otra persona, pero en ese momento, lo único que hicieron fue inflamar su ego aún más.
—¿Qué deseas entonces? —preguntó Alberto, desafiándolo.
—Quiero amar al ama como tú la has amado.
Alberto rió abiertamente.
—Pero eres un eunuco —respondió con un tono burlón.
Farid no lo negó.
—Eso soy. Pero no quiero comer con la servidumbre. Y tú también la has amado, ¿no es verdad?
La respuesta de Alberto fue un encogimiento de hombros, un gesto ambiguo que decía más de lo que cualquier palabra podría haber explicado.
A medida que pasaba el tiempo, el deseo de Farid se transformó en algo más grande, más ambicioso. No se trataba solo de Inés. Quería todo. Quería ser libre, quería tener un lugar en el mundo, quería que lo vieran, que lo recordaran. Alberto, que también había comenzado a cultivar su propia soberbia, entendió ese sentimiento.
—¿Quisieras ser un liberto? —le preguntó un día.
—Quisiera, pero no es suficiente.
Fue entonces cuando Alberto le habló por primera vez de un hombre en el puerto de Famagusta que decía conocer el secreto de la inmortalidad. Pero Farid no estaba interesado en eso. Su mente estaba ocupada con algo más inmediato: aprehender su libertad y usarla para demostrar que podía pasar por encima de todos, incluso de los que lo consideraban inferior.
A menudo, soñaba con lo que haría si llegaba a ser libre. Miraba al sultán en sus visiones nocturnas, su caballo imponente tropezando con la dignidad de su trote.
—Me volveré un asesino —le confesó a Alberto un día, con una seriedad que lo sorprendió.
—Podrías terminar con la cabeza cortada diciendo esas cosas.
—No importa. Me volveré un soldado turco, un soldado de Solimán.
En esos sueños mezclaba recuerdos de las calles de Chipre y Venecia, visiones de caballeros que leía en los libros, y un anhelo implacable de algo más, algo que todavía no podía nombrar. Su deseo de ser amado había quedado atrás, sustituido por un hambre insaciable de poder, de reconocimiento, de inmortalidad. Y aunque no lo sabía, ese camino lo llevaría a una aventura que ni siquiera los libros que leía al lado de Inés podrían haber imaginado.