Farid entra a la celda de David.
—No puedo —dijo Farid.
Farid se desnudó y se metió a la cama.
—No puedo contigo. ¿Qué debo hacer? Otra vez no viniste a la misa. La gente viene a escucharte cantar —dijo Farid.
Farid se acomodó en la cama.
—San Francisco estaba repleto de gente —dijo Farid.
—Lo sabes, ¿verdad? Sabes lo que vales y por eso te aprovechas —dijo Juan Hernández.
—No valgo nada. Soy un esclavo. Cuando quieran, pueden entregarme a la Inquisición. Por esclavo rebelde o por maricón —dijo Farid.
—¿Quieres confesarte? —dijo Juan Hernández.
—Por supuesto que no —dijo Farid.
—Farid, no eres un esclavo. Eres el mejor cantante de América —dijo Juan Hernández.
—¿Qué hacías tú en San Francisco? —dijo Farid.
—Fui a misa —dijo Juan Hernández.
—Pedro de Gante quiere llevarte con él —dijo Juan Hernández.
—Puede que sí —dijo Farid.
—¿Qué piensas? —dijo Juan Hernández.
—Más gente podría verme cantar allá. Aquí no viene nadie —dijo Farid.
—Sólo el señor de las Salinas —dijo Juan Hernández.
—Y su esposa. Mi abuela Inés —dijo Farid.
—Pedro de Gante quiere llevarte con él —dijo Juan Hernández.
—Puede que sí —dijo Cristóbal.
—¿Qué piensas? —dijo Juan Hernández.
—Más gente podría verme cantar allá. Aquí no viene nadie —dijo Cristóbal.
—Sólo el señor de las Salinas —dijo Juan Hernández.
—Y su hija —dijo Cristóbal.
—¿Te gusta la muchacha? —dijo Juan Hernández.
—Soy un capón. Nunca voy a estar con ninguna mujer —dijo Cristóbal.
Juan Hernández se enterneció y se sentó al borde de la cama de Cristóbal.
—Eso no es cierto —dijo Juan Hernández.
Cristóbal se sintió efectivamente picado por la curiosidad.
—¿Ah, no? —dijo Cristóbal.
Farid recordó. Manuel estaba acostado desnudo junto a Farid. Acababan de hacer el amor.