—Eso no. Yo no creo en el profeta —dijo Farid.
—Entonces, no hay trato —respondió el hermano Estévez.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Farid.
—Que me permitas evangelizarte —contestó el hermano Estévez.
—¿Sin golpes? —dijo Farid.
—Sin golpes, Farid —aseguró el hermano Estévez.
—¿Puedo decirte en qué no estoy de acuerdo? —inquirió Farid.
—Eres libre, Farid. Vas a ser libre. Libre de discutir conmigo todo lo que necesites —dijo el hermano Estévez.
—¿Libre para decirte que no creo en lo que estás haciendo o diciendo? ¿Libre para decirte que el mundo no se está terminando? —preguntó Farid.
—Completamente libre, Farid. A cambio de una lección de música, tienes tu nombre y tu libertad. Tu libertad de creencia conmigo, solo conmigo, para no exponernos a la ley —respondió el hermano Estévez.
—Está bien. A cambio de que me evangelices y de que cante la música de los blancos, lo único bueno que han hecho los blancos. A cambio de eso, ¿cuánto me vas a pagar? —preguntó Farid.
—Tal vez pueda conseguirte un sueldo. Un sueldo de cantor. Si la gente comienza a dar sus diezmos a la catedral… —dijo el hermano Estévez.
—Voy a ahorrarlo todo. Para comprarme —dijo Farid.
—¿Es un trato? —preguntó el hermano Estévez.
—Soy capón, pero este trato lo hago como un caballero árabe —dijo Farid.
—Soy español. Llevo mucho tiempo aquí y entiendo lo que pasa. Este trato lo hago como un caballero mexicano —dijo el hermano Estévez.
—Vamos a preparar un concierto para el oidor —propuso el hermano Estévez.
Los dos se abrazaron. La música continúa. Una solemne procesión entra en la catedral. Es una procesión magnífica que recibe al oidor. Farid comenzó a cantar. Su voz, magnífica, como una trompeta muy aguda, llena la catedral y la celda de Juan. La música sigue. El oidor está fascinado. Zumárraga está henchido de gusto. Juan dirige a Farid, quien termina en la nota más aguda. Se nota que sus ropas son magníficas. El oidor, fascinado, susurra a su acompañante, el marqués de las Salinas.
—¿Quién es ese muchacho? —preguntó el oidor.
Mariana respondió:
—El mejor cantante de la Nueva España.
Farid, contento, camina por los pasillos oscuros y un poco tétricos de la catedral de México. De pronto, se encuentra con el hermano Estévez.
—Mira nada más. Si es el esclavo mulato —dijo el hermano Estévez.
El muchacho se siente intimidado.
—No te preocupes, Farid. No pienso hacerte nada. Has cambiado mucho, y entiendo que tu nuevo amo ha conseguido que te paguen un sueldo, te den vestuario y una celda propia. Es increíble lo que hace el amor —dijo el hermano Estévez.
—El hermano Hernández nunca me ha tocado —respondió Farid.
—Claro, claro. Así debe ser. No te preocupes, Farid. No tienes por qué preocuparte —dijo el hermano Estévez.
Estévez se retiró. Farid respiró aliviado y continuó caminando por los pasillos de la catedral.
—Está bien —dijo Zumárraga.