F0091 · Alberto llegó a la Casa de Dante con una mezcla de…

F0091 · El Reino Cimarrón / El duduk en la Casa de Dante

Alberto llegó a la Casa de Dante con una mezcla de ansiedad y curiosidad, envuelto en el incómodo disfraz de bufón cortesano que Lionel había insistido en que usara. Apenas cruzó el umbral, las miradas de los presentes se clavaron en él, examinándolo con un desprecio que parecía aumentar con cada uno de sus torpes movimientos. El salón estaba lleno de una mezcolanza de hombres rudos, cosmopolitas y exóticos. Los olores de ajo, sal y especias invadían el aire mientras las conversaciones fluctuaban entre mapas de tierras lejanas, rumores de alquimia y disputas políticas. Sin saber dónde quedarse ni qué hacer, Alberto se acercó a una mesa de bocadillos y se aferró a unas pequeñas bolitas de masa rellenas de arroz con azafrán, como si ese simple acto pudiera otorgarle algún tipo de seguridad. A lo lejos, su atención fue capturada por una mujer castellana cuya presencia irradiaba un poder sereno. La Señora del Carpio, según le susurraron, era alguien que inspiraba respeto entre judíos, musulmanes y cristianos por igual. Pero fue la joven que la acompañaba, una muchacha de belleza singular, la que realmente perturbó a Alberto. Sintió que sus miradas se cruzaban de una forma que lo dejó vulnerable y desconcertado, como si ella pudiera leer sus pensamientos más íntimos. Con el paso de los minutos, Alberto empezó a beber más de lo necesario. El calor del vino lo envolvía y estaba a punto de hacer el ridículo cuando un sonido etéreo interrumpió sus pensamientos: el duduk. Desde un rincón del salón, Farid, el joven árabe, hizo resonar las notas profundas y melancólicas del instrumento. Alberto, que estaba a cierta distancia, se detuvo a escuchar. La música lo alcanzó como una brisa que atraviesa un desierto, llenando el espacio con una melancolía que parecía provenir de las entrañas del tiempo. Cada nota del duduk se convertía en un lamento que evocaba la pérdida, la añoranza y una extraña sensación de belleza. Farid, con su porte sereno y su aire enigmático, parecía dominar no solo el instrumento, sino también a la audiencia, que se sumió en un silencio reverencial. Desde su posición, Alberto no podía apartar los ojos del músico, que irradiaba una confianza tranquila y un poder que no dependía de títulos ni riquezas. Mientras las notas seguían flotando en el aire, Alberto recordó las palabras de su maestro de canto en Roma: “No debes creer que cantar es un privilegio. Quien no necesite cantar es el verdadero privilegiado. Nosotros, en cambio, cargamos la cruz de nuestra voz.” Esa música parecía una cruz que Farid portaba con una dignidad inigualable. Aunque estaba lejos, Alberto sentía cada vibración del duduk como un eco de sus propios anhelos y temores. Las notas parecían responder a preguntas que él nunca se había atrevido a formular, y en ese momento comprendió algo que lo marcaría: la música no solo era arte, sino también un portal hacia lo trascendente. Cuando el último acorde del duduk se desvaneció, la sala se llenó de murmullos, pero Alberto permaneció inmóvil. La música de Farid lo había transformado, aunque todavía no entendía del todo cómo.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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