En el corazón de la narrativa del fraile, se encontraba otra historia, una que conectaba el relato indígena con la tradición cristiana. Era la historia del beato Francisco de Solano, a quien la Virgen había otorgado una imagen de Santo Domingo.
—Esta imagen —dijo el fraile, alzando una pintura— no fue hecha por manos humanas. Es aceropita, creada por ángeles.
Farid, siempre escéptico, susurró a Atonatiuh:
—Un ícono bizantino, trasladado aquí. Pero dime, ¿es el milagro la creación de la imagen o la fe que despierta?
Atonatiuh no respondió. Su mirada se había perdido en la pintura. En los ojos de Santo Domingo, encontró algo que lo desarmó: una mezcla de dureza y compasión que resonaba con su propio dilema interno.