F0183 · S019 — Volvía Cortés de Zempoala cuando se encontró cuando los mensajeros que había enviado Marina lo

Volvía Cortés de Zempoala cuando se encontró cuando los mensajeros que había enviado Marina lo encontraron. Le entregaron una carta en la que pudo leer. La ciudad se ha levantado. Pedro Alvarado está tratando de detener la insurrección.

Se abrió violentamente la puerta de madera que habían construido los mismos españoles cuando comenzaron a hacer modificaciones al Palacio de Axayácatl. Se encontró con Alvarado en reunión de jefes hablando de lo que estaba sucediendo en la ciudad.

—Fuera —gritó Cortés. 

Todos los capitanes salieron con excepción de Marina quien se quedó allá adentro. Cortés la miró a los ojos. Estaba a punto de decirle que se fuera, pero recordó que ella misma le había avisado de lo que estaba sucediendo y decidió permitir que se quedara. 

—Te dejé para gobernar, no para masacrar.

Alvarado se enfrascó en una interminable charla en torno al sacrificio humano y la necesidad de detener el festival de la primavera que tendría tantos muertos. Cortés averiguó lo que pudo. En Chapultepec se habían reunido las tropas de Cuitláhuac, había habido un motín contra el emperador y la multitud había comenzado a amotinarse en el centro de la ciudad. Enterado que Alvarado había detenido a Moctezuma y se encontraba aquí mismo, en el Palacio de Axayácatl, Cortés salió para encontrarse con él.

Como si buscara al joven dios de mayo que se había sacrificado en lo alto de la pirámide, Moctezuma daba vueltas por la habitación que había pertenecido a Atonatiuh. No estaban en ella ni Nauhtli ni él. En la confusión de la batalla que irrumpió en el festival de mayo, el pequeño Dios había muerto según le dijo Ácatl, el gran sacerdote. Afuera había un silencio pesado, se escuchaba una suerte de rumor que no sabía si atribuir al sonido del viento sobre la laguna o a los soldados que se estaban amotinando contra éste poder que se le había concedido, un poder que él había tratado de constituir con las reformas que ahora estallaban en esta confusión. Se sentía en paz. Se preguntó si había comenzado a creer en ese paraíso de retribución y justicia que le había prometido el hermano Miguel. Lamentó saber que moriría y que no volvería a escuchar la música de Farid. Por haber escuchado eso, pensó, había valido la pena vivir. No extrañaría ni siquiera el amor de sus mujeres ni el de su hijo. Era la hora de afrontar el futuro con la entereza con la que su nuevo dios había afrontado a los soldados que vinieron por él.

Cortés entró seguido de varios guardias tlaxcaltecas. Gritó una orden que Marina tradujo y el emperador fue llevado arrastrado hasta el balcón del Palacio. Comenzó a vociferar. Estaba exaltado, furioso. Ordenaba en castellano que la gente viniese a escuchar a su rey. Primero los mendigos que estaban aún buscando comida entre los escombros que habían quedado de la batalla y luego una mujer. Niños, soldados. Poco a poco la multitud comenzó a aglutinarse en torno al balcón en la que brillaba en el sol de la tarde una figura que por primera vez parecía demasiado pequeña. Moctezuma gritó para tratar de pacificarlos, pero bastó un grito para que comenzaran a apedrearlo y él, finalmente vio el Mar de los Sargazos. 

Cuauhtémoc se aproximó a su tío. Traía con él una espada de hierro. Se la habían regalado los soldados que consiguieron abatir a un conquistador. Moctezuma se levantó, le señaló lo indigno de matarlo con una arma de esas. Le ofreció una piedra de obsidiana y le pidió, con toda serenidad que lo matara.

Salve regina, madre de misericordia. La voz de Farid llenaba el bosque de Chapultepec con aquella voz que hablaba de la Madre de Dios, de una virgen que había hecho nacer al sol resplandeciente que aplastaría la cabeza de todo mal. Moctezuma había tenido sueños proféticos y en la voz y en aquella letra que ya Miguel le había explicado de la misma forma en que Alexander se la explicó a él en el Pozo de las tribulaciones, encontraba el emperador la respuesta a sus súplicas. Había algo que independientemente de la maldad del mundo produciría justicia. Era tan claro. No lo había visto. El problema con la idea de un único Dios estaba en la imposibilidad de conciliar los atributos divinos, bondad, verdad y belleza con la evidencia del mal. Sin embargo este hecho podía salvarse con un pequeño cambio de mentalidad. La retribución, la justicia, le había dicho Miguel no tenía lugar en esta tierra. Esta tierra era sólo un anuncio, como esta voz, la pálida luz de un resplandor que dejaba ciego y que sólo permitía escuchar la voz interior, esa misma voz que el emperador había escuchado en sus últimos sueños. Los gritos de la mujer que vagaba por Tenochtitlan se habían convertido primero en un llanto sereno y ahora en este lamento agudo que agitaba las copas en aquel claro de Chapultepec. El emperador se estremeció. Estaba convencido ahora, escuchando a aquel hombre que siempre sería niño. Lo había convencido. Era real que la madre de Dios había decidido posar sus ojos en él, en el fallido emperador de esta ciudad. Y no importaba ni siquiera que su hijo Chimalpopoca perdiera el trono. Había algo más allá. Lejos de toda la podredumbre y todas las conspiraciones de estos palacios, de este bosque, de esta ciudad en el lago que de pronto palideció ante la imagen de una Jerusalén celeste. Toda la tarde cantó Farid para el emperador quien después pidió hablar con el cantante. Curioso le preguntó a través de Miguel que por qué se había bautizado y bajando los ojos Farid había respondido con simplicidad: 

—Lo hice por amor. 

Lo había hecho, dijo, porque Él, Cristo, lo había extraído de la oscuridad en la que se había sumido buscando en alguna parte la luz. Trató de seguir explicando porque le entusiasmaba, pero el emperador lo había entendido. Ordenó a sus soldados que trajeran al padre Díaz y a Bartolomé de Olmedo. Que viniera su hija y que vinieran Chimalpopoca y Tecuixpo. Hizo jurar al padre Bartolomé que los cuidaría y él dijo que así haría en la medida de lo posible. Entonces pidió que lo bautizaran.

Asombrados, los sobrinos del emperador, Cuauhtémoc y Cuitláhuac, escucharon las noticias. En uno de aquellos sacrificios que llamaban misa, en un claro en Chapultepec, con la música de aquel castrado, Moctezuma, el rey de México, había abjurado de los dioses que construyeron Teotihuacán y Tenochtitlan. Había sido bautizado con su propio nombre porque seguía siendo un rey, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

 No había dónde sentarse donde le ordenaba el emperador, pero aparecido de quién sabe dónde, un esclavo se le acercó y puso frente a él una cómoda silla hecha de maderos y tela. La habían colocado muy cerca del emperador quien se sentó también, sin mirar y otra silla quedó junto al joven príncipe. Se sentaron así, como si fuesen dos iguales que conversan de cosas que a los dos interesan, aunque a decir verdad Atonatiuh no estaba seguro de qué pensar.

—Me han bautizado. Como a los tlaxcaltecas que ahora tienen tomada mi ciudad. He aceptado al dios de esos hombres. Y no lo he hecho por cobardía, no. No importa lo que piense Cuitláhuac, lo he hecho porque pienso que es la verdad y estoy convencido de que la verdad es lo mejor para mi pueblo.

¿Es acaso un traidor? Pensó Atonatiuh. Miró al emperador sorprendido. ¿Si lo matase acaso liberaría la mala suerte que ha caído sobre México Tenochtitlan?

—Mi hijo se llama Isaac —dijo el rey—. No lo he dicho todavía. Nadie lo sabe. Saber que me he bautizado causaría gran escándalo entre la gente, entre los mercaderes y los nobles —sonrió con amargura—. Ahora, mi sobrino Cuitláhuac desearía, tal vez como tú, asesinarme. Por traidor. ¿Es acaso ese el sino de los traidores? Dime tú joven Dios. ¿He sido un traidor?

—¿Cómo puedo yo saberlo si tu eres el rey?

—Lo que te estoy diciendo es un secreto. El secreto más importante que guarda la historia de México Tenochtitlan.

—Pero tu eres un dios —dijo el muchacho—, y tal vez sabrás comprenderlo.

—No —contestó Moctezuma—. Te lo aseguro. Siento mi cuerpo y sé que no es el cuerpo de un dios. Está lleno de dolores y malos humores. Lo he meditado mucho antes de tomar la determinación, antes de liberarme de la carga de ser el dios de esta ciudad. Ha sido contravenir, con la pura fuerza de la razón, todo aquello para lo que, en el calmécac, fue educado el rey de México Tenochtitlan.

Hubo una pausa y luego, el rey prosiguió:

—He conocido a muchos como tú. A muchos niños del campo que volvemos príncipes para morir como yo he de morir. Porque el origen del sacrificio, de todos los sacrificios en lo alto de las pirámides, es el sacrificio del rey. He visto morir a muchos como tú y sé lo que tienen adentro. Se parece más a lo que tiene un gato en el bosque y no a lo que imagino que tienen los dioses. ¿Cómo podría el creador de todas las cosas tener esas cosas adentro? ¿Cómo podría el creador del arriba y el abajo ser como yo?

Atonatiuh bajó la cabeza avergonzado.

—En realidad —siguió el rey—, con el bautismo me sentí liberado. Después de todo, el peso de la creación, el ciclo infinito del sol que viene del este y muere en el oeste, no descansa en mi. ¡Mucho menos en ti!

—¿Puedo hacerte una pregunta padrecito? —interrumpió Atonatiuh.

—Pregunta lo que tú quieras.

—Por qué me cuentas la historia de este príncipe bárbaro del cual has tomado su nombre. El tuyo es el nombre del dios Ihuilmcamina. ¿Por qué ahora deberías de llamarte Abraham? Y por qué el príncipe Chimalpopoca, ese es el nombre de un rey, ¿por qué ahora se llama como un bárbaro, Isaac?

—El cambio en el nombre, lo saben los sacerdotes mexicas y el sacerdote de los extranjeros lo sabe también, es el cambio de algo mucho más profundo, de una inclinación interior y… pues bien, Sara, la esposa de Abraham tuvo a este niño a quien llamaron Isaac. Y el niño creció sano y cuando tenía unos nueve años, Abraham escuchó la voz de Ometecutli que dijo: quiero que me entregues a tu niño en sacrificio. Y Abraham tomó a su niño y fue al monte. Y cuando el niño preguntó: padre, vamos a hacer un sacrificio, pero ¿dónde está el animal que vamos a matar? Abraham lo hizo que se callara y dijo: ya dios proveerá.

—Debió haber matado a su hijo —respondió Atonatiuh sorprendido y un poco molesto, consternado, sintiéndose un traidor delante de quien debía de encarnar en sí mismo, la lealtad. El dios se lo había pedido. Tú mismo sacrificaste hijos tuyos, en la guerra, en la construcción del acueducto… 

El emperador interrumpió y como enajenado, mirando el libro que habían traído con ellos los españoles repitió:

—¡Ya Dios proveerá!

Hizo una pausa y luego se tendió a los pies del joven príncipe. Nunca Atonatiuh se había sentido tan incómodo. Es verdad, pensó, lo que he escuchado que se dice en palacio, este hombre está loco y ha perdido ya toda su dignidad.

—Subieron al monte, Abraham y su hijo, y cuando estaba a punto de tomar la daga, un ángel detuvo su mano y le dijo: No lo mates, he aquí un cordero para que consumes el sacrificio. ¿Lo entiendes?

Atonatiuh se levantó escandalizado.

—No padrecito, disculpa que lo diga así, pero no lo entiendo.

Moctezuma se levantó también, lo tomó por el cuello y le dijo:

—A Dios, al único Dios no le agradan los sacrificios.

Hizo una pausa. Soltó al muchacho, miró más allá de la terraza.

—La pregunta ahora, joven Atonatiuh —dijo Moctezuma— es: ¿estás dispuesto a ser tú el cordero del sacrificio? ¿Estás dispuesto a ser el animal que muera degollado para que Chimalpopoca ocupe mi lugar?

Con todo convencimiento el príncipe dios miró a los ojos del emperador y dijo que sí. Luego, como arrebatado continuó:

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