La multitud vio al hombre llevándose al griego y vieron que cuando el maestro de música descubrió que su alumno tenía la pierna rota, lo cargó. “Cómo sangra, va a morir”, A nuestro paso, en Damasco, la gente se abría y bajaba la cabeza, un poco sí, como cuando en la procesión del Corpus Christi la gente se abre y reverencia la irrupción en el tiempo de Nuestro Señor que es eterno. No digo, no me malentienda, que vieran en mí a un santo o a un iluminado. Sentían sin embargo, excelencia, la detresse de quien ha sido vencido en una batalla desigual. Se estaba desangrando, pero no tenía ni dolor ni miedo. Se había quedad congelado sobre la piedra, convencido de que no había respuesta y aún así volvió a preguntar:—¿Para qué? Entonces recordó el sueño. “Sólo el Altísimo no morirá.” Se detuvo porque había encontrado a un músico en la calle que tocaba la misma canción.Supo que aquella vez que había visto a Jorge era una premonición. Comenzó a desangrarse y pensó que moriría. Se quedó clavado en el suelo con los ojos negros mirando al músico. Galaad murmuró: ¿Para qué? Sintió frío. Apenas entonces se dio cuenta de que estaba sangrando. De que se había parado sobre un charco de su propia sangre. Había sido un error dejar aquella habitación en que se vivía tan cómodo. ¿Para qué corres? —Pensó por tercera vez. Había sido un error
Habían viajado por mar fue un trayecto ligero que los llevó a Atenas donde no tuvieron tiempo ni siquiera de mirar el Partenón que se quedó atrás cubierto por las nubes mientras ellos seguían el camino del oeste durante varios días en que Isaac enseñó a Galaad los modales de la corte. Se iban aproximando a las tierras de la reina Isabel y aunque Isaac no lo sabía estaba muy enferma. Cuando supieron que la reina estaba enferma, Isaac suspiró. Morirá. Morirá igual que tu voz. Galaad se estremeció y comenzó el delirio. La muerte. Todo dejó de tener sentido. Y Galaad comenzó a volverse un caballero conforme caminaba hacia el oeste, confrome su caballo iba moviéndolo y conforme comenzaba a relacionarse con los nobles en los palacios en los que vivía con Isaac. Una tarde estaba practicando con la espada que le había regalado el abad cuando llegó una mujer que pidió agua en el río. Y Galaad comenzó a pensar que algún día, pero Isaac como siempre interrumpió sus pensamientos. Lo llamó. Encontró en el salón de la hostería a un hombre que les dijo. Buenos señores, tengo órdenes de mi señor, el conde de Limonges de conducirlos en el resto del camino. Cambiaron su viejo caballo por un palafrén blanco. Cabalgaría. Tenía delante suyo todo el mundo. Galaad sabía que su persona está compuesta de alma y cuerpo y que el alma informaba cada parte de su cuerpo.
Isaac había llegado a Farid con sus mapas, sus jóvenes acompañantes y el deseo de comparar sus descubrimientos con los grandes geógrafos que habían venido de todo el mundo para aquella gran junta en la que durante tres años discutirían la forma del mundo. Cada día llegaban nuevos informes de los conquistadores. Se divisaban nuevos pueblos, enormes masas de hielo al norte y ríos muy caudalosos al sur de un mar del que se habían adueñado España y Portugal.
Sin darse cuenta, pensando en sus libros herejes, se levantó y comenzó a caminar hacia su celda. Se olvidó de sus miedos, de los poetas y sofistas, de los santurrones y místicos que conspiraban en tertulias en toda Roma. Se olvidó de que al otro lado del Cuerno de oro ya acampaban los hombres de Mehemet. Quería meterse en los libros. Olvidarse de todo aquello, de los hombres como el abad que habían ofrecido a Nicolás una libertad similar a la de la serva, lejos de este monasterio, de este jardín que plantó Dios.
Un deseo que, además, le daba cierta paz. La Paz de saber que se perdería. Por primera vez en mucho tiempo, durante el paseo que dió en la parihuela por la ciudad de Sevilla la encontró hermosa. Tan hermosa como cuando era niña y su abuela le contaba que el día de su boda sería el más feliz de toda su vida. No lo había sido. No había sentido nada. Ni antes ni después. Y dolía tener la sospecha de que su marido tampoco. Mi abuela Inés no sabía del amor otra cosa que lo que escuchaba en el sermón de los domingos al que asistía más por obligación que por piedad. En aquel muchacho, en Jorge, había encontrado, sin embargo, al igual en sus insatisfacciones porque Jorge aspiraba también a una clase de amor humano que poco tenía que ver con los amores piadosos que había aprendido en el monasterio y con el amor platónico en el que creyó durante tanto tiempo en que se dedicó a leer a Ficino. Evidentemente para Jorge no había pasado desapercibido el interés que la esposa del marqués había estado dispuesta a darle. Lo había tuteado y se había sentado junto a él para pedirle que cantar alguna otra canción pagana, una canción de amor. Entonó canciones italianas de amores adúlteros que los nobles en el castillo del marqués de las Salinas elogiaron ruborizados, convencidos, como Mi abuela Inés, que por alguna razón que escapaba sus ideas, los italianos tenían una suerte de indulgencia plenaria para todo aquello que tuviera que ver con el amor carnal, el ángel exterminador que comenzaba a murmurar también en el oído de Jorge diciéndole: ¿será verdad lo que estoy imaginando?