F0937 · Se separan, uno se va con la flota Veneciana

Y de pronto él por esa razón misteriosa que nos hace girar la vista cuando alguien nos mira, se encontró con ella. Y sonrieron. Y pusieron el uno en la otra sus deseos. El corazón.

Se separan, uno se va con la flota Veneciana

Hágase tu voluntad, pensó, que igual se hará. Más allá del río, al otro lado del Trastévere otro muchacho estaba rezando. Pero rezaba a Alá. Era Farid el esclavo árabe que servía al superior de San Alessio. Había terminado de preparar la habitación en que Jorge iría a vivir. Y no era un monasterio. Era la Casa de Dante que tantos temores producía en el hermano Florián. El esclavo árabe rezaba por todos aquellos a quienes amaba quien sería el nuevo huésped del castillo de modo que sin saber oró por Fabricio quien rezaba a su vez por todos aquellos que amaría Jorge en las aventuras que habían comenzado aquel día de Pentecostés de modo que sin saberlo rezó por Farid. Dos extraños rezaron pues a distintos dioses y sin saberlo se dieron más allá del espacio y el tiempo la bendición.

Jorge lo encontró de madrugada en la capilla, peo decidió sentarse sin llamar su atención. En poco tiempo, se encontró lleno de piedad, como si su hermano lo hubiese contagiado. Habiendo hecho la genuflexión se sentó en su lugar en la capilla y veló junto a su mejor amigo tratando de concentrarse en el pan ácimo que, le decían, era ahora Jesús.

Su confesor le había dado una respuesta que no le resultaba muy satisfactoria. Un alquimista dijo, es un hombre que busca la inmortalidad del cuerpo, no del alma. No es acaso, pensó Jorge, lo mismo que buscamos los cristianos? Así lo aseguraba la escritura, la resurrección de la carne. ¿Era eso un alquimista? No. Otro hermano lo había corregido. La diferencia, le dijo, estriba en que el cielo del cuerpo glorioso está en el cielo. Un alquimista lo busca aquí, en la tierra, como los herejes que levantaron la Torre de Babel. El joven monje trataba de hacerse una idea de qué tendría de malo de hacer de éste un mundo similar a la Jerusalén celeste, pero no acertaba a encontrar en ello nada malo. Y eso que estuvo pensando en todas las implicaciones de tratar de hacer de éste un mundo mejor hasta que sonó la campana de prima y el sol comenzó a brillar en la superficie húmeda de las naranjas y, más allá, en las cúpulas de la ciudad. 

Nicolás recordaba la última misa a la que asistió en Constantinopla. Desde aquel día no había vuelto a sentir a Dios. Hasta hoy, con esa música y el hachis. No había sentido el contacto con el fuego que te devora por dentro. Cuando el papa levantó el cuerpo de Cristo consagrado y el vino, se arrodilló con una convicción de la que se creía incapaz. los últimos cristianos de Anatolia se arrodillaron, se escuchaba al otro lado de la muralla el estruendo de campanas y cañones. Ya entran, gritó un soldado. Fue entonces que decidió abandonarlos. No podría hacer nada por ellos. La ciudad tenía un año sitiada y él había decidido que los dejaría desde aquella vez que en lo alto del muro su hijo preguntó si resistirían los muros. No lo pensó con odio o crueldad. Pensó que cada quien tiene que sobrevivir a su manera. Además Isaac no quería a su padre. Le había parecido ridículo que el viejo se alegrase con la negativa del emperador Constantino XI ante Mahmet. El sultán ordenó al emperador que se rindiera, que fuese su súbdito, pero Constantino se negó. No depende de mí, dijo, entregarte o no la ciudad. Esta ciudad es de Cristo, había dicho. Y el padre y sus hijos se llenaron de fervor. Un fervor suicida que a Isaac le pareció ridículo. Sabía que no querrían salir. Que morirían en el saqueo de la ciudad o serían vendidos como esclavos. Si aún viviese su mujer. Se desplomó la ciudad de Cristo. Isaac dejó de creer. Hasta la víspera de Pentecostés.

el este, hacia el imperio de Trebisonda. Terminó por convencerse de que era un asesino y un ladrón. Saberse criminal le dio paz. Después de todo, pensaba, el peligro soy yo. En el largo camino que tenía delante, sólo lo acompañó la Virgen de la Tribulación.

Viajó hasta la capital del imperio de Trebisonda donde alguien le dijo que los cristianos se estaban organizando para tratar de retomar la ciudad. Fue allá no porque le interesara este plan sino, más bien, porque no había otro lugar al que ir.

Una vez en Trebisonda nadie le abrió las puertas. Comenzó a robar, asaltaba a quien podía. A veces, se ponía en la calle a cantar para pedir dinero. Pegado a su pecho tenía a la Virgen de la Tribulación y él le cantaba y la gente le dejaba una moneda en los pies. Nicolás dejó de sentir asco y miedo. Después de todo, pensaba, el peligro soy yo.

Esto es el hombre, siguió diciéndose. Lo único que desea cuando enfrenta al terror es esto: el cuerpo ajeno, las secreciones, tocar las voluptuosidades extravagantes que a Nicolás siempre le disgustaron tanto. Esto es el hombre, atado a la lujuria de sus sentidos. Ahí estaban los amigos de su padre. Locos de ira y lujuria y placer. Se alejó pensando en que el único sentido realmente noble es el oído. Con él escuchamos a Dios. Y a los ángeles y a sus profetas. Los maldijo por permitir la destrucción de la ciudad santa en cuyos muros colgaba ya, para que todos pudieran verla, la cabeza del emperador Constantino.

Revisar que no se duplique con El alumno que se perdió

TODO ESTO PENSABA NICOLÁS DE SU MEJOR CANTANTE QUE ÉL HABÍA TENIDO QUE DESPEDIR. ¿ERA LO QUE ESTABA SUCEDIENDO ENTRE Jorge Y FABRICIO? NICOLÁS HABÍA SIDO EL CONFESOR

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