F0938 · Cuando Nicolás se fue, Jorge trató de rezar. Se detuvo incluso…

Cuando Nicolás se fue, Jorge trató de rezar. Se detuvo incluso en una banca y trató de desgranar su rosario. No había podido concentrarse. Pensó que era necesario aceptar que se había apegado a Nicolás de forma insensata. Después de todo, ¿quién era ese muchacho para causarle semejante tristeza? Todos reconocían en Nicolás el orgullo del hombre nuevo que en Europa estaba surgiendo. Era una clase de hombre que creía cada vez menos en Dios y más en la naturaleza, ese lugar salvaje en el que, pensaba Jorge, hemos sido arrojados por Dios cuando la serpiente del pecado nos introdujo el veneno de la desconfianza. Trató de pensar en ello: en que el jardín de las naranjas era imago del Paraíso. Nicolás estaba a punto de salir al mundo con la misma suerte que Adán y Eva cuando fueron expulsados del Edén. Él, en cambio, se quedaría. Era como esos judíos que se habían quedado en Babilonia jurando: si me olvido de ti, Jerusalén, que mi diestra se olvide de mí, que mi lengua se pegue al paladar si de ti no me acuerdo, Jerusalén. 

En el huerto cerrado del monasterio, era fácil pensar en los primeros padres. Dios había puesto un muro y un ángel para evitar que volvieran al jardín de la riqueza y la comodidad, pero tenían frente a ellos el mundo. Todo el mundo y el bien y el mal. Todo el amor, toda la libertad. ¿Pero qué es el amor? En este mismo jardín Jorge había hablado con Florián de Marsilio Ficino otro más de los platónicos extraviados que redefinían la noción cristiana de lo que es el amor. Tal vez tenía razón el abad. Jorge se había estremecido con el entusiasmo de Nicolás por Ficino porque también él lo había leído y creyó intuir que estaba pensando en el amor de ellos dos. Tenía razón el abad. Era necesario expiar cualquier pensamiento que pudiese extraviarlo, cualquier herejía. 

Quería el fin de Roma, la ciudad eterna. , desapareciera. Jorge, estaba seguro, volvería a ser el mismo, pensó. El joven monje que no sólo hace bien su trabajo como maestro de capilla, el que se entrega con fervor a las pequeñas obligaciones que hacen fácil la vida en comunidad: tenía ordenados y limpios los libros del coro y en su tiempo libre iba a la biblioteca para ayudar a copiar un libro de filosofía o para iluminar los bordes de una copia del Evangelio. Había pedido, incluso, que no le relevaran del tedioso trabajo que tenía desde que era novicio: cuando sonaba la campana de Sexta, Jorge dejaba lo que estuviese haciendo para ir y cerrar una por una las puertas y ventanas del monasterio. A cualquier otro monje lo hubiese defendido de las influencias del alquimista de san Alessio, pensó Lionel, por Jorge… que se vaya con el alquimista se dijo; el amigo de judíos y musulmanes. El que inventa filosofías torcidas y busca la inmortalidad.

Cuando Jorge recordaba el último día en el seminario, pensaba en lo sorpresivo que había sido mirar al abad Lionel bajando los escalones hasta la tarraza. Lo había hecho con premura, levantándose el sayal como si fuera una señora. Y el abad y Jorge se habían mirado seriamente y el monje supo, por primera vez que aquel hombre lo había amado como a un hijo a quien le aseguró, acariciando las mejillas:

—Puedes volver cuando quieras.

Lo que más le había sorprendido a Jorge era no saber si el abad se estaba burlando o lo decía en serio. Guardó silencio frente a su superior. Quería irse ya, desandar el camino de tierra roja que lleva desde el río hasta el monasterio, abandonar aquella vida impuesta contra su voluntad.

Tres esclavos, bajo la dirección de Hákim habían terminado de poner las cosas personales de Jorge en una carreta de bueyes. Otros monjes murmuraban: “tiene muchas pertenencias.” “El abad ha hecho bien en echarlo.” “Ese hombre no está hecho para la pobreza de quien se abandona a Dios.” 

Y era verdad: Jorge tenía muchas pertenencias aunque no todas eran frivolidades. Eran más bien algo similar a recuerdos materializados y él mismo no sabía cómo se había apropiado de tantos. En la carreta que lo llevaba fuera del monasterio estaban ya los regalos que le había dado la gente después de misa: escapularios, oraciones, imágenes y libros piadosos. Llevaba también mantas que, Farid comentó, “no servirán para nada.” “Vas a vivir en un palacio.”

—Vuelve cuando quieras — el abad había caminado junto a la carreta. Farid había subido a Viento del Diablo, un alazán negro y Jorge trataba de acomodarse en la carreta rodeado de tantos recuerdos. Se asomó fuera de la baranda para no para decir adiós al abad sino más bien para echar una última ojeada a la capilla y el refectorio, la torre y el jardín. Entonces la vio. Junto a todas sus pertenencias, venía La Virgen de la Tribulación.

Asustado, Jorge le preguntó a Farid.

—¿Qué hace aquí el icono de la capilla?

—Le pertenece al amo Jorge —respondió Farid. Y no dijo más. 

Chasqueó el látigo, el alazán resopló y un esclavo viejo hizo andar la carreta de bueyes. Farid se las arregló para que Viento del Diablo se mantuviese junto a Jorge de modo que el monje y el esclavo estaban tan cerca que hubiesen podido charlar. 

Atrás de ellos se perdió la imagen del abad cuando se perdieron por las calles del Aventino. Pasaron frente a la fuente y el cementerio de los cardenales y las casas ducales. Aquella colina había sobrevivido toda la historia de Roma, la peste y las invasiones bárbaras. Había sobrevivido saqueos y batallas en todas las guerras de Italia. Aquí había vivido, muchos años antes que Jorge, un joven noble que vivió como sirviente en la casa de su padre, sin que nadie se diese cuenta: San Alejo.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes